El paseo – Robert Walser

Siruela, 1997.
Escritor suizo (1878-1956).

Publicada en 1917, El paseo es una obra que ofrece poco más de lo que el título sugiere. No encontramos en ella una trama estimulante o estampas cotidianas. Abundan, en cambio, las observaciones que el narrador va haciendo desde que una linda mañana decide salir a dar el paseo que lo obliga a abandonar “el cuarto de los escritos o de los espíritus”. 

Sale, pues, con un ánimo “romántico-extravagante” que se refleja a lo largo de la obra. En su cuarto había estado taciturno ante el papel en blanco, lo que evoca la compleja labor del escritor en cuanto a la llamada de la musa inspiradora. El paseo se espera con emoción porque el área de trabajo/escritura da espacio a todo tipo de pensamientos y pesares. Una vez fuera, las sensaciones negativas deben ocultarse a los demás. 

Walser habla de lo que se le va presentando, ideas reales o ficticias en las que se detiene brevemente, sugiriendo que todo paseo da lugar a una variedad de fuentes de inspiración. Sus observaciones a menudo no pasan de unas cuantas líneas, como cuando advierte a ciertos chiquillos en plena libertad: 
“Dejémoslos ir tranquilos y sin freno, pensé; la edad se encargará de asustarlos y frenarlos. Demasiado pronto, por desgracia”. 
Más adelante se detiene algunos segundos a observar a un perro, a ciertas golondrinas… Pronto hace su aparición una singular ironía crítica que nos conduce a un Walser desafiante e irreverente ante el mundo que circunda su paseo: un librero es abordado y despedido con la gracia del conocedor de su oficio porque al buscar el libro “más comprado y más leído, de valor en verdad perdurable”, se suscita una contraposición mordaz porque lo más leído, como bien sabemos, con frecuencia no es precisamente lo más perdurable. 
En el Instituto Bancario se mofan del poeta al considerarlo un ser miserable que requiere de apoyo y donativos para subsistir. El agraviado soporta el vendaval y a continuación arremete contra un nuevo objetivo: el panadero que ha puesto en la entrada de su establecimiento un rótulo dorado, símbolo de “interés, avaricia, mísero y desnudo embrutecimiento del espíritu”. 

El sarcasmo que lo caracteriza lo lleva a criticar a otros defendiendo sus puntos de vista con graciosa compostura, buscando la serenidad en el caos de lo que se ve y de lo que no se alcanza a advertir en un sencillo paseo. 

Después aparece el gigante Tomzack, el cual lo llena de terror en medio de este pintoresco y apacible paisaje rural. La vida era, para este ser, “demasiado escasa, demasiado pequeña, demasiado estrecha”. ¿Álter ego del poeta? 

Sigue adelante y se advierte en él una desfachatez absoluta al enfrentar diversas situaciones que con frecuencia lo ridiculizan por su necesidad y pobreza, hasta que por fin llega con el cobrador de Impuestos de Hacienda y se ve obligado a hablar con amplitud de sí mismo y de su condición de escritor. 
“Como pobre escritor y plumífero u homme de lettres disfruto de unos muy cuestionables ingresos. Naturalmente, en mí no se puede apreciar ni hallar rastro de cualquier acumulación patrimonial […] Me las voy arreglando, como suele decirse. No practico lujo alguno, eso puede usted verlo con tan solo mirarme.”
Pero el funcionario quiere cobrarle impuestos porque siempre lo ve paseando. Precisamente es esta parte la que me resultó más agradable porque Walser sale en defensa de la aparente pasividad de su profesión: 
“Con supremo cariño y atención ha de estudiar y contemplar el que pasea la más pequeña de las cosas vivas, ya sea un niño, un perro, un mosquito, una mariposa […] o tan solo un pobre y desechado trozo de papel de escribir en el que quizá un buen escolar ha escrito sus primeras e inconexas letras. Las cosas más elevadas y las más bajas, las más serias, las más graciosas le son por igual queridas, bellas y valiosas. […]
En una palabra, me gano el pan de cada día pensando, cavilando, hurgando, excavando, meditando, inventando, analizando, investigando y paseando tan a disgusto como el que más.”
Curiosamente, estas palabras me remitieron a una entrevista que acabo de leer en la que Juan José Millás habla del paseo y la inactividad necesaria en los autores porque a él las mejores ideas se le ocurren “leyendo y paseando”. Para Millás hay una parte fundamental en la tarea del escritor que consiste en no hacer nada, para sorpresa de los que consideran que en esta profesión se lee o se escribe sin parar. Muchas veces me he topado con la triste y recurrente idea de que leer es sinónimo de inactividad, un acto inútil por donde se le mire.

Walser utiliza a continuación un tono romántico, casi bucólico, para describir en forma poética un mágico entorno bello y celestial en el que los objetos parecen adquirir tintes espirituales que confluyen en una sola esencia. Todo lo negativo parece diluirse en ello y el paseo alcanza su culminación en esta agradable calidez y esplendor del ambiente, así como del interior del poeta. 

Habla de que puede no tener razón en todo lo que ha dicho, pero reconoce que en ello sólo ha mediado su buena voluntad. En su manera de definir la realidad circundante y de llevar al lector al plano real o imaginario de su paseo, exponiendo lo que le importa en cada momento, nunca deja de presentarse la mirada irónica a la que ya me había referido. 

Las observaciones de Walser enriquecen a quien se interna en ellas; pareciera incluso que se conoce a sí mismo de mejor manera cuando va diseminándolas sin necesidad de usar una estructura en específico. Me quedo con la que hace sobre el quehacer de quien indaga e interioriza para después plasmar y transmitir: la del escritor con su siempre instinto crítico e intereses –básicos o profundos- que lo animan. 

Una lectura distinta que puede gustar mucho (o no). 

La mujer de la arena – Kōbō Abe

Siruela, 2006.
Escritor japonés (1924-1993).
Premio Akutagawa, 1951.

El hombre puede quedar literalmente engullido ante la creación de ciertas sociedades que pretenden esclavizarlo. Tal es el caso de esta historia, en la cual un profesor aficionado a la entomología decide recorrer parte de la costa en busca de nuevos insectos que pudieran darle renombre. Al llegar a una extraña aldea entre las dunas, el paisaje se vuelve de pronto surrealista: las casas de los aldeanos se encuentran en agujeros a unos veinte metros del nivel superior, mientras que en los alrededores se puede apreciar un mar turbio y ventoso: en conjunto, un panorama inquietante. 

Mientras este personaje se encuentra en la perseverante búsqueda de especies raras, alguien advierte su presencia y le pregunta si el motivo de su visita a esos lugares tan apartados es el de una inspección, a lo que él responde que no, identificándose como maestro y solicitando ayuda para pasar la noche. Al quedar conformes con su respuesta, los aldeanos lo acompañan hacia uno de los hoyos en la arena al cual el hombre desciende a través de una escalera colgante. En ese lugar vive, solitaria, una mujer viuda de unos treinta años. 

Y así es como el personaje queda a merced de esta mujer, de los aldeanos y de la arena, una arena invasiva y pegajosa que se impregna en cada centímetro de los cuerpos e incluso de lenguas y gargantas. El hombre le habla a la mujer sobre la cualidad seca y móvil, pero a la vez noble y pura de la arena, pero la mujer insiste en que esta arena es distinta, corrosiva, absorbente, incesante y difícil de controlar porque se acumula pudriendo todo lo existente, ánimo incluido. Cada noche los habitantes de la aldea deben escarbar alrededor de sus casas para que no queden sepultadas y para que otros miembros puedan recoger la arena desde arriba. A cambio reciben agua y alimentos.

En este punto se establece una conexión con el mismo absurdo perturbador que se puede leer en las obras de Kafka o Camus, porque los aldeanos retiran la escalera de cuerda y el hombre de pronto se ve cautivo, forzado a trabajar a la par que la mujer y a soportar las inclemencias de esta arena invasiva que toma por completo el control de las vidas. 

El entorno se vuelve tan irreal y desquiciante que el protagonista no logra reconocerlo como verdadero; el viento y la arena se encargan de sofocar sus gritos y la desesperación da un paso hacia la valoración del momento presente:
“Aun así no estaba completamente seguro, no sabía por qué… Ante las paredes de arena que lo rodeaban como para estrangularlo, volvía el recuerdo miserable de su fracaso al querer treparlas. No cabía otra cosa que dar tumbos, manotazos. Una sensación de impotencia lo paralizaba… Esto era un mundo aparte, carcomido por la arena, en donde no contaban las convenciones cotidianas.”
El silencio de la mujer le resulta casi tan amenazador como la propia arena porque sus constantes y agónicas preguntas casi no generan respuestas, aunque algunas sentencias breves que salen de los labios femeninos son aún más desconsoladoras: el hombre debía comprender que la vida en ese lugar era muy dura para una mujer sola…

Y es así como se da entre ellos una vida de sexo, de noches de trabajo a cambio de los enseres de una mínima subsistencia, de bocas y gargantas colmadas de arena tras las noches en que los cuerpos sudorosos la reciben a raudales. 
Curiosamente, el entomólogo se va insertando en una comunidad acorde con su afición: en una especie de colmena, hormiguero o similar claramente organizado para el bienestar general, donde los de arriba, según la mujer, venden una arena que inexplicablemente tiene que venir de abajo y no de la comodidad de la superficie, y donde otros agujeros cuentan con escaleras todo el tiempo, marcando la diferencia con esos en los que se ha hecho cautivo a un ser proveniente de una organización distinta. 

El yugo cristaliza a través de una sed intensa, infinita y nunca completamente colmada; una sed que domina la narración tanto como la atmósfera claustrofóbica o el diálogo de sordos que intenta sostener con los demás. Esta obra también se caracteriza por descripciones sensoriales de tal magnitud que el lector casi puede sentir sobre sí mismo esa arena que devora apoderándose de los objetos y de la piel mezclada con el sudor, cómplice ingrato; de ese regusto constante y desagradable al respirarla, saborearla y sentirla instalada en cada oquedad del cuerpo. 

Pero esta obra va mucho más allá de percepciones o sensaciones porque de este punto de partida brotan otros aspectos más profundos como puede ser el del hombre llevado al límite a través de una condición absurda e inexplicable, pero no por ello lejana a la realidad que el ser humano ha tenido que enfrentar en determinadas situaciones o periodos enajenantes de la historia. 
Habrá que descubrir si el protagonista es capaz de trascender este círculo vicioso o si la propia organización minará su capacidad física y mental de rebelarse ante la opresión. 

Excelente novela. 

Mal de piedras – Milena Agus

Siruela, 2008.
Escritora italiana, 1955.

A menudo los lazos que se van formando entre las personas aparecen tan velados que la felicidad se hace difícil de obtener y se cae en la idea de que puede encontrarse en otra parte o en seres engrandecidos por los laberintos de la imaginación. 
“Si no he de conocerte nunca, haz al menos que te extrañe.”
Es la nieta quien toma las riendas de esta pintoresca narración enmarcada en el Cagliari de la Segunda Guerra Mundial. De acuerdo con ella, Abuela se casó en forma tardía en 1943. Y es que tenía un modo de ser tan singular que según su familia se acercaba a la locura. A pesar de ser una mujer bellísima, ahuyentaba a sus pretendientes al escribirles atrevidos poemas de amor, para deshonra y malestar de la rígida bisabuela. 

El abuelo, viudo cuarentón, llegó un día al pueblo y la familia lo acogió porque su hermosa casa de la calle Giuseppe Manno había quedado destruida. Al poco tiempo pidió la mano de Abuela, hecho que hizo que ésta quedase devastada y rogase continuamente al bisabuelo que la eximiera de semejante compromiso. Como nadie la escuchó, decidió tomar cartas en el asunto hablando con el interesado. El arreglo no se hizo esperar porque en realidad él tampoco estaba enamorado, así que ya podía estarse tranquila.  

Se casaron y bajo esta premisa vivieron, cada cual en su esquina, hasta que Abuela decidió ayudarlo haciendo lo que él acostumbraba en la casa de citas para que se ahorrara el dinero y pudiera usarlo en tabaco. Tras este particular convenio, el matrimonio continuó con pasión pero sin amor y con el sufrimiento de Abuela por su mal de piedras, dolencia que no le permitía tener hijos y por la cual los médicos le recetaron un tratamiento de aguas termales. 

En el balneario, Abuela conoció al Veterano, hombre cojo pero muy bello que ejerció en ella una inmediata fascinación y que la ayudó a librarse de su padecimiento. Solo así pudo, a su regreso, concebir por fin al hijo antes negado. 
“A la abuela le gustó ese hombre como jamás le había gustado ninguno de los pretendientes a los que había escrito ardientes poemas y a los que había esperado de miércoles en miércoles. Tuvo entonces la seguridad de no encontrarse en el Más Allá, entre las almas del Purgatorio, porque en el Más Allá no pasaban esas cosas”.
En este contexto y en pocas páginas se cuenta una historia de amor profundo que sacó a Abuela de su ensimismamiento y que la hizo volver vivir y a exponer una sonrisa luminosa. 

La nieta –única voz cantante en este relato- supo de estas cosas gracias a su madre, nuera de Abuela. Es ella también la encargada de contar, en forma mucho más breve y desdibujada, la vida de su abuela materna, Lía, otra escritora de poemas y protagonista de amores desdichados. 

El mal de piedras de Abuela se traduciría, en este sentido, en un mal de amores que solo pudo dar fruto al conocer ella este sentimiento en la figura del Veterano. Su imaginación exacerbada la lleva a crear situaciones que surgen más de la invención que de la realidad, pero que calman y curan la profunda herida ocasionada por el desamor. Abuela logra al menos en esta ocasión saturar el vacío que por tanto tiempo había minado su espíritu anhelante. 

Se trata de una historia algo imprecisa, contada entre los velos de una convivencia con el abuelo que no termina de convencer y otra con el veterano que da un giro inesperado al final. Me quedo con ese deseo de amar inherente al ser humano que debe ser colmado en algún momento de la vida, generando recuerdos o fantasías que funjan como un bálsamo de alegría y esperanza. 

La ambigüedad no reside en la supuesta o real locura de Abuela ni en sus placeres ingenuos, sino en el hecho de no concretar ciertos aspectos en el texto para así dar un pretendido barniz de indeterminación que en realidad todos poseemos en cierta medida. 

Aunque no es una novela insertada en el Realismo mágico, a mí me pareció que el tipo de Abuela podría corresponder al de alguna de las heroínas de los libros de García Márquez, una de esas etéreas féminas bordeadas por la excentricidad de sus misteriosos y fascinantes pensamientos, encerradas siempre en sí mismas sin poder dar un consuelo sanador a las oscilaciones de sus almas.  

Este es el caso de una mujer que busca el amor o cosa principal donde quizá no existe en lugar de reconocerlo en las acciones más significativas del que muy probablemente se encuentra al alcance de la mano.


La repudiada – Éliette Abécassis

Punto de lectura, 2005.
Escritora sefardí francesa, 1969.

Jerusalén, barrio ultra-ortodoxo de Mea Shearim, lugar donde los hasidim se dedican al estudio mientras sus esposas trabajan y cuidan del hogar.
Raquel, la protagonista, es una mujer de 26 años que lleva ya diez de casada con Natán, hombre al que amó desde el primer momento aunque este hecho fuese bastante fortuito en una comunidad como la suya: 
“Aquí, en nuestro país, no nos casamos por amor. Nos casamos gracias al alcahuete. El amor aparece tras años de vida compartida, los hijos y todo lo cotidiano es lo que teje lazos de unión entre las personas. Por eso nunca había visto a mi marido antes de la boda.”
Las costumbres son descritas en todo momento, las mujeres tienen que caminar algunos pasos detrás de sus esposos, no pueden cantar en público ni mostrar el cabello porque ambos se consideran como objeto de seducción para el sexo masculino. El ciclo menstrual es muy significativo porque la mujer se considera como impura, como una vil “apestada”. Sólo el baño ritual la purificará de estos días aciagos que la limitan por completo. 

Es importante aclarar que esta no es una novela que refleje un maltrato cotidiano, los hábitos que demeritan a la mujer obedecen a todo un conjunto de reglas creadas para favorecer a los hombres. Estas leyes son cuestionadas en este caso a través de Noemí, la joven y rebelde hermana de Raquel, quien se ve obligada a renunciar al hombre que ama porque éste ha decidido hacer el servicio militar y con ello apartarse del seno de la comunidad. Noemí habla de las terribles restricciones que tienen que acatar las mujeres al no poder estudiar la Torá y lo injusto que es el hecho de que se considere como muertas a quienes no pueden tener hijos. Se expresa también con desasosiego acerca de las mujeres que tienen acceso a la televisión, a conducir e incluso a reír. 
“El otro día, una de ellas pasó con los brazos al descubierto. Enseguida unos hasidim le tiraron piedras. ¿Crees que es normal vivir como vivimos?”
Y aun así, todo parece transcurrir tranquilamente entre los deberes habituales y el amor profundo entre los esposos, pero la narradora tiene un problema gravísimo: no ha podido concebir un hijo en 10 años y corre el riego de ser repudiada por su marido. Noemí le sugiere una visita al médico, un médico de verdad, pero Raquel no quiere que la vea desnuda un hombre distinto a su esposo.

Mientras tanto el Rav, padre de Natán, tiene ya todo preparado para el divorcio y ha convencido a su hijo porque el único motivo de existir de una mujer es tan específica como infame: 
“Una hija de Israel tiene como único fin en la vida traer a este mundo niños judíos y posibilitar el estudio a su marido. Dios ha creado al hombre para que estudie, mientras que la inteligencia le ha sido dada a la mujer para que participe indirectamente en la vida de la Torá, preparando la comida, limpiando la casa y sobre todo, criando a los hijos.”
Raquel se convierte en una mujer sola, repudiada. Nadie más podría considerar unir su vida a la de ella. Los celos carcomen su espíritu y su vida sólo de pensar en el desprecio de Natán y en la inminente unión de éste con otra mujer. El amor antes prometido se diluye en un abismo de dolor inconcebible. 
Al fin, Raquel se decide a visitar al médico. En esta recta final del relato se desvelan aspectos que por más que pudiesen parecer favorables, la imposibilidad de manifestarlos la hunden aún más en una tristeza infinita. 

Esta pequeña obra de arte encierra en sí misma grandes verdades de dolor y sufrimiento, de abuso concertado por los poseedores de leyes tan absurdas como tajantes. Se lee con el placer de ir avanzando por una prosa que ofrece grandes dosis de poesía y una vehemencia que refleja la singular pero absoluta inmensidad de lo acontecido. Un trozo de una sociedad que alcanza a plasmar la totalidad de un sistema anticuado e indigno. 

Muy, muy recomendable. 

Confusión de sentimientos – Stefan Zweig


Gernika, 1999 (edición original: 1926).
Escritor austriaco (1881-1942).

Nunca deja de sorprender la capacidad de Stefan Zweig de internarse en los recodos de las pasiones humanas. En este caso se exploran a través del joven protagonista, Roland, quien narra sus días de estudiante irresponsable en Berlín hasta que, gracias a la vergüenza de haber sido descubierto por su padre en plena desidia, decide mudarse a una pequeña y reputada universidad en la provincia. En ahí donde conoce al profesor de filología inglesa, hombre que desde un principio lo envuelve en un torbellino fascinante por su profundo interés en Shakespeare y por el vehemente entusiasmo con el que transmite sus conocimientos.

Roland se instala en el piso superior al de su maestro y esto propicia un interesante contacto continuo que culmina en la disposición del joven por ayudar al erudito a escribir y publicar un antiguo e inconcluso proyecto sobre el Teatro del Globo

A partir de entonces, todas las tardes dedican una hora a tan provechosa tarea y todo sería regocijo si no fuese porque el profesor empieza a transmitir a su discípulo una inmensidad de sensaciones negativas y muy oscuras que lo desazonan profundamente.
“Si, en mi ambicioso celo, tomaba yo la iniciativa de algún acto de complacencia, súbitamente, en medio de la conversación, él apretaba los labios y una palabra irónica me rechazaba. Cierto es que después al ver que me apartaba humillado y turbado, su mirada calidad y envolvente se posaba nuevamente en mí, para calmar mi desesperación… ¡Pero cuán raro, cuán raro era eso...!”
 Y así, basta un gesto o una frase ruda para que los días y las noches se transformen en una situación in crescendo que provoca un inquietante malestar que en el libro se percibe como un ambiente denso en que el desasosiego pesa mucho más que las horas amenas que coexisten en él. 
“Vanos fueron mis esfuerzos por tratar de tranquilizarme: como cosido en el negro saco de una pesadilla infrangible, luchaba yo con todas mis fuerzas para hallar una explicación y para salir de la misteriosa confusión de esos sentimientos contradictorios.” 
La influencia sobre Roland es tan profunda que éste, a fuerza de querer imitar el gusto por un tema o por el estudio en general, logra disparar el ansia intelectual aunque no tanto por sí mismo como por la mediación del otro, ya que sin la presencia del docente no se siente impelido a actuar en cuanto a su propia formación. 

No voy a desvelar las causas de esta confusión, que más que de sentimientos es de actitudes y percepciones, pero en esta obra se guarda un sombrío secreto que el joven tal vez por juventud e impericia no reconoce desde un principio. 

Roland recuerda estos sucesos determinantes en su vida cuando él mismo es un profesor sexagenario. A pesar de la distancia, los hechos se narran con el ímpetu con el que fueron vividos en ese momento lejano en el que la admiración hacia la personalidad y el saber de un individuo pudieron influenciar profundamente a quien apenas emergía al mundo del conocimiento. 

Zweig, sin palabras que condenen a los personajes, describe los delirantes arrebatos que ciertas condiciones arrojan al ser humano al abismo de un mundo hostil y negado a aceptar la diversidad de sus impulsos.  

                                                         Stefan Zweig
                                                    *Imagen tomada de Internet


La solterona - Edith Wharton


Impedimenta, 2013. 
Escritora norteamericana (1862-1937).

Enmarcada en pleno siglo XIX en Nueva York, esta novela retrata la vida de las altas esferas sociales desde el punto de vista femenino. Sin embargo, más que describir cuestiones externas o cotidianas, incursiona en los niveles de conciencia alcanzados a partir de los hechos y sus consecuencias. 

Delia, joven y respetable esposa de uno de los miembros de las mejores familias, está decidida a ayudar a su prima Charlotte a concretar un matrimonio similar al suyo. Sin embargo, la futura desposada tiene un grave problema: ha tenido una hija con Clem Spender, gran amor que Delia nunca pudo concretar por el carácter bohemio de éste.
La confesión de Charlotte a Delia hace que esta última tome las riendas de la vida de su prima y su hija, haciendo en lo sucesivo el papel de madre y relegando a su prima a un segundo plano.
“Qué fácil resultaba… y sin embargo, ¡no debía ser! Pasara lo que pasara, no podía dejar que Charlotte Lovell se casara con Joe Ralston. Todas las tradiciones del honor y la probidad en las cuales se había educado le prohibían ser cómplice de semejante trama.” 
Es en torno a esta idea que gira todo el asunto; el personaje principal en realidad es Delia y no la solterona Charlotte. La escritora deja entre líneas las verdaderas intenciones de Delia y el ser que en apariencia demuestra un interior cargado de afabilidad, comprensión y generosidad para con sus parientes en realidad esconde sensaciones muy oscuras que quedaron bajo un velo desde que deseaba –aparentemente con fervor-  convertirse en la mujer de Spender.  Así, la hija de su antiguo amor pasa a ser de su propiedad, y en lugar de permitir a la pobre Charlotte un matrimonio provechoso, promueve una venganza de raíces soterradas por tratarse de quien gozó realmente de las mieles del amor con él.
“Charlotte, como madre de Tina, tenía todo el derecho del mundo a querer estar cerca de ella, cerca de ella en todos los sentidos de la palabra; ¿qué títulos tenía Delia para oponerse a aquel natural privilegio?”
Las verdades asoman a cada instante pero quedan arrinconadas en los espíritus de los personajes debido a los convencionalismos de la época y por la propia situación de cada uno. Es una historia terrible que se oculta bajo un tamiz de benevolencia: el agredido tiene que tolerar al agresor además de sentirse plenamente satisfecho por las bondades recibidas. Nunca será buena idea interferir en la vida de los demás tratando de adueñarse de la suerte y los destinos.

El final aparenta ser conmovedor, pero me parece que esta novela puede leerse desde dos perspectivas, una sin duda mucho más edulcorada que la otra. 

Viento del este, viento del oeste – Pearl S. Buck


DeBolsillo, 2003 (edición original: 1929).
Escritora norteamericana (1892-1973).
Premio Nobel de literatura, 1938.

Pearl S. Buck expone su profundo conocimiento de la cultura china tradicional a través de esta novela en que la joven Kwei-lan hace un recorrido a lo largo de importantes etapas de su vida manifestando la intensidad de las arraigadas tradiciones y la complejidad para aceptar la influencia de la cultura occidental. 

Kwei-lan se ve obligada a casarse con un hombre de su condición social, deber que toma de buen grado porque para eso ha sido educada. Llega al matrimonio orgullosa de su atuendo, de sus pies vendados y de la educación que ha recibido para agradar a su marido. 

Pero la realidad a la que se enfrenta es muy distinta porque el añorado esposo ha estudiado en occidente; es un buen médico que vuelve a china para implementar sus conocimientos. Cumple con el deber de casarse con la mujer que han elegido para él, pero la indiferencia se apodera del matrimonio para tristeza y desasosiego de Kwei-lan.  
“Me adornaré los cabellos con flores de jazmín, calzaré las sandalias de raso bordadas de azul y saludaré a mi señor cuando entre… Lo hago así, pero es en vano. Sus ojos corren inmediatamente hacia otras cosas…; las cartas abiertas encima de la mesa, los libros. Para mí, ni un solo pensamiento.”
Sin embargo, la muchacha es inteligente y dentro de sus limitaciones pronto entiende que debe interesarse por el punto de vista del esposo y tratar de comprenderlo para poder hacerse llamativa ante sus ojos. Es así como empieza por permitir que éste le retire las vendas de los pies, cosa que se hace en un momento crucial para impedir la completa e irreversible deformación que desde la perspectiva occidental era completamente bestial.  
“Mi marido no era hombre que se pudiese seducir alegrándole los sentidos con flores y perfumes, o con una pipa de opio. La belleza física no bastaba; debía seguir otro camino si quería triunfar. Y recordé las palabras que pronunciara mi madre con el rostro vuelto hacia la pared, así como el tono de su voz al decir:   -Los tiempos han cambiado.”
Con estos datos se puede inferir que esta obra se enmarca en los primeros años del siglo XX, ya que el gobierno comunista prohibió el vendaje en 1911, aunque se sabe que continuó haciéndose en forma clandestina en algunas zonas del país. 

Otra de las cuestiones importantes en el libro se expone mediante el pretendido matrimonio del hermano de Kwei-lan -primogénito que debería obedecer y dar a su estirpe la ansiada descendencia requerida- con una joven norteamericana. 
Este suceso no es que sólo sacuda las más profundas creencias chinas, sino que acaba con la salud de su anciana madre, cuya única misión en la vida como esposa principal era la de garantizar la continuidad del linaje; de otra manera alguna de las odiosas y vulgares concubinas tomaría su lugar. 

La aceptación (no digamos adhesión) a la cultura occidental se muestra en esta obra como catastrófica ante la negativa de la gente para adoptar las costumbres “bárbaras” que llegaban desde fuera: el hecho de no poder escupir en el suelo, por ejemplo, era mal visto. Cuando el esposo de Kwei-lan decide evitar que fueran el piso y las apreciadas telas los receptores de dichos fluidos, la joven esposa considera este acto como insólito e inaceptable. 
“Y hete aquí que mi marido ha comprado minúsculas escupideras, distribuyéndolas por todas las habitaciones y obligándonos a usarlas según esa sucia costumbre extranjera.” 
Narrada con un estilo fluido, lineal y pintoresco, esta obra no ofrece más que un agradable cuadro de costumbres por medio de una historia interesante y bien contada, sin los melodramas poco verosímiles que encontré en El abanico de seda, de Lisa See. 
Muy recomendable para quien disfrute con relatos que aborden cuestiones cotidianas y tradicionales. 

Abades – Pierre Michon

Ed. Alfabia, 2010.
Escritor francés, 1945.

Se trata de tres relatos entrelazados y ambientados en la Vieja Galia alrededor del año 1000; abadías de benedictinos al norte de Francia cuyos pormenores son relatados mediante un lenguaje de gran belleza además de una prosa nutrida y muy poética.

En el primer relato nos situamos en el año 976, donde se habla de Guillermo Cabeza de Estopa y de su hermano Eblé, el abad de la ermita Saint-Michel-en l’Herm. Este último ha vivido para apagar el fuego de Guillermo, pero ya tiene 60 años y está cansado.
“Eblé, abad que tiene el don de apagar el fuego aunque lo escupa un dragón vikingo.”

El monasterio está construido en forma rústica, ha sido atacado y reconstruido varias veces;  la isla está situada en una ubicación compleja, entre mar, ríos, arenas y lodos que hay que domar: “algo retorcido y revuelto”

Al amparo de estas descripciones intrincadas y brevedad anecdótica, se da una reunión de monjes en la sala capitular, con laicos y clérigos del pueblo que están ahí “por el abrigo, la escudilla o el deseo de los libros”. Destaca el hermano Hugo, joven clérigo encargado de la lectura. Al día siguiente van de expedición a luchar por el agua contra los lodos; se topan con indígenas adoradores de la lluvia a los que intentan evangelizar. El trato con los monjes les beneficiaría con “tierras, ganado y salvación”. 

Una de las mujeres  indígenas es joven y bonita, Eblé arde al fin, se apasiona por ella y el erotismo se apodera del intrincado relato por el poder del lenguaje. 
Pero no solo él disfruta de los “pies de mármol levantados”, Hugo también lo hace. La mujer está casada paro complace a ambos abades. 
“Al atardecer, cuando el marido ha partido a poner las nasas, cuando sin pronunciar una sola palabra ella se descubre de los pies a la cintura, el fuego más húmedo, más ardiente: ha visto la mitra, ha visto el báculo, es la mitra y el báculo lo que ella tiene en sus ojos cerrados, entre los pies levantados. El rayo que la rompe es el miembro de un hombre, pero la gloria de un abad.”
Hugo se lo ha contado a Eblé en confesión; el abad tiene sentimientos encontrados porque ama a Hugo pero hay una rivalidad implícita entre ellos. 
“Todas las cosas son mudables y próximas a lo incierto.” 
El segundo relato se sitúa en la abadía Saint Pierre de Maillezais, donde es Pierre de Maillezais quien cuenta la historia de un monstruoso y poderoso jabalí en tiempos de Guillermo –hijo de Guillermo Cabeza de Estopa-. Dicho animal es visto como un ángel, demonio o mensajero. 

Vuelve el erotismo en las imágenes al hablar de Guillermo Fierabrás y su esposa Emma, mujer que no se intimida ante la visión del jabalí. Él decide cazarlo, quiere a la bestia pero es Gaucelin, personaje de rango muy bajo, quien captura al animal. 
“La crónica de Pierre hace entrar aquí a un personaje por el cual la providencia se ejerce: es Gaucelin, cuyo cuerpo, dice Pierre, es robusto y claro […] No ha ingresado del todo en la caballería, todavía duerme con los lacayos, ocupa el puesto menos honorable de la mesa.”
Gaucelin languidece, mira a Emma, ella quiere el cuero del jabalí y él acepta con alegría. Emma lo ama pero no quiere acceder a sus deseos, pues solo será para Guillermo. Se da una intensa descripción erótica mediante el cuero del jabalí lastimando la carne de Emma, lo que para ella es como un recuerdo de la áspera mano de su marido y, para Guillermo, excitación. Ella es el jabalí capturado que se entrega a Guillermo. “La vida es un canto”. En la figura de Gaucelin puede observarse el amor cortés del medievo.

Seguidamente aparece en escena la envidia a través de Hugo, un compañero de Gaucelin, quien inventa una relación entre el joven y Emma: 
“Hugo dice que Gaucelin no solo es bueno para llevarse las bestias que otros han levantado, que para las mujeres que otros han hecho salir de su madriguera, también es bueno. Nombra a la condesa.”
Guillermo destierra a Gaucelin y en lo sucesivo ignora a Emma (no la repudia por razones políticas). Ella vive en la esperanza, el terrible jabalí ha propiciado situaciones abismales que se van enroscando y sucediendo porque Emma no encuentra la paz: Ermengarde, vizcondesa de Thouars, yace con Guillermo y ella los oye; la dolida condesa abandonará toda magnificencia y gracia para ir en pos de la venganza... 

En el tercer relato se da otra crónica narrada bajo los auspicios de Pierre de Maillezais, por Petrus Malleacensis y las crónicas intransitivas de Ademar de Chabannes. 

Es la época de Guillermo el Grande, hijo de Guillermo Fierabrás, tiempos también de huesos, de reliquias: cabezas, brazos de santos fragmentados, el cráneo de San Juan presente en una reunión de prelados que guardan la cabeza para exhibirla en la fiesta pertinente. 
Agua, ríos desbordados por doquier. El arzobispo saca el cráneo y Théodelin le arranca un diente y lo esconde en su boca. “Théodelin se lleva en la boca la boca de la palabra de oro”
Pero no hay posibilidades de mostrar la reliquia en Cluny, habrá que esperar.  
La presencia del diente obra milagros en Hugo, porteador de la abadía y futuro abad.  Pierde el tartamudeo, se le ve rejuvenecido y hablando con fluidez; el mundo cobra un sentido que ya no hay que buscar en las nubes

El tiempo corre y Théodelin envejece mientras Hugo toma a su cargo la abadía. Ambos son llamados a la Basílica de Angély en donde el prior les dice la consabida frase que aparece en esta obra: “Todas las cosas son mudables y próximas a lo incierto”. Resulta que el difunto abad mintió en cuanto a la cabeza; se confesó falsificador…
De vuelta a la abadía, Hugo se encuentra con que ha perdido la palabra.
“Cuan mudables y próximas a lo incierto son todas las cosas.”
Gloria, concupiscencia, traición y fe conforman el eje central de esta obra escrita al más puro estilo medieval por medio del intenso manejo de un lenguaje sugerente que va describiendo, con cortas y poéticas pinceladas, ciertos  sucesos que desde tiempos inmemoriales han perturbado a los hombres. No es una lectura sencilla y supongo que en general tampoco debe serlo la prosa de este autor (es lo primero que le leo), pero sin duda merece mucho la pena.

                                                        Abadía de Cluny  
                                                      *Imagen tomada de Internet

Los Watson – Jane Austen

Nórdica Libros, 2012.
Escritora inglesa (1775-1817).

Se trata de una obra inconclusa que Jane Austen habría comenzado a escribir hacia 1803. Una pequeña delicia de novela aunque la acompañase, en mi caso, una ligera decepción al haberme perdido buena parte del contenido (cuestión sabida de antemano). Le dedicaré, pues, unas cuantas palabras. 

Emma Watson, tras gozar las mieles de la vida refinada al lado de una tía rica, se ve obligada a volver al seno familiar donde tendrá que convivir con su padre enfermo, dos hermanos y tres hermanas, los cuales son prácticamente desconocidos para ella. 

La vida promisoria que pudo haber vislumbrado hasta poco tiempo atrás, se vio eclipsada por la muerte del tío y el segundo matrimonio de la tía, con lo cual quedó desprotegida y sin dote, situación que es expuesta en forma despiadada por su hermano Robert: 
“Habrá sido un duro golpe para ti; en vez de ser la heredera de ocho mil o nueve mil libras, verte de nuevo en casa de tu familia como una carga para ellos y sin un chelín en el bolsillo.” 
A su llegada, Emma tiene la oportunidad de asistir a un baile organizado por los Edwards, donde conoce también a los aristócratas Osbourne y a Mr. Howard, clérigo del castillo Osbourne que atrae su atención desde el primer momento. 

Las páginas que más me gustaron exponen la realidad tan compleja de las jóvenes sin dote que estaban ansiosas por contraer matrimonio, abrumadas ante el triste destino que les esperaba si no lo conseguían.  Emma se encuentra de pronto en una situación terrible rodeada de “mentes inferiores”, la acechante y envidiosa actitud de una de sus hermanas, las intrigas y la competencia entre ellas además del talante hostil de su cuñada. 


Todo este suculento panorama de la vida cotidiana y reflejo de una época queda truncado de improviso, aunque contamos al final con un breve pasaje que nos narra los acontecimientos venideros de acuerdo a Cassandra, hermana de Jane Austen y a quien ésta habría confiado su proyecto argumental. 

No puedo dejar de recomendarla a todos los amantes de la obra de Jane Austen. 

Acompaña a esta edición de Nórdica una bella selección de ilustraciones de Sara Morante: delicadas siluetas, maravillosos estampados y una selección cromática que me resulta fascinante. 




Lo que sé de los hombrecillos – Juan José Millás

Seix Barral, 2010.
Escritor español, 1946.

En esta obra se hace una curiosa descripción de la psicología de un hombre reprimido. El protagonista se ha forjado un mundo seguro alrededor de sí mismo: una esposa –al menos en apariencia- asexual y una vida rutinaria con el fin de poner freno a sus deseos sometidos, a la parte bestial y primitiva que de vez en cuando pugna por romper el pretendido equilibrio vital. 

Desde muy joven el personaje  interactúa con ciertos hombrecillos, en particular con uno que resulta ser su propia encarnación y a través del cual sus más hondos deseos sexuales e incluso homicidas se abren camino. 

Este hombre se encuentra en la edad madura y al parecer es cuando requiere con más fuerza echar mano de estas –a mi modo de ver- alucinaciones para poder extraer de sus adentros anhelos largamente reprimidos. Su relación con el hombrecillo consigue incluso impulsos diferenciados; la culpa lucha contra la adrenalina que produce la aventura codiciada pero con el hombrecillo de por medio el personaje logra tomar distancia para poder cometer las más bajas acciones. 

El hombrecillo en ocasiones desaparece algunos días, sugiriendo con esto que la parte sensorial y abyecta del protagonista hubiera sido colmada; sin embargo, reaparece para exigir más y más. Los impulsos salen de control en forma creciente y acelerada.
Se alude también al “viaje al mundo animal”, al de los instintos que como ser humano prefiere reprimir, pecando, por ejemplo, bajo la forma de un insecto (o de un hombrecillo):
“Mi acción quedaría camuflada dentro de la acciones que la naturaleza produce a millones cada día en el rincón del universo.” 
Me encantó este descenso a la parte más elemental del ser humano; la dualidad y los recodos de la mente humana se manifiestan con mucha intensidad mientras que el choque entre el mundo real y el fantástico se examina hasta en sus más profundas consecuencias. 

La vida conyugal - Sergio Pitol

Anagrama, 1991.
Escritor mexicano, 1933.

En esta obra se aborda el tema del matrimonio en México a partir de los años 50 a través de una pareja típica de la época. Nicolás Lobato como proveedor y símbolo del machismo, y Jacqueline Cascorro como una mujer aparentemente sumisa pero muy dolida por las continuas infidelidades de su pareja. 

Tanto el argumento como la profundidad psicológica se centran en el personaje femenino y sus conductas obsesivas. A pesar de que en un momento dado Jacqueline comienza una vida paralela a la de su marido, el resentimiento no le permite tomar la distancia adecuada y las situaciones que se desprenden de este hecho ofrecen una buena muestra del comportamiento humano que el autor adereza con una buena dosis de humor. 

A partir de cierto evento, la mente de Jacqueline se transforma y de pronto se ve ocupada por una sola idea que la perturba profundamente: la de asesinar a su marido. 
"Todo cambió en un instante, cuando al quebrar con sus manos una pata de cangrejo y oír descorchar a sus espaldas una botella de champaña se dejó poseer por un pensamiento que la visitaría de manera intermitente, convirtiéndola, y ya para siempre, en una mujer de muy malas ideas." 
Con cada amorío, Jacqueline vuelve a la idea de asesinar al traidor. De esta forma podrá proveer de lo necesario a su propio atribulado y siempre desamparado amante en turno. Nunca se detiene a pensar en que estaba pagando al confiado esposo con la misma moneda mediante su propia infidelidad; lo cierto es que en cada intento homicida las cosas parecían ir más bien en contra de sí misma, cuestión muy significativa cuando las ataduras no se liberan en forma adecuada. 

Sergio Pitol penetra en la psicología de la mujer inocente que llega virgen al matrimonio y que se va enfrentando a situaciones que la conducen a experimentar profundas sensaciones de dolor y de ira al tener que aceptar con “normalidad” las infidelidades del esposo. El hecho de sentirse continuamente humillada y relegada a un segundo plano hace que el rencor nunca disminuya. En la novela puede leerse entre líneas el interés y el amor del marido hacia ella, aunque de una manera que pocas mujeres aceptarían sin resentimientos. 
Los lazos de diversa índole que toda pareja construye propician que no se plantee la sana disolución del vínculo matrimonial. Es más conveniente tolerar una mala situación hasta las últimas consecuencias que ser objeto de la deshonra social (y/o financiera, desde luego).  

Buen retrato social que trasciende épocas y lugares; los celos y las sensaciones más profundas del ser humano ante circunstancias como estas siempre tendrán cabida en la universalidad temática.  

No se pierdan la película de Carlos Carrera