La novia de Corinto (1797) – Johann W. Goethe  

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Edvard Munch - Vampire

La novia de Corinto representa una de las influencias más importantes de la figura del vampiro en las postrimerías del siglo XVIII,  la cual sería llevada a su culminación en el periodo plenamente romántico del siglo XIX, y que continúa siendo explotada como fuente inagotable de inspiración, revistiendo las características predeterminadas a través del tiempo, con las variantes que los escritores han considerado necesarias de acuerdo a la finalidad de sus obras.

Siempre he sentido gran fascinación por este poema en el que un joven proveniente de Atenas llega a Corinto en busca de la novia que le estaba destinada gracias al temprano acuerdo entre sus padres. La muchacha y su familia son cristianos, mientras que el joven y sus padres practican el paganismo.

“…Cristianos son la novia y su familia;
cual sus padres, pagano es nuestro joven.
Y toda creencia nueva, cuando surge,
cual planta venenosa, extirpar suele
aquel amor que había en los corazones.” 

 Como el muchacho llega de noche, lo atienden con esmero e inmediatamente después se aloja en una habitación que pronto es visitada por la pálida joven, quien le explica que tiene “vedada toda alegría” y que se va al claustro porque será esposa de Cristo.
De acuerdo con el siguiente párrafo, la madre hizo un voto (no se señala la causa con claridad, pero tal vez intercambia la salud por la juventud de su hija, condenándola al mismo tiempo).

“…Que estando enferma hizo mi madre un voto
que cumple con severa disciplina.
Naturaleza y juventud -tal dijo-,
al cielo en adelante
habrán de estarle siempre sometidas.”

 El joven logra convencerla de que él es su verdadero prometido, aunque ella se muestra reticente, alegando que su situación es compleja:

“¡…sólo te pido de esta desdichada
alguna vez te acuerdes en sus brazos,
que yo en ti pensaré mientras la tierra
tarde -no será mucho- en darme amparo!”

 Sellan el acuerdo intercambiando prendas de amor. Ella bebe el sugerente vino pero se abstiene de comer el pan; llora y le da a entender que hay algo más, cosa que él podría notar si la toca: una frialdad de nieve que el novio se apresura a compensar, aunque ella “venga del sepulcro que hiela con su abrazo”. 

“…se brindan mutuamente, y con sus pálidos
labios sorbe la novia el vino rojo.
Pero del pan que con amor le ofrecen,
abstiénese -y es raro-
de probar tan siquiera un parvo trozo.”

La dueña de la casa se aproxima y escucha tras la puerta el intenso y extraño placer de los amantes. Canta el gallo y la joven promete volver, pero su madre la reconoce. La hija, entre exclamaciones y lamentos, le reprocha el haberla llevado al sepulcro tan joven, aclarando que “¡No enfría la tierra un cuerpo que en amor arde!”  El asunto se vuelve contra ellas a través de la transformación de la hija, al parecer injustamente ofrendada.

“¡Oh, madre! ¡Madre! -exclama-, ¿de este modo
esta noche tan bella me amargáis?
De este mi tibio nido, mi refugio
sin pizca de piedad, ¿a echarme vais?
¿Os parece poco llevarme al sepulcro
al lograr apenas la flor de mis años?”

La madre rompió el acuerdo matrimonial que involucraba a su hija cuando todavía veneraban a otros dioses y el sacrificar a la joven, rompiendo la promesa, resultó contraproducente.

“Mi prometido fuera ya este joven
cuando aún de Venus los alegres templos
erguíanse victoriosos. ¡La palabra
rompisteis por un voto absurdo, tétrico!
Mas los dioses no escuchan
cuando frustrar la vida de su hija
una madre cruel y loca jura.”

En los últimos párrafos, la naturaleza macabra de la muchacha se revela en todo su esplendor (sin dejar de causar cierto asombro, dado el aparente candor anterior): vuelve de la muerte para conquistar el amor vedado que ahora sólo podrá satisfacer a través de la sangre de su prometido y de la de otros…  Advierte al muchacho que no vivirá mucho más, y que las prendas son garantía de ello. Con esto, la figura del vampiro queda expuesta en sus principales características: alimentarse de sangre con un impulso erótico de por medio (expresado, sobre todo, en estrofas anteriores) y vivir sólo de noche, dependiendo del canto del gallo.

“Por vindicar la dicha arrebatada
la tumba abandoné, de hallar ansiosa
a ese novio perdido y la caliente
sangre del corazón sorberle toda.
Luego buscaré otro
corazón juvenil,
y así todos mi sed han de extinguir.”

Al final, el contraste cristiano-pagano se invierte, ya que la ofrenda del amante (o los amantes) a través del fuego purificador, hará que ella y su madre retornen a los “antiguos dioses”. Tal parece que el castigo por haberles sido infieles sólo podrá resolverse de esta manera.  Sin duda la crítica implícita al cristianismo es notable.

“Ahora, mi postrer ruego, ¡oh, madre! escucha:
¡Una hoguera prepara, en ella arroja
en sus llamas descanso al que ama, ofrece!
Cuando salte la chispa
y el rescoldo caldee,
a los antiguos dioses tornaremos solícitas.”

Yo tengo la versión de las Obras Completas de Goethe en Aguilar, pero en otras traducciones el último párrafo parece aclararse aún más (esta es una de esas ocasiones en que me encantaría poder leer en el idioma original). La propia joven decide acabar con el tormento y al fin descansar del sufrimiento que supone la terrible situación, mediante su reducción a cenizas al lado de su amado.

"Escuche ahora madre, mi última plegaria:
haga levantar una hoguera, 
abra la estrecha tumba donde me ahogo, 
y dé reposo a los amantes entregándolos al fuego.
Cuando la chispa salte, 
Cuando ardan las cenizas, 
nos elevaremos hacia los antiguos dioses."

La hoja plegada - William Maxwell  

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Libros del Asteroide, 2007.
Escritor estadounidense (1908-2000).


 Este libro, enmarcado en los años veinte en los suburbios de Chicago, incursiona en la historia de dos adolescentes que se encuentran unidos por un fuerte lazo emocional.

Lymie Peters es un chico de constitución frágil además de buen estudiante que ha tenido que acostumbrarse a una deficiente comunicación con su padre y a carecer de un verdadero hogar desde la muerte de su madre, mientras que Spud Latham, fuerte, extrovertido, deportista, muy aceptado por otros muchachos y recién llegado a la ciudad, vive con sus padres y hermana, añorando su vida anterior en Wisconsin.

Un suceso en la piscina escolar hace que Spud y Lymie lleguen a convertirse en amigos inseparables, y a partir de este punto la novela entrelaza diversos aspectos de la vida de ambos a través de capítulos que reflejan innumerables detalles acerca de sus vidas. Orgullo, envidias, carencias, recuerdos, incomodidades, afectos y dudas son elementos esenciales para forjar el carácter de dos adolescentes que luchan por adaptarse al medio que les rodea.

Aunque los entornos en un principio se presentan como hostiles, poco a poco los chicos van encontrando espacios favorables, entre los que se encuentra la hermandad improvisada en una casa alquilada, en la que empiezan a fabricar la independencia que obtendrán en un futuro cercano.
Un día Spud invita a Lymie a comer a su casa y éste, tras superar un ligero malestar al experimentar nuevamente el olvidado sabor de hogar, llega a sentirse como un miembro más de la familia, ya que los Latham lo reciben con los brazos abiertos procurando disimular sus conflictos y aparentando más felicidad de la que realmente poseen.
“Así era como vivía la gente, los chicos de su edad no tenían que prepararse el desayuno por las mañanas o lavarse la cara en un lavabo sucio, o irse a dormir por la noche en una cama sin hacer; chicos cuyos padres no bebían más de la cuenta ni hablaban demasiado alto y que no coqueteaban con las camareras.”

El autor conduce la trama principalmente a través de Lymie, en cuyos pensamientos y sensaciones profundiza en gran medida, a diferencia de Spud, a quien presenta desde un punto de vista menos íntimo.
“Para conocer la injusticia del mundo sólo hace falta un poco de experiencia. Para aceptarla sin amargura o envidia se necesita casi la suma de toda la sabiduría humana, cosa que Lymie Peters, a la edad de quince años, no poseía. No pudo evitar darse cuenta de que la balanza de la suerte se había inclinado considerablemente a favor de Spud, y sentirse agraviado por ello. Pero lo que más le reconcomía era que Spud fuese, además, un atleta nato y la encarnación del ideal con el que soñaba despierto a menudo.”


Los años escolares que iban transformando físicamente a los chicos, se mostraban evasivos con Lymie, quien al cumplir diecisiete seguía siendo mal deportista y dueño de la misma evidente fragilidad.
Sally Forbes aparece en escena al lado de otra chica, Hope. Mientras la primera muestra un interés especial por Spud, Hope anhela infructuosamente proporcionar a Lymie el amor que desde su punto de vista tanto requiere.
Cuatro años después Lymie y Spud -quien se convierte en boxeador- ingresan a la universidad en una “pequeña ciudad de Indiana”. Su amistad continúa muy sólida, y al notar que las exigencias monetarias de las hermandades rebasan las posibilidades de ambos, optan por instalarse en un cuarto en casa del anticuario Alfred Dehner, el cual alquilaba las habitaciones del piso superior a una caterva de conflictivos y animosos estudiantes.
En un momento dado empiezan a darse indicios sutiles (como inocentes acercamientos físicos) pero categóricos acerca de un afecto homosexual latente en Lymie. El caso de Spud es distinto porque el amor que Sally despierta en él (y otros comportamientos), lo desvinculan de un afecto que pudiese ir más allá.
“Él y Lymie eran siempre los primeros en subir al dormitorio. Se abrazaban uno al otro en la cama helada, temblando como cachorros hasta que el calor de sus cuerpos empezaba a penetrar a través de la franela de sus pijamas y sus gruesos batines de lana. […] Luego movía el pie derecho hasta que la parte exterior del empeine entraba en contacto con los pulgares desnudos de Spud, y desde ese punto de realidad se deslizaba seguro hacia la oscuridad…”
En otra ocasión:

“Lymie metió la mano derecha en el bolsillo del abrigo de Spud, algo que hacía con frecuencia cuando iban caminando juntos. Los dedos de Spud se entrelazaron con los suyos.”
Lo más sorprendente es que a los diecinueve años estos chicos actúan con un candor inusual, por lo que supongo que en esa época la ingenuidad adolescente tardaba un poco más en dar paso a la madurez, aunque se aclara que en una hermandad hubieran llamado la atención por estar siempre juntos.


Lymie piensa en todo lo que pueda beneficiar a Spud y, llegado el momento, contribuye con los cien dólares que éste necesita para ingresar a la hermandad que ha puesto su atención en él, y lo hace a través de un amigo para permanecer en el anonimato.
Pese a todo, la que parecía una amistad indestructible comienza a enfriarse debido a una confusión de celos. Spud inicia una relación con Sally y pronto comienza desconfiar de la cercanía que se ha establecido entre ella y Lymie, mientras que este último intenta manejar su propia desgracia al perder paulatinamente a su amigo.
La propia Sally se da cuenta de lo que sucede, y se dirige a Lymie con estas palabras:
“Si te hablo así de Spud es porque sé que sientes por él casi lo mismo que yo.”

Lymie continúa solícito en todo momento, y la amistad se ve sometida a altibajos que lo alteran sobremanera. Intenta explicarle a Spud en repetidas ocasiones que su interés por Sally no es sentimental, pero éste se encuentra tan obnubilado por los celos que la separación entre ambos se hace inminente, por lo que Lymie intenta suicidarse.
El final de la novela, al margen de cualquier intención amorosa, denota una firme transición hacia la sensatez y el buen juicio.
“Las manos de Spud, que una vez habían significado tanto para Lymie, que cuando, por casualidad, se posaban por un segundo sobre cualquier parte de su cuerpo hacían que su corazón dejara de palpitar, ahora eran como las manos de cualquier otra persona. Las miró y no sintió ni pena ni alegría.”

Me gustó mucho este libro por la destreza con que el autor narra las variantes afectivas que pueden desprenderse de una convivencia profunda y por el encantador reflejo de situaciones y experiencias cotidianas que se vuelven determinantes para forjar seres que intentan sortear las dificultades que acarrea el camino hacia la plenitud.

Cannery Row - John Steinbeck  

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Editorial Navona, 2008.
Escritor norteamericano (1902-1968).

Cannery Row (1945) se traduce como “barrio o arrabal de las conserveras” (de sardina en Monterey, California), lugar en que se ambienta esta magnífica y pintoresca novela, cargada de valores en los diálogos y actitudes de sus entrañables personajes.

La vida en el barrio gira en torno a la tienda de comestibles de Lee Chong, personaje decisivo porque en varias ocasiones actúa como catalizador, demostrando a través de cuidadosas reflexiones que otros personajes, de los cuales Steinbeck dibuja su mejor cara, en realidad podrían llegar a ser peligrosos (contribuyendo así a redondearlos). Él conoce muy bien los riesgos que podría encerrar el trato con ellos y por eso medita cualquier asunto que los involucre, y lo hace con tanta astucia que obtiene más beneficios que pérdidas.

El autor construye diversas anécdotas desde una postura un tanto simbólica, procurando resarcir a los desposeídos de la eterna condena que han padecido, construyéndoles espacios decorosos.

Mack y los muchachos vivieron al aire libre, entre los despojos de las conserveras, hasta que un trato con Lee Chong les dio la oportunidad de mudarse al llamado “Palacio de la Cabaña”, otorgándoles una dignidad inesperada. El apoyo y comprensión con que cada uno se entrega a los demás los aísla y salvaguarda de la marginalidad inherente a su condición. Estos hombres tienen trabajo cuando lo desean, viven para sí mismos conformándose con poco, y esto los hace felices.

Las chicas de la casa de Dora forman parte insustituible de la variopinta comunidad, aunque no se profundiza en individualidades. El prostíbulo se enfrenta a los conflictos propios de este tipo de establecimientos, pero ellas parecen satisfechas y están siempre dispuestas a compartir su ayuda en momentos críticos.

Henry, el pintor, merece incluso un curioso capítulo aparte: su vida se ha centrado en la construcción de un barco, carente de lavabo, en un terreno arrendado. La falta de un lugar de aseo y el espacio tan reducido de la cabina hacen que infinidad de mujeres que pasan por sus brazos lo abandonen tarde o temprano.

Doc, el solitario encargado del Laboratorio de Biología del Oeste, hace las veces de médico, veterinario y consejero. Es uno de los personajes más queridos y respetados del barrio y gran figura central de la obra. Doc es quien ayuda, quien escucha; el hombre que jamás cierra con llave su laboratorio, que confía en la bondad humana. En él convergen las mejores actitudes del resto de los personajes quienes, cargando con la inmanencia de sus defectos, procuran dar lo mejor de sí mismos organizándole una fiesta con gran entusiasmo, cuyos desastrosos resultados no se hacen esperar.
Un segundo intento por obsequiarlo, en el que el propio Doc toma medidas para que se desarrolle de manera más afortunada, nos muestra con profundidad la extraordinaria capacidad moral y de entrega a los demás que un ser humano puede alcanzar. Para él esos hombres son “auténticos filósofos” y su visión sintetiza en buena medida la esencia de la obra:
“Creo que Mack y los muchachos saben todo lo que ha ocurrido en el mundo y posiblemente lo que ocurrirá. Creo que sobreviven en este peculiar mundo mejor que cualquier otra persona. En un tiempo en que las personas se despedazan unas a otras con ambición y crispación y codicia, ellos viven tranquilos.”


“Las cosas que admiramos en los hombres -la amabilidad y la generosidad, la franqueza, la honradez, la comprensión y la sensibilidad- son en nuestro sistema elementos concomitantes con el fracaso. Y los rasgos que detestamos -la aspereza, la avaricia, la codicia, la mezquindad, el egoísmo y el interés- son los rasgos del éxito. Y aunque los hombres admiran las cualidades de lo primero, adoran los frutos de lo segundo.”

La narración se complementa con Darling -la adorada perra de Mack y los muchachos-, con un misterioso chino que deambula en el barrio cada noche, con la pareja que vive en la abandonada e inservible caldera que en 1932 fue reemplazada por otra, y con Frankie, el chico con problemas de aprendizaje y coordinación que no encaja en el sistema (entre otros).
“En 1935 el señor Sam Malloy y su esposa se mudaron a la caldera. Todas las tuberías habían desaparecido ya y se había convertido en un apartamento espacioso, seco y seguro.”


Hay un episodio precioso y muy poético en el que los muchachos capturan una buena cantidad de ranas que más tarde pretenden vender a Doc. Ellos mismos se encargan de reparar la camioneta Ford Modelo T que Lee Chong accede a prestarles para realizar esta labor. Las descripciones de las ranas se funden en fascinantes personificaciones:
“El estanque de las ranas era cuadrado. […] Había ranas a montones, miles de ellas. Sus voces batían la noche, retumbaban y ladraban y croaban y vibraban. Cantaban a las estrellas, a la luna menguante, al ondulante césped. Bramaban desafíos y canciones de amor.”


“Docenas y docenas de ellas fueron arrojadas a los sacos de la arpillera y los sacos se llenaron de ranas cansadas, asustadas y desilusionadas, de ranas empapadas y lloricosas.”

El libro tiene una construcción inusual, ya que alterna capítulos anecdóticos con algunos más descriptivos e incluso alegóricos, además de que se centra principalmente en ir moldeando a los personajes a través de sucesos concretos y no tanto por introspecciones que en este caso son innecesarias, al estar implícitas.

La naturaleza lírica del texto culmina al referirse a Caléndulas negras, poema escrito por Bilhana Kavi en el siglo XI, en el que un anciano evoca a la mujer amada en todo el esplendor de su belleza, plasmando sus sensaciones en forma muy vívida.

Aún hoy,
si mi amada de ojos de loto volviera a mí,
cansada del peso querido de un amor joven,
otra vez la estrecharía entre estos brazos hambrientos
y bebería de su boca el profundo vino
como una abeja en su fácil revuelo
roba la miel del nenúfar.



[…]


Aún hoy,
sé que he probado el sabor caliente de la vida,
alzado en el gran festín copas de verde y oro.
Sólo por un breve tiempo ya olvidado,
tuve los ojos llenos de la imagen de mi amada,
el resplandor más blanco de la luz eterna…

La vida es tan corta que el hombre debe aprovechar las bondades que concede, ya que nada durará para siempre (la obra entera es buena muestra de ello). Indudablemente, John Steinbeck es un agudo observador de la condición humana, esta novela es maravillosa.

El lector - Bernhard Schlink  

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Editorial Anagrama (col. Compactos), 2009.
Escritor alemán, 1944.

Empecé a leer este libro con cierta reticencia a pesar de que el tema del Holocausto y sus múltiples matices me llaman poderosamente la atención, pero debo decir que no me decepcionó.
Todo inicia cuando Michael Berg, un joven de quince años que acaba de recuperarse de una hepatitis y que experimenta cierto malestar en el camino de la escuela a casa, es ayudado por Hanna Schmitz, una mujer varios años mayor que él. Tiempo después, a instancias de su madre, la visita llevándole flores en agradecimiento a su atención, suceso que propicia una relación singular entre ellos, basada en encuentros sexuales.
Con el paso del tiempo se va estableciendo cierta rutina, donde las duchas tomadas por ambos y la lectura de diversos libros que el muchacho hace en voz alta, se vuelven indispensables. Hanna no está dispuesta a hablar de su pasado, pero se muestra muy interesada en no distraer a Michael de sus estudios, por lo que él se esfuerza en ello y al mismo tiempo va adquiriendo seguridad en sí mismo, situación que se refleja en sus notas y en la relación que establece con los demás. La influencia de Hanna, en cierta forma, llega a ser muy beneficiosa para él aunque, por otra parte, también se establecen circunstancias que no lo favorecen tanto, como el juego de poderes en función de las edades que surge entre ellos.
Más adelante, el amor que el chico llega a sentir por ella va disminuyendo de forma casi imperceptible -pero paulatina-, mientras se va adaptando al entorno que le corresponde.
"El verano fue el vuelo sin motor de nuestro amor. O, mejor dicho, de mi amor por Hanna; de su amor por mí no sé nada."
Distintas imágenes de Hanna se van acumulando en su memoria, hasta que un día ella abandona la ciudad sin previo aviso, y él, pese a la aparente decadencia del amor, cae enfermo.

En la segunda parte, Michael cuenta una estancia feliz en la universidad; ha logrado olvidar en buena medida a Hanna, y pese a cualquier reflexión anterior acerca del afecto que los unía, aclara que "nunca más amaría tanto a una persona como para que me hiciera daño perderla".
Hasta este punto la novela no me resultó tan convincente ya que, de acuerdo a lo que percibí, hacia el final de la relación ya no estaban tan vinculados; él mismo se estaba desentendiendo del asunto y además había acumulado cierto rencor debido al trato tan superficial recibido (ella le permitió involucrarse en su vida sólo en un grado mínimo). Además, desde su postura como adulto, menciona que "todas esas cosas no las pensaba claramente por entonces, pero las sentía con toda certeza". Me parece que la actividad interpretativa del protagonista en cuanto a su adolescencia se excede un poco, aunque cierto es que a esa edad las emociones se viven con mucha intensidad, y son determinantes en el desarrollo futuro.

Como estudiante de Derecho, Michael tiene la oportunidad de asistir a un juicio en contra de cinco mujeres –entre ellas Hanna- que habían sido guardianas en un campo de concentración nazi, el cual sigue atentamente hasta el final. Declara no haber "sentido nada" al haberla visto, pero después dice que tenía los "sentimientos embotados". En esta parte se maneja cierta complejidad psicológica, ya que en un primer momento la intención –inexplicable- del protagonista, se reduce a querer ver a Hanna en prisión, no por sus delitos, sino para librarse de ella, cuando todo apunta a que debió haberse desvinculado de ella tiempo atrás (así lo sugiere el texto).
A las guardianas se les acusa, principalmente, de haber dejado morir incendiadas dentro de una iglesia a varias mujeres judías que encerraron para refugiarlas de un bombardeo mientras las trasladaban hacia el oeste.
Hanna se conduce con torpeza en su proceso, y Michael pronto deduce su analfabetismo, remitiéndose a la lectura en voz alta que ella siempre propiciaba cuando estaban juntos.
Ella se cuestiona hasta ese momento su trabajo en el campo de concentración, como si hasta entonces hubiese tomado plena conciencia de lo que hacía y de su participación en los terribles sucesos en la iglesia. Además responde con sencillez: las guardianas estaban ahí para vigilar a las prisioneras, e incluso la audiencia percibe el "desconcierto y la impotencia" que debieron haber sufrido en esas circunstancias.

Veo aquí un punto de vista que no he leído con frecuencia: el de quienes tuvieron que hacer ciertas cosas porque así se las habían ordenado y nada más, cuya culpabilidad es probablemente difícil de establecer pero que, en este caso, el autor hace tambalear hasta sus cimientos.

Michael realiza sus propias indagaciones para poder comprender todo esto, y su charla con uno de los conductores que lo llevan hacia uno de los campos de concentración, refuerza la idea de que el ser humano puede alcanzar una indiferencia extrema: este hombre era uno de los oficiales que presenciaban la ejecución masiva de judíos, y llegó a hacerlo con aburrimiento, asumiéndolo como un trabajo más.

En algún momento todos empiezan a ver el tema del juicio con "aturdimiento": juez, fiscal, abogados; los presuntos criminales, el propio Michael... Y esta intensa confusión se funde con la difícil interpretación de un pasado que horroriza las mentes, dejándolas incapacitadas para penetrar del todo en los sucesos, situación que se sustenta con testimonios reales:
"Todos los supervivientes que han narrado por escrito sus experiencias hablan de ese embrutecimiento, en el que las funciones de la vida quedan reducidas a su mínima expresión, el comportamiento se vuelve indiferente y desaparecen los escrúpulos, y el gaseo y la cremación se convierten en hechos cotidianos."

En su intento por entender a Hanna, Michael no logra visualizar el pasado en el campo de concentración que visita y, sin embargo, quienes estuvieron ahí llegaron a adoptar una insensibilidad que de hecho no era nueva -como bien apunta el libro-, porque se ha plasmado durante siglos a través de la imagen del verdugo.
El autor conduce al lector hábilmente por dos líneas: la posible asimilación/comprensión de ciertos crímenes de guerra de un pasado inmediato y la historia en particular de Hanna, para establecer un pavoroso vínculo entre la idea de la culpabilidad palpable y la incierta. Esta mujer transmite una imagen de inocencia tal, que al ingresar a la cárcel es cuando se interesa por la realidad del Holocausto, comprendiéndolo en un nivel que el autor no necesita precisar. La "anestesia" de los sentidos a la que se alude en repetidas ocasiones tal vez no es una idea tan descabellada y, en todo caso, en este libro se manifiesta con tanta claridad que lleva a la reflexión.

Entre tantos aspectos relevantes, destaca el hecho de que el protagonista no se atreviese a hablar al juez de la incongruencia de una posible condena (avalada por la suposición de que Hanna pudiese leer y escribir), ya que ella miente al confesar haber escrito el informe de los hechos.
“Sí, luchaba por eso pero no estaba dispuesta a pagar el precio de ser desenmascarada como analfabeta. Y tampoco le parecería bien que yo traicionase, a cambio de unos cuantos años de cárcel, la imagen que había querido dar de sí misma. Ese trueque sólo podía hacerlo ella, pero no lo hacía, así que estaba claro que no quería hacerlo.”

A pesar de que Michael no "pensaba quedarse con los brazos cruzados", su pasado con Hanna, el juicio y su intención de entender las cosas, hicieron que muchas otras se quedaran como meros propósitos; las consideraciones sobre el analfabetismo y el hecho de que Hanna prefiriese cualquier cosa a quedar en evidencia son, desde mi punto de vista, motivos suficientes para que él no se hubiese decidido a hablar.

Una de las ideas más complejas que lo torturan es la de amor hacia quienes vivieron en esa época y estuvieron de algún modo comprometidos con los crímenes, situación que implicaría "la complicidad con sus culpas". Sin duda, el choque generacional que conlleva el asombro de los más jóvenes ante las atrocidades realizadas, supera los linderos de lo comprensible.
“Me replicaba a mí mismo que en el momento de conocer a Hanna no sabía nada de su pasado. Y así intentaba refugiarme en esa inocencia con la que los hijos aman a los padres. Pero el amor a los padres es el único del que no somos responsables.”

Finalmente, Michael hace lo que puede dentro de los límites que decide establecer en la nueva situación que lo ha comprometido con Hanna (tal parece que quería evitar la responsabilidad de ocuparse a fondo del asunto, cuando él mismo trataba de establecer las implicaciones éticas de lo ocurrido) mientras que ella, padeciendo sus propios procesos interiores, se hace cargo de su destino asumiendo sus decisiones.
Esto último, aunque interesante, me parece menos relevante que la inmensa idea central sobre el "embrutecimiento" y la "anestesia" de los sentidos, a los que tal vez cualquiera podría verse enfrentado, así como al dilema moral que presupone.

Trópico de capricornio – Henry Miller  

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Editorial Plaza & Janés (col. Ave fénix), 1996.

Escritor norteamericano (1891-1980).

Tras la lectura de los Trópicos, Miller se ha convertido en todo un referente literario para mí. Sus fundamentos vanguardistas, combinados con un estilo tan peculiar, y aunados a la notable influencia que ejercería en escritores posteriores, hacen de él un autor imprescindible.

A diferencia de Trópico de Cáncer, novela en que relata sus vivencias en el París de los años 30, en ésta se remonta a la época de su infancia y juventud en Nueva York.
El autor nos introduce al texto a traves de una Historia Calamitatum (curiosamente, me parece que esta nota vendría mejor al otro libro, ya que en el que nos ocupa se muestra mucho más crítico que desventurado):
“Muchas veces el ejemplo es más eficaz que las palabras para conmover los corazones de hombres y mujeres, como también para mitigar sus penas. Por eso, como yo también he conocido el consuelo proporcionado por la conversación con alguien que fue testigo de ellas, me propongo ahora escribir sobre los sufrimientos provocados por mis desventuras para quien, aun estando ausente, siempre sabe dar consuelo. Lo hago para que, al comparar tus penas con las mías, descubras que las tuyas no son nada verdaderamente, o a lo sumo poca monta, y así podrás soportarlas más fácilmente.”

Todo inicia a partir de la idea del caos que define al autor/protagonista; habla de un ser cuya vida carece de significado, de impulsos o motivaciones reales, que posee una mirada incisiva cuando se trata de observar al mundo y a sí mismo, y que además refleja lo que no es: se declara amable, atento, incluso señala su falta de envidia, pero de inmediato aclara que "nació con una vena de maldad". Miller exprime su interior, declarando que lo más importante para él es poder expresarse, y lo hace de manera convulsa, demostrando con crudeza su visión del entorno.

En una obra que avanza, se detiene, gira y superpone planos temporales además de situaciones diversas que dificultan un seguimiento secuencial preciso, el autor nos cuenta sus experiencias como trabajador en una compañía de telégrafos, retratando la pobreza y las dificultades de la mayoría de los empleados, todos dibujados como seres inadaptados, desequilibrados y absorbidos por el pernicioso ambiente circundante:
«Desde mi perchita en “Sunset Place”, podía observar a vista de pájaro toda la sociedad americana. […] Pero, cuando la mirabas de cerca, cuando examinabas las páginas por separado, o las partes por separado, cuando examinabas a un solo individuo y lo que lo constituía, el aire que respiraba, la vida que llevaba, los riesgos que corría, veías algo tan inmundo y degradante, tan bajo, tan miserable, tan absolutamente desesperante y sin sentido, que era peor que mirar dentro de un volcán.»

Como parte de la contradicción que lo caracteriza, Miller pasa con facilidad de la indiferencia a cierto interés por los demás; la miseria de otros llega a impregnarse en sí mismo (quizá como consecuencia de su potencial analítico). Afirma que la sociedad está podrida en forma global e individual, pero en algún momento opta, cual Robin Hood, por ayudar a los demás:
"Pedía a los que tenían y daba a los que lo necesitaban, y era lo mejor que podía hacer, y lo volvería a hacer, si estuviera en la misma posición." Esta paradoja se encuentra más que justificada por el propio autor, quien se define a sí mismo con la complejidad suficiente como para sustentarla. Más adelante demuestra otra faceta a través de cierto delirio de grandeza que queda un tanto disminuido ante el fracaso de su primer escrito.

América es comparada con una "letrina del espíritu en que todo se ve aspirado hacia abajo, drenado y convertido en mierda eterna”. Miller no descuida esta continua censura, mientras va presentando algunos otros personajes con quienes se relaciona de distintas maneras, además de su mujer e hija, seres con quienes no parece tener alguna conexión afectiva evidente, y que arrastra a través del texto como si de un mal necesario se tratase.
En alternancia con lo puramente anecdótico, vuelca un cúmulo de sensaciones, opiniones y apreciaciones de sí mismo y de los demás, que literalmente inundan la obra, mientras el fluir de la conciencia se apodera de algunas páginas:
"La danza del sábado por la noche, la danza de los melones que se pudren en el cubo para la basura, de moco verde fresco y ungüentos viscosos para las partes internas. La danza de las máquinas tragaperras y de los monstruos que las inventan. La danza de los revólveres y de los cabrones que los usan."

La desesperación, la desilusión y el hastío se presentan una y otra vez; el desamparo del ser humano es innegable. No hay más opción que tratar de recorrer el camino en soledad:
"No puedo pensar en calle alguna de América, ni en persona que viva en ella capaces de enseñarle a uno el camino que conduce al descubrimiento de sí mismo".
El autoanálisis constante arroja resultados un tanto oscuros en varias ocasiones, aunque supongo que esto es normal en un ser que no encaja en la sociedad en que vive.

Es importante destacar las relaciones que establece con varias mujeres, en forma de acercamientos sexuales mecánicos, que serían parte integral de ese mundo desgastado y sin sentido; de un entorno que se desmorona y en el que nada es realmente trascendente. La irreverente actitud ante América y sus preceptos habla por sí misma, y su "misión" como observador se manifiesta de varias maneras:
"Sobre todo, yo era un ojo, un enorme reflector que exploraba el horizonte, que giraba sin cesar, sin piedad. Ese ojo tan abierto parecía haber dejado adormecidas todas mis demás facultades; todas mis fuerzas se consumían en el esfuerzo por ver, por captar el drama del mundo."
Para reafirmar su dura exposición, Miller elige un punto de vista despersonalizado en sus vínculos: desinterés por los bienes materiales, por los suyos... Es un mero espectador, además de un crítico lacerante que no se perdona ni a sí mismo.

En esta obra polifacética y descarnada, también caben innumerables recuerdos de su niñez; reminiscencias de épocas más felices, menos sujetas a la censura y mucho más humanas. En cierta parte habla del pan de centeno, cuyo recuerdo está íntimamente relacionado con estos momentos agradables, cuando todavía no se presentaba la peor parte de la vida ante sus ojos. Por otro lado, la forma en que refleja a su familia en diversas partes del libro, deja mucho que desear.

A través de una de sus múltiples experiencias con mujeres, el autor establece un curioso vínculo entre la música y el sexo, ya que su destreza musical siempre estuvo relacionada con ellas: “siempre que tocaba el piano parecía que soltaba un coño”.
Miller se sumerge en la confusión, y en este ambiente ruin, delirante y, sobre todo, analítico, manifiesta su deseo de escribir. Afirma haber conocido los postulados vanguardistas en forma tardía, aunque se identificó con ellos profundamente. La ruptura del periodo de entreguerras, promovida por los artistas, es vista por él con buenos ojos. Los poetas, "excavadores del futuro", intentan partir de cero a través de sus versos y manifiestos, mientras la gente común se ve tristemente obligada a trabajar en fábricas de armamento.
Autores como Dostoyevski -y su introspección psicológica-, y libros como La Evolución Creadora, de Henri Bergson, son influencias determinantes en su vida.

Más tarde abandona la conexión establecida con la música para concentrarse completamente en la construcción de estas páginas, cuya veracidad se convierte en motivo de reflexión: la expresión de la verdad será parte fundamental de su proceso vital:
“…de repente tuve la sensación de que, para seguir viviendo, había que incorporar aquella verdad intolerable a algo mejor que el marco de la desgracia personal.”
El autor continúa con las incesantes consideraciones que aborda de mil maneras, aceptando que en varias ocasiones se le presentó la oportunidad de empezar de nuevo, “pero carecía de fuerza y de fe”.

En cuanto a sus escritos, afirma: "Aun cuando pudiera escribir el libro que quiero escribir, nadie lo aceptaría: conozco demasiado bien a mis compatriotas."
Se trata de un reproche muy significativo, dirigido hacia una sociedad que ha rechazado su obra y que él mismo se encarga de condenar.

Finalmente una noche, en una sala de baile, conoce a Mara (June), la mujer "con quien soñaba", que en algún punto identifica con América, pero también con Venus y con Lilith, y habla de una "nueva vida" vinculada a ella. La intención catártica de la obra –entre tantas otras- ha surtido efecto: su verdad ha quedado plasmada, y el mañana se abre ante él: “Buscaré el fin en mí mismo.”

Henry Miller expone una vez más su grandeza como escritor a través de una novela en que la amalgama de tiempos, situaciones y largas meditaciones es tan intrincada como intensa. La idea del sexo instintivo -quizá como vía de escape y/o como símbolo de la podredumbre reinante en un mundo fundamentalmente hostil-, la afilada crítica y la reiterada búsqueda de expresión, son algunas de las constantes principales de la obra.

Libro y tecnología  

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Imagen extraída de Sony


Escribí este texto hace unos meses y lo tenía archivado, pero la última entrada de R., me ha animado a publicarlo, ya que habla de cubiertas de libros, de estanterías, y además nos remite a una Alabanza de libro con la que coincido completamente.

Frente a un tema de gran actualidad y amplitud, destacan algunos aspectos en los que se reflexiona reiteradamente en el mundo editorial.
Los avances tecnológicos han facilitado al lector el acceso a obras literarias descatalogadas o difíciles de ubicar; las bibliotecas virtuales han dado un giro a la idea del libro tradicional, para situar al lector frente a un nuevo concepto sobre el cual se debate intensamente, suponiendo y confirmando, de acuerdo a los avances, sus nuevos derroteros.
Además de contribuir con una mayor difusión de las obras literarias, las nuevas tecnologías extienden las posibilidades de implicarse en ellas, al hacer factible situaciones como compartir impresiones con otros lectores, contactar con el autor, etc., y así acceder a datos que pueden enriquecer la lectura.

Ante estas circunstancias, surge el cuestionamiento sobre el futuro del libro como tal (como objeto). Los libros electrónicos constituyen una realidad, aunque todavía no han llegado al punto máximo de difusión. Al menos hasta el día de hoy, el papel sigue teniendo un papel preponderante, aunque se teme una crisis ante las nuevas opciones (hay una gran cantidad de bibliotecas virtuales, donde se puede acceder -hasta el momento- a libros gratuitos de todo tipo).

Es un hecho que periódicos y revistas, cuyas publicaciones se pueden encontrar en la red, continúan vendiendo sus productos originales. En el caso de los libros, el precio -supuestamente más bajo- , el tamaño y la posibilidad del libre acceso a miles de títulos, otorgan un atractivo innegable a los soportes electrónicos, que además se perfeccionan constantemente. Tal vez no está muy lejos un soporte ideal que satisfaga las necesidades del consumidor más exigente.

El libro no desaparecerá en un futuro cercano; sin embargo, es prácticamente impredecible lo que sucederá a largo plazo. La digitalización a gran escala ya es un hecho, lo cual supone una solución al problema de libros descatalogados o difíciles de conseguir, entre otros. Los editores tendrán que adaptarse a estos cambios si quieren sobrevivir. Incluso algunas editoriales ya están ofreciendo nuevos servicios de acuerdo con las necesidades que genera la tecnología actual, como la posibilidad de empezar a leer el libro antes de comprarlo.

Por otra parte, el negocio del libro se enfrenta a los miles de e-books gratis que se pueden conseguir a través de internet; las bibliotecas personales se pueden guardar en pequeños dispositivos que facilitan su almacenamiento y transportación. En cualquier caso, el costo del e-book debería ser mucho menor al de la obra impresa, facilitando su acceso a un mayor número de lectores (y digo debería, porque algunas librerías de mi país comienzan a venderlos a precios muy elevados).

Uno de los pronósticos más generalizados afirma que, con el tiempo, el formato digital superará al papel, aunque se cree que el libro tradicional jamás desaparecerá del todo.
El proceso evolutivo de los libros electrónicos hará que más lectores se sumen a sus ventajas, pese a la reticencia de sus más convencidos detractores, quienes defienden al libro con argumentos muy válidos, como el insustituible placer de tocar un libro, de apreciar el tipo de papel, el aroma, el paso del tiempo, el impacto visual de todos sus detalles, el admirar las estanterías… Me parece que estos aspectos nunca dejarán de ser atractivos.

Es probable que los más jóvenes contribuyan de manera decisiva a marcar el nuevo rumbo de la industria editorial, de acuerdo a sus preferencias, ya que los que han nacido con la tecnología al alcance de la mano tienden a asumirla como parte integral de sus vidas.
Las distintas perspectivas quizá promuevan la permanencia del libro tradicional, aunque probablemente será bajo otras circunstancias, ya que los libreros se verán obligados a ofrecer una amplia variedad de productos para poder satisfacer las distintas demandas de los usuarios.

La tecnología e-book ya se está enfrentando a la piratería (como ha ocurrido con el cine y la música), y el tema de los derechos de autor tendrá que replantearse y reestructurarse para unificar criterios. Los ingresos del escritor y el editor dependerán, en gran medida, del buen manejo de la difusión de las obras.

En el mundo contemporáneo continuará la convivencia entre la manera clásica y novedosa de leer un libro; los interrogantes sobre el futuro se abren a diversas posibilidades, pero sólo el tiempo podrá proporcionar respuestas precisas.

Yo leo en ambos formatos (el e-book me ha permitido acceder a obras difíciles de conseguir), pero el papel todavía es insustituible para mí.

Les dejo este enlace a un video sobre "El nuevo sistema " (se van a reír).

El edificio Yacobián – Alaa Al Aswany  

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Maeva, 2007.
Escritor egipcio (1957).

Llegué a esta novela a través de una oportuna recomendación que recibí mientras leía El Callejón de los Milagros.
El Edificio Yacobián presenta un espacio similar, aunque menos cerrado que el microcosmos de la novela de Mahfuz, ya que en este libro hay más apertura para narrar situaciones que no dependen precisamente -o con tanta certeza- del inmueble, mientras que el callejón impregna a sus moradores con su esencia, convirtiéndolos en seres que incluso desarrollan un vínculo emocional con él, para bien o para mal.

Construido sobre la calle Suleimán Pacha, en 1934, por el millonario Hagop Yacobián, en sus inicios fue una expresión de suntuosidad, en la que vivió “la flor y nata de la sociedad de aquellos días”.
La azotea del edificio estaba conformada por dos habitaciones para los porteros y cincuenta “pequeños trasteros” de metal, de dos metros cuadrados cada uno, correspondientes a otros tantos apartamentos de la construcción. En los primeros tiempos servían para los más variados usos hasta que, en 1952, la Revolución cambió su situación porque muchos de los habitantes del edificio emigraron, y el cariz de la gente que comenzó a ocuparlo nuevamente se transformó por completo, albergando incluso a militares, cuyos sirvientes convirtieron los trasteros en dormitorios hasta que, continuando en esta línea, llegó un momento en que los pisos y sus respectivos cubículos quedaron completamente desvinculados:
“Los antiguos mayordomos y los criados vendieron sus cuartuchos a emigrantes pobres venidos del campo…”
“La azotea no tardó en parecerse a cualquier otra comunidad popular egipcia. Los niños correteaban descalzos y semidesnudos por los rincones de la terraza. Las mujeres pasaban el día calentándose y contándose cotilleos al sol.”


Por tanto, la azotea se constituyó como un mundo aparte. En sus habitantes se centra esta obra, aunque también destaquen algunos inquilinos –relacionados con ellos- de los cómodos y amplios apartamentos, que el autor utiliza, entre otras cosas, para contrastar las profundas diferencias entre unos y otros.

No se puede decir que todas las historias planteadas se entrelazan en algún punto; el relato nos ofrece una amplia variedad de estratos y situaciones sociales, en un abanico que muestra buena parte de la sociedad egipcia de la segunda mitad del siglo XX.
Temas como la pobreza, la homosexualidad y la corrupción política se combinan con otros más íntimos y cotidianos, con un resultado excelente.

Los personajes son muy redondos, sólo voy a mencionar a los más relevantes, aunque muchos otros contribuyen a conformar la visión polifacética de la novela, que arranca describiendo la vida de Zaki Bey el Desouki -hombre mayor de buena posición-, y su apasionada admiración por el sexo femenino.
Taha, el inteligente hijo del portero, se perfila como una de las figuras más significativas: con él se muestra el elitismo reinante en ese lugar, ya que destaca en los estudios por encima de los hijos de sus acomodados vecinos, a quienes resulta intolerante que alguien, considerado como "inferior", sobresalga por encima de los de su clase. No conformándose con los desprecios que le demuestran, hacen todo lo posible por obstaculizar sus progresos. El joven, que anhela convertirse en policía, se topa contra la pared en su intento, y se ve irremediablemente conducido hacia uno de los grupos islámicos más radicales de los años ochenta y noventa (Gamaa Islamiya).
Busanya, novia de Taha, se ve obligada a trabajar tras la muerte de su padre, y de sufrir los abusos de los patrones, cosa que trasforma por completo su carácter y su forma de ver la vida.
"Muchas veces pensaba aunque después se arrepentía, que Alá quería hundirla, ya que si hubiese querido otra cosa para ella podría haberla hecho rica o haber retrasado la muerte de su padre unos pocos años, pues para Él esto era fácil."

El tema homosexual, tan mal visto (debe ser tratado con gran disimulo), se manifiesta a través del establecimiento que se encuentra bajo el edificio, el Chez nous, y de la vida de Hatem Rachid, hombre de costumbres occidentales que de pequeño fue seducido por su criado. Los sucesos que se desprenden de su convivencia con Abduh, su amante, representan en cierta forma la eterna pugna oriente-occidente, en lo que a puntos de vista se refiere. La sensación de culpa del Abduh, ante su profunda religiosidad, llega a ser infranqueable.

Más adelante se aborda el asunto relacionado con la corrupción política, la compraventa de cargos importantes, la manera en que unos pocos se enriquecen a través de esto y el narcotráfico, reflejando cada una de las trabas que una sociedad -dirigida por unos cuantos individuos con intereses preestablecidos- impone a gente que podría haber tenido una vida completamente distinta. La podredumbre que afecta a todo el sistema es tan compacta, que nadie que se precie de hacer negocios limpios y fructíferos en ciertos niveles, logra demostrarlo.
La democracia es prácticamente inexistente, el libro me dejó la impresión de que quizá esta es una de las razones por las que tantos hombres se dejan seducir por la ley islámica en el sentido fundamentalista, ya que al menos les infunde una sensación de franqueza y de justicia.

Además de la observación detenida y puntillosa que hace el autor de todos estos aspectos, destaca la parte erótica, manejada con cierta profundidad en las vertientes heterosexual y homosexual (de manera impecable).
Quedé encantada con esta lectura.

Los Buddenbrook - Thomas Mann  

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Edhasa, 2008.
Escritor alemán (1875-1955).

Thomas Mann publicó esta obra (su primera novela), inspirada en su propia familia, en 1901, cuando sólo tenía veinticinco años, alcanzando desde ese entonces un gran reconocimiento literario.
En su pequeño libro autobiográfico, Relato de mi vida, afirma:
“En casa de mi madre, en presencia de mis hermanos y amigos de la familia, leía a veces fragmentos del manuscrito. Era éste un entretenimiento familiar como otro cualquiera; nos reíamos y, si no recuerdo mal, la opinión general era que mi extensa y obstinada empresa constituía un esparcimiento privado, con pocas posibilidades de éxito en el mundo, y, en el mejor de los casos, un prolongado ejercicio de virtuosismo artístico. No sabría yo decir muy bien si mi opinión era distinta.”

Sin embargo, aunque sostiene que Los Buddenbrook no tuvo una buena acogida inmediata, pronto algunas voces de la crítica comenzaron a elogiarlo, y en breve el libro inició una vertiginosa carrera ascendente, ante los ojos incrédulos de su autor.
“Fui arrastrado por un remolino de éxito, como he vuelto a vivirlo luego en otras dos ocasiones hace poco tiempo, a saber: cuando cumplí los cincuenta años y ahora, al serme concedido el Premio Nobel.”

La novela se ambienta al norte de Alemania y narra la historia de tres generaciones de los Buddenbrook, entre 1835 y 1877 (al fundador de la Casa, Johan, sólo se le menciona en alguna ocasión), una familia de comerciantes representativa del espíritu burgués de la época. El libro publicado por Edhasa contiene un útil árbol genealógico que ayuda a ubicar con facilidad a los personajes desde un principio, aunque al finalizar la novela el lector reconocerá con precisión a los más relevantes.

El autor va recreando toda una época, contextualizándola en una clase social en particular, además de ir perfilando caracteres de tal modo que profundiza en sus más íntimos recovecos y sinuosidades. La familia es llevada al esplendor por el cónsul Johann Buddenbrook, y muy pronto queda expuesto el carácter protocolario que la define, empezando por los convenientes enlaces matrimoniales que todos tienen el deber de realizar, independientemente de los sentimientos que medien en ellos.

Johann y su segunda esposa, Antoinette, representan la base sobre la cual se construye esta obra. Sus hijos serán los encargados de dar continuidad al engrandecimiento del apellido, mediante un cuidadoso seguimiento de las fórmulas de cortesía y artificios que les otorgarán una gran dignidad y una profunda admiración por parte de los de su misma clase y, por ende, de quienes pertenecen a estratos inferiores.

Los tres primeros hijos de la pareja, Thomas, Antoine (Tony) y Christian, están magníficamente recreados, mientras Clara, la más pequeña, queda menos dibujada y pronto sale de escena al contraer matrimonio con un pastor. Los dos primeros se dedicarán a lo que el legado les impone, mientras que el tercero saldrá del redil, aunque las necesidades económicas lo mantengan siempre cerca del hogar paterno.

Es de admirar la manera en que los personajes responden a una sociedad que ha predeterminado el perfil que deben tener. Tony, por ejemplo, se siente absolutamente responsable de casarse de acuerdo al "bien de la familia y de la empresa". Sólo una vez tiene ocasión de acercarse al amor, cuando sus padres la envían a vivir una temporada cerca del mar. Ahí conoce a un joven de ideas revolucionarias, con quien se presenta la única oportunidad de probar levemente las mieles de un cariño sincero. Más tarde, al volver a casa, piensa que debe corresponder a lo que se espera de ella a toda costa, y decide aceptar al marido que su padre le propone, por más que lo aborrezca. En cierto punto, este enlace mostrará al lector, con cierta crudeza, la realidad del convenio matrimonial. Se trata de un personaje completamente subordinado a las convenciones sociales marcadas por su familia y por la esfera social en que se desenvuelve, asimiladas desde siempre. Jamás alcanza una individualidad convincente y vive sólo para hacer la famosa "contribución" a la Casa Buddenbrook, y para estar pendiente de las opiniones de los demás en la medida en que puedan o no enaltecerla. No es la única que lo hace, pero en ella existe la inmadurez de quien no logra tomar distancia para darle la dimensión adecuada u objetiva a la realidad.

Thomas abandona a una guapa y joven florista, aclarándole con sinceridad que le sería imposible casarse con ella. Después encontrará lo que busca en Gerda, una mujer de buena familia con una sustanciosa dote para aportar a la Casa, aunque de carácter frío y distante.

Christian, enamorado del teatro y de placeres más mundanos, se topará de lleno una y otra vez con la recalcitrante ideología de los suyos. A lo largo de la obra se dedica a desprestigiar a la familia con sus actitudes, logrando que nadie lo tome en serio.

La lectura es muy amena a pesar de la gran extensión de la novela; los personajes se van construyendo entre las excelentes y refinadas descripciones del entorno, los vestuarios, las reuniones y la gastronomía, entre otras, sin que falte esa mezcla de religiosidad y convencionalismos que siempre resulta bastante contradictoria, pero que en ciertos sectores continúa tan vigente como en ese momento.

En las últimas páginas, la historia se centra en Hanno, hijo de Thomas y Gerda, último representante de la estirpe. Se trata de un chico que ha heredado la vena sensible y artística de su madre, cosa que viene muy mal a la actividad comercial de la familia Buddenbrook. El lector llega a involucrarse con sus miedos y alegrías, con su intensa fragilidad, tan contrapuesta a lo que se espera de él.

La obra continúa con un ritmo muy constante y homogéneo, deteniéndose a afinar detalles aquí y allá, pero definiendo un camino decadente muy preciso. Thomas, quien se encarga del negocio familiar tras la muerte del padre, protagoniza un periodo de grandeza, pero no logra adaptarse al avance en la sociedad de su tiempo; el negocio se estanca irremediablemente como resultado del gran vacío interior que comienza a manifestarse en él. Su existencia, colmada de artificios, se inclina a enmascarar la vacuidad que lo invade a través de actitudes excesivas y obsesivas, como la que concierne a su cuidado personal. La renuncia a un desarrollo individual en aras de un bien más generalizado y superficial, cobra una cuota muy elevada en su persona.

Por tanto, poco a poco empieza a darse un esbozo de separación entre el mundo habitual de los Buddenbrook -por y para el cual han vivido tanto tiempo, preocupándose por las apariencias y por dar un ejemplo prototípico de la clase a la que pertenecen-, y la realidad que comienza a trascenderlos. El declive del linaje resulta aplastante y demoledor.

El joven Thomas Mann hace una admirable descripción física y psicológica de los personajes, así como del entorno, forjando un maravilloso cuadro de la sociedad de su tiempo. Se nota la semilla de un gran escritor que después germinará en obras más profundas y definitivamente complejas.


Portada por S. Fischer, Berlín, 1917

Tifón – Joseph Conrad  

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Alianza editorial, 2008.
Novelista polaco nacionalizado inglés (1857-1924).

Con este relato me vi nuevamente inmersa en el tema de las tormentosas rutas marítimas, tan bellamente descritas, que Conrad aprovecha para dedicarse a la observación de conductas humanas. Quizá otros libros suyos resultan más introspectivos, al profundizar intensamente en ciertas individualidades, pero en esta pequeña obra también se analizan algunas características específicas, además de que la observación de conjunto valida por completo la apreciación de aspectos más generales.

El Nan-Shan es un vapor que se dispone a transportar a doscientos culíes (trabajadores chinos), que vuelven a su patria, después de siete años de trabajo, con el fruto de sus esfuerzos bien resguardado en un arcón personal.
Desde las primeras páginas el barómetro registra una baja inusual, lo cual coloca al lector en la expectativa correcta, mientras se traza el perfil de ciertos personajes, entre los cuales destaca, en primer lugar, el capitán McWhirr, un hombre de pocas palabras, reservado, metódico y cerrado a las opiniones de los demás, que tiene mujer e hijos en tierra, con los cuales se comunica por carta doce veces al año. Sus misivas son leídas con el aburrimiento y la indiferencia que otorga la lejanía, e incluso con el temor de que se aproxime el día en que el hombre de mar vuelva para siempre a casa.
“Con un temperamento ni locuaz ni taciturno, encontraba muy pocos motivos para hablar. Había cuestiones de deber, naturalmente: disposiciones, órdenes y demás; pero como para él el pasado ya no existía y el futuro estaba aún por llegar, las realidades más generales del día no exigían comentarios, porque los hechos pueden hablar por sí mismos con abrumadora precisión.”

El joven Jukes, primer oficial, muestra en cierta forma la contraparte del capitán, a quien por cierto juzga en distintas ocasiones: para él su figura representa una ambigüedad excesiva. En algunas ocasiones su valoración lo favorece un poco, aunque llega a decir que hablar con él es como hacerlo con un poste, y a tacharlo de estúpido. Lo cierto es que el capitán irradia una imagen de cerrazón y una inteligencia muy particular; sólo en raras ocasiones es capaz de ver más allá, su sobriedad lo domina irremediablemente, y el trato con todos se ve disminuido por su singular manera de ser. En un empleo de este tipo es apreciado porque sigue órdenes sin cuestionarlas, ajustándose siempre a las decisiones tomadas por sus superiores; la creatividad no tiene cabida en él y su manera de reaccionar obedecerá siempre a cuestiones delimitadas por el camino previamente trazado.
Jukes tiene una personalidad mucho más abierta, y las cartas que dirige a un amigo, describiendo sucesos y centrando sus descripciones en McWhirr, representan su visión del entorno.
El señor Rout, jefe de máquinas, también expresa su parecer en forma epistolar, dirigiendo a su expectante esposa una correspondencia muy divertida que, a juicio de ésta, incluye rotundas verdades.
Ambos personajes son presentados en forma un tanto superficial, y tal parece que más bien contribuyen a contrastar y redondear la figura del capitán.

El tifón se acerca peligrosamente y McWhirr ignora las sugerencias para tratar de evadirlo. La situación que comienza a extenderse sobre el Nan-Shan deja entrever diversas reacciones en una forma peculiar, ya que se ve a los culíes como una simple masa de gente, como un personaje colectivo que sólo merece un trato racista y, por tanto, desconsiderado. Al referirse Jukes a ellos como pasajeros que requieren de cierta comodidad ante la inminente tempestad, el capitán responde, perplejo:
“¡Los chinos! ¿Por qué no dice usted las cosas claramente? No comprendí lo que quería decir. Jamás he oído hablar de un montón de culíes como si fuesen pasajeros. ¡Vaya pasajeros! ¿Qué mosca le ha picado?”

El ambiente se va tensando ante el silencio circundante y las señales del barómetro. El poderoso y bien construido vapor pronto comienza a enfrentarse al fenómeno, entre balanceos, sacudidas y un oleaje de dimensiones sobrecogedoras. La oscuridad desconcierta aún más a los tripulantes, la lluvia y el agua de mar aleja a unos de otros, y los intentos por sobrevivir empiezan a dominar el terrible panorama.
“Fue algo formidable y veloz, como si un frasco lleno de lluvia se hubiese hecho añicos repentinamente. Como si hubiese estallado alrededor del buque con una conmoción abrumadora y un torrente de grandes olas, como si una enorme represa hubiese explotado a barlovento. […] Un terremoto, un deslizamiento de tierra o un alud se apoderan del hombre fortuitamente, por así decirlo, sin pasión. Un temporal furioso lo ataca como un enemigo personal, trata de aferrarle los miembros, se adhiere a sus pensamientos, trata de arrancar el espíritu mismo del hombre.”

De acuerdo con esta cita, es indudable que para Conrad los avatares del mar resultaban mucho más poderosos y significativos que cualquier otro tipo de desastre natural; lo que plantea con una tormenta como telón de fondo es tan particular, que difícilmente podría insertarse en otro contexto.

Los culíes, confinados al entrepuente de proa, literalmente enloquecen mientras la máxima fuerza del huracán golpea a la embarcación. Aterrados en la oscuridad y bañados continuamente por inmensas cantidades de agua, inician un feroz enfrentamiento entre ellos mismos, ya que los preciados cofres han comenzado a romperse y el dinero deambula bajo la encarnizada lucha por atraparlo. El capitán, tan mesurado hasta en el peor de los momentos, ordena al primer oficial corroborar lo que ocurre con los chinos, ya que no puede permitir peleas a bordo. Jukes los observa completamente desquiciados, en una lucha tan atroz e informe que solo sugiere deshumanización, mientras intenta, al lado de los marineros, desembrollar el complejo nudo que han formado. Los culíes, muy golpeados y sangrantes, son alineados y atados forzosamente; en cierto punto el asunto evoluciona gracias al instinto de supervivencia.
El ojo del huracán otorga una breve y angustiante tregua, ante la expectativa del nuevo esfuerzo que tiene que realizarse para tratar de llegar con bien al destino previsto. . .

Tal vez Conrad no desarrolla un análisis tan agudo como en otras obras, pero me parece que los matices de este relato son acertados. La descripción de la tormenta es fascinante, el capitán del Nan-Shan queda completamente expuesto mediante sus actitudes, silencios y decisiones, así como a través de la impresión que de él se forman sus subalternos. La situación enfrentada por los culíes demuestra que el ser humano en circunstancias extremas puede descender a grados insospechados, y convertirse sin más en parte de una turba confusa y bestial.

Como ya he mencionado en otras ocasiones, seguiré leyendo a Conrad. :)

La muerta enamorada (Clarimonda) - Théophile Gautier  

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Escritor francés (1811-1872).

En esta original historia, el narrador nos conduce a través de un cúmulo de situaciones y sensaciones a partir de un suceso ocurrido años atrás: Romualdo, un joven inocente y muy religioso, se encuentra en la ceremonia que lo llevará a la ordenación sacerdotal que espera con emoción. Sin embargo, es precisamente en esos momentos cuando conoce a una bella mujer, envuelta en un halo divino, que lo fascina de tal modo que se ve arrastrado en un torbellino de pensamientos a través de los cuales comienza a cuestionarse la veracidad de su vocación, por lo que la convicción anterior se encuentra de pronto tan vacilante como incierta: “Mientras la miraba sentía abrirse en mí puertas hasta ahora cerradas; tragaluces antes obstruidos dejaban entrever perspectivas desconocidas; la vida me parecía diferente, acababa de nacer a un nuevo orden de ideas.”

“¡Ah, qué hermosa era! [...] ¡Qué ojos! Con un destello decidían el destino de un hombre; tenían una vida, una transparencia, un ardor, una humedad brillante que jamás había visto en ojos humanos; lanzaban rayos como flechas dirigidas a mi corazón. No sé si la llama que los iluminaba venía del cielo o del infierno, pero ciertamente venía de uno o de otro. Esta mujer era un ángel o un demonio, quizá las dos cosas, no había nacido del costado de Eva, la madre común.”

A pesar de la tenaz presión de la hermosa, llamada Clarimonda, cuya mirada se traduce en palabras que él asimila claramente, se encuentra incapacitado para detener el ritual, que sigue su curso sin más dificultades que las internas -desesperadas pero invisibles a la mayoría- que lo torturan sin piedad.
Clarimonda no escatima esfuerzos para atraerlo hacia ella, y poco después, estando el joven al frente de una parroquia, encuentra la oportunidad de lograrlo: creyendo que va a llevar la extremaunción a una gran dama, Romualdo acude a su castillo, donde la descubre muerta pero en todo el esplendor de su belleza. Al acercarse en un impulso por besarla, ella despierta anunciándole su unión mediante una promesa de amor.
El carácter ilusorio del encuentro queda anulado en las propias palabras del joven, quien afirma: “Pensé que había sido el juego de una mágica ilusión; pero hechos reales y palpables tiraban por tierra esta suposición.”

En breve inician los sueños que trastocan por completo su existencia. En el primero de ellos, Clarimonda le anuncia que vivirá para él, y a partir de esta ocasión los periodos de vigilia y de sueño se alteran por completo para acceder a dos mundos, a dos vidas distintas en las que Romualdo es totalmente consciente de su doble papel como sacerdote y amante de “la más bella de las mujeres”.
“Me he hecho esperar, querido Romualdo, y sin duda habrás pensado que te había olvidado. Pero vengo de muy lejos, de un lugar del que nadie ha vuelto aún; no hay ni luna ni sol en el país de donde procedo; sólo hay espacio y sombra, no hay camino, ni senderos; no hay tierra para caminar, ni aire para volar y, sin embargo, heme aquí, pues el amor es más fuerte que la muerte y acabará por vencerla.”

Dentro de la vida religiosa, Romualdo se encuentra continuamente cuestionado por su compañero y amigo, el padre Serapión, quien hace el papel de la voz de la conciencia que el joven nunca llega a perder. Este personaje le advierte la naturaleza diabólica del ser a quien se encuentra tan unido, tratando de conducirlo nuevamente por el camino de la fe.


Por otra parte, Clarimonda cobra una dimensión distinta a la que podría esperarse dentro de la condición que la determina, ya que la fuerza de su amor se presenta de tal modo que diluye los obstáculos que pudieran surgir. Ella se alimenta de la sangre de Romualdo con tal cuidado y consideración, que sus sentimientos quedan expuestos de forma indeleble. La idea del vampiro se perfila de una manera peculiar en un ser que ama, que muere, que incluso desfallece por su decisión de no tocar la sangre “repugnante” de otro hombre, y que vive para volcarse en el preciado objetivo.
Romualdo se debate entre su doble vida sin poder precisar los linderos de la realidad y la ilusión, insistiendo en que la locura jamás se manifiesta en esta extraordinaria experiencia, por lo se entrega con toda la lucidez que la situación permite a sus plegarias y mortificaciones, a la vez que a la voluptuosidad de su convivencia con Clarimonda, entre los oscuros y prodigiosos velos de dos existencias bien delimitadas, cuya transmutación a cierta hora del día modifica por completo su espíritu.

El desenlace se precipita a instancias del abad Serapión y por la propia condición sacerdotal que atormenta a Romualdo. Sólo una de las dimensiones podrá prevalecer en este deslumbrante relato.


Se puede leer en Ciudad Seva.