31 julio, 2010

Shakespeare & Company – Sylvia Beach

Ariel, 2008.
Sylvia Beach (1887-1962).

En noviembre de 1919, la joven norteamericana Sylvia Beach inauguró en París la librería Shakespeare and Company, tras haber desistido de abrir una librería francesa en Nueva York debido a los altos costos económicos que suponía. Así pues, apoyada por su gran amiga y también librera, la francesa Adrienne Monnier, Sylvia inició el fascinante camino a través del cual conocería a grandes escritores y pasaría a formar parte del encanto y la élite intelectual de una época inigualable.

Comenzó el pequeño negocio en la rue Dupuytren, implementando también una sección de préstamo que funcionaba a la manera de biblioteca. La censura en su país no permitía la publicación de algunas obras y pretendía limitar las posibilidades expresivas de los fecundos escritores contemporáneos. Fueron muchos los norteamericanos que decidieron establecerse en París en aquellos años.

La librería pronto se convirtió en un importante punto de encuentro para diversos escritores miembros de la Generación Perdida (Gertrude Stein aportó este apelativo), como Ezra Pound, Ernest Hemingway, Francis Scott Fitzgerald, Djuna Barnes, Sherwood Anderson, etc., así como escritores franceses e ingleses: Paul Valéry, André Gide, Léon-Paul Fargue, Valéry Larbaud, Ford Madox Ford y James Joyce, entre otros (el ambiente del modernismo anglosajón en París queda plenamente descrito en estas páginas).

Sylvia conoció al carismático James Joyce, por el cual sentía una “gran adoración”, en 1920. Su figura ocupa la mayor parte de este libro, ya que las visitas del escritor irlandés a la librería comenzaron a ser muy frecuentes; los lazos de amistad se estrecharon y ella comenzó a involucrarse en todos los aspectos de la vida de Joyce (nos habla de su pasión por los idiomas, de sus problemas de la vista y de los interminables conflictos económicos por los que atravesó a lo largo de su vida), al grado de que cuando le fue difícil conseguir la publicación de Ulises en los países de habla inglesa debido a la fuerte censura, ella decidió aventurarse con la edición. En el libro que nos ocupa se narran, en forma muy amena, las vicisitudes por las que pasó esta obra, desde las infinitas correcciones y añadidos a la trama hechos por Joyce o el complicado color de las tapas requerido por él mismo, hasta la opinión de los lectores y la venta clandestina de algunos ejemplares en Estados Unidos.

Estando en este proceso, la librería se mudo a la 12 rue de l'Odeon, por lo que Shakespeare and Company se situó frente al establecimiento de Adrienne Monnier, con nuevas y más amplias instalaciones. 

Este testimonio se construye desde el punto de vista de lo cotidiano, de la camaradería y de las relaciones interpersonales de los autores. Así, Ezra Pound se perfila como un gran ser humano interesado siempre en ayudar a los escritores que iniciaban su carrera literaria con dificultad; Hemingway, como el novel escritor que intentaba abrirse camino a toda costa mediante el impresionante bagaje cultural que le habían dado sus viajes y su aprendizaje por vía libre y no académico, y el “encantador” Valéry Larbaud como el autor cuyas obras, de acuerdo a la librera, eran “difíciles de apreciar en una traducción”.

 


Joyce se muestra agradecido con su editora y corresponde a sus atenciones en la medida de sus posibilidades, regalándole, entre otras cosas, el borrador original de Retrato del artista adolescente (gracias a la publicación de Ulises, Joyce pudo contar con una renta segura durante un tiempo). Para Sylvia fue muy triste ver al Ulises catalogado entre novelas eróticas y cuenta que muchos escritores se acercaron a ella pensando en que accedería a publicar alguna de sus obras (como ocurrió con D. H. Lawrence y El amante de Lady Chatterley), pero ella tenía más que suficiente con publicarle a un único escritor, aclarando en todo momento que nunca recibió una compensación económica razonable y que todos sus esfuerzos se dirigieron a contribuir en lo posible al mejoramiento de la vida intelectual y privada de Joyce.

Sylvia resume su trabajo como editora en unas cuantas líneas, refiriéndose a la obra de Lawrence y dejando en claro su sentir hacia la de Joyce:

“Era difícil tener que decirle que yo no quería convertirme en una editora de libros eróticos, e imposible hacerle comprender que sólo había querido publicar un libro, porque ¿qué podían ofrecerme después de Ulises?

Más adelante nos deleita con toda una galería de personajes y con situaciones memorables; nos habla de la vida diaria en Shakespeare and Company, gran centro cultural del momento, así como de las lecturas públicas y otros eventos. Nos cautiva también con imágenes de alguna corrección de Ulises y con fotografías donde comparte con extraordinarios escritores en su librería.

Como parte de la época, la librera no se olvida de las importantes revistas literarias que, aunque de corta circulación, captaron la esencia de ese periodo. Entre ellas se encuentran Transition, de Eugene Jolas, o Commerce, publicada en francés.

Sylvia habla de otras obras de Joyce, como Exiliados -su única obra teatral- y las dificultades de su representación al ser una obra poco humorística y, por lo tanto, poco rentable (lamentablemente Joyce ya no pudo presenciar su escenificación). Asimismo, se refiere a la grabación de Ulises que ella misma propició: 

“Joyce había escogido el episodio del discurso de Aeolus, que, según decía, era el único que podía ser extraído del contexto de Ulises, además de que era ‘declamatorio’ y a la vez apto para ser recitado. Me dijo que había decidido que aquélla sería su única lectura de Ulises.”
[…]
“Ese disco de Ulises no se hizo como una aventura comercial. Le entregué a Joyce casi todas las copias para que las distribuyera entre su familia y amigos y nunca pensé en ponerlas a la venta hasta que, años más tarde, cuando atravesé dificultades económicas, tuve que desprenderme de uno o dos discos que me quedaban y obtuve por ellos un elevado precio.”

Otra grabación hecha por Joyce fue la de “Anna Livia Plurabelle” (Finnegans Wake), que puede escucharse aquí.

Sylvia público, en 1927, Poemes Penyeach, un minúsculo libro de poesía de Joyce y, en 1929, su “tercera y última publicación referente a Joyce”: una obra de ensayos sobre Work in progress (que posteriormente llevaría el título de Finnegans Wake). El escritor pidió a la librera ser también la editora de esta obra, pero ella ya no estaba muy dispuesta, por lo que la tarea pasó a otras manos: 
“Yo ya estaba empezando a sentirme bastante cansada de mi trabajo con Joyce y cada vez menos capaz de soportar sus requerimientos financieros.”
En las últimas páginas, Sylvia habla de una Generación perdida que había cobrado gran notoriedad, del intento de Henry Miller por que le publicase Trópico de Cáncer y, entre otras cosas, del impacto de la Gran Depresión en su propio negocio. Fue André Gide quien acudió a salvarla, consiguiéndolo gracias a peticiones de ayuda al gobierno francés, suscripciones a la librería y lecturas públicas que realizaron el propio Gide, André Maurois, Paul Válery, T.S. Eliot e incluso el renuente Hemingway.

En 1939, la guerra complicó las cosas y Sylvia presenta una breve e interesante descripción de los sucesos en París. Su librería permaneció abierta hasta que un oficial alemán decidió adquirir el ejemplar de Finnegans Wake que adornaba el escaparate. Ella le dijo que era su última copia y que no estaba a la venta, pero el hombre, enfurecido, amenazó con volver a confiscar toda la valiosa mercancía. La portera le facilitó a Sylvia el acceso a un apartamento en el mismo edificio, por lo que vaciaron la tienda enseguida cubriendo incluso el nombre de la librería, pero esto significó el cierre de Shakespeare and Company y la estancia de la librera por seis meses en un campo de concentración. Una vez fuera, decidió tomar precauciones y ocultarse en el Hogar de los Estudiantes, hasta la liberación de la rue de l’Odeon efectuada por Ernest Hemingway, quien “llevaba el uniforme de campaña sucio y ensangrentado”. 

Esta obra constituye un maravilloso reflejo de la cultura forjada en el París del periodo entreguerras, una gran referencia literaria y una gozada desde cualquier punto de vista. Ahora continuaré con la lectura de Ulises ya que, como dice un querido amigo, no puedo esperar para apropiármelo una vez que el veneno me ha sido inoculado en las venas. 

09 julio, 2010

Juegos de la edad tardía - Luis Landero

Tusquets, 2002.

 Esta es la primera novela del escritor español Luis Landero (1948), la cual obtuvo el Premio de la Crítica en 1989, así como el Premio Nacional de Literatura en 1990.

Juegos de la edad tardía parte de una idea central que se prolonga a través de matices infinitos: el protagonista evoluciona a partir de una impostura, del planteamiento de un doble mediante el cual se procura lo que la vida le ha negado o, mejor dicho, lo que se ha negado a sí mismo al haberse asentado en la mediocridad de una existencia rutinaria.

En esta novela se percibe un realismo mágico sutil que crea una conexión entre la realidad y el ambiente onírico que puebla sus páginas. En un principio, Gregorio Olías se encuentra inmerso en una existencia un tanto fragmentada; el pasado que se va revelando establece un puente entre el presente y los sueños dirigidos a intentar resolver diversas situaciones y a lidiar con lo más concreto.

Al narrar el pasado aparece con fuerza la idea de ambigüedad que trastoca su esencia verdadera. Gregorio se encuentra suspendido en una atmósfera un tanto irreal, desde la cual se nos relatan sus amores juveniles y otras historias:
"Cuando ella se acercaba (no necesitaba verla, porque su cercanía era anunciada por un súbito dolor de muelas que le bajaba al estómago, en tanto que el estómago se le venía a la garganta y el corazón se le iba por la boca), encendía tabaco..."
Más tarde se plasma el concepto del hombre que va madurando en base a las experiencias cotidianas, a emociones nunca antes experimentadas y a la práctica del ensayo-error, entre las brumas que arroja la sensación constante de duermevela que lo envuelve y su respectiva profusión de imágenes.

La historia da un salto hacia la etapa que Gregorio Olías pasa en la academia nocturna donde conoce a su futura mujer, Angelina. En la academia aparecen nuevos proyectos, como el de la ingeniería, y se presenta incluso un atisbo de felicidad, pero el autor decide avanzar siete años de golpe para mostrarnos a un Olías ya formado: lo que permanece en él es la costumbre de eludir sus propios proyectos, así como la ruptura con el pasado para vivir un presente "donde la dicha excluía la intervención de la memoria".

Gregorio se instala, pues, en una vida anodina como oficinista, hasta que se hace presente la figura de Gil –a través del teléfono-, representante de ventas de la empresa en provincias. 
En sus relaciones familiares (con Angelina y la madre de ésta) impera el silencio y la costumbre, y a pesar de que en algún momento dice ser dichoso, la singular y vacía convivencia conduce a la pareja a comunicarse a través del lenguaje corporal. Sin embargo, Gregorio Olías también puede dejar salir lo que lleva dentro por medio de las palabras, y esto queda demostrado a través de sus conversaciones con Gil, en las que dos seres apocados establecen una especie de simbiosis: Gil vive tristemente, anhelando noticias de la ciudad y del mundo, por lo que poco a poco va conduciendo a Gregorio a enredarse en una acumulación progresiva de mentiras a las cuales éste se va ajustando no sin dificultad, hasta el punto en que el antiguo y arrollador sobrenombre con que Olías firmaba la poesía de su juventud -Augusto Faroni, un dechado de virtudes-, despierta en él y se manifiesta mediante la relación telefónica, trastocando aún más la incierta cordura de su existencia.

Gregorio nunca tuvo la fuerza necesaria para construir a su alrededor el entorno al que el ilusorio Faroni tiene pleno acceso, y al haber obtenido un interlocutor agradable en Gil, comienza a disfrutar su fantasía. Pronto nos enfrentamos a un ambiente, digamos, tridimensional: realidad y ficción se entremezclan en diversos planos y así encontramos el real/tangible de Gregorio y Gil, el principalmente imaginario a través de las conversaciones donde impera la complicidad entre ambos personajes, y el onírico que funde ambos espacios mediante personajes reales conocidos en distintas épocas, y ficticios, como Faroni, en sitios materializados en sueños donde el protagonista puede transitar a sus anchas.

De acuerdo a Olías, alias Faroni, en este mundo de apariencias la gran mayoría guarda otra identidad. A pesar de que a lo largo de la trama ha sido consciente de la irrealidad de lo que va recreando, el plano aparente le incomoda en repetidas ocasiones, aunque siempre termina por amoldarse al poder de su mente.

“Porque la verdad nunca se da pura y necesita siempre de las apariencias, como el ciego del perro. Así que, descontadas las apariencias, yo soy Faroni”.

El asunto ya no sólo se queda en Olías/Faroni, sino que trasciende a Gil, su interlocutor, quien pasa a llamarse Gil Dacio Monroy. Este último personaje resulta muy interesante porque sigue el juego a Olías e incluso logra recrearse a sí mismo en cierta medida. Faroni y su capacidad para concebir un nuevo mundo intelectual y en buena parte aparente, otorga una nueva dimensión a la insulsa vida del vendedor de vinos y aceitunas de provincias.

En algún punto, Gregorio Olías “se satura de irrealidad”. Nunca ha estado conforme con la invención de la otra identidad al percibirla como ficticia; incluso se arrepiente en incontables ocasiones de engañar a Gil llegando a pensar que una relación sustentada en el vacío no puede seguir adelante. Sin embargo, poco a poco se da la transformación y Olías da el paso que lleva la fantasía a la pretendida realidad; redimensiona al personaje imaginario con la idea de que muchos poetas utilizan un seudónimo, y pasa de una actividad trivial en la oficina al ejercicio de la escritura. Y así, se reviste de Faroni por dentro y por fuera. La edad no es un impedimento porque grandes escritores han empezado tarde.

De este modo, Gregorio Olías continúa en el desenfrenado plano del ensueño, aunque procurando siempre el enlace con la realidad a través de "algún vínculo tangible". Asimismo, comienza a anhelar una única identidad ante el cansancio de verse atrapado en esa progresión interminable de mentiras a duras penas acreditadas. No hay autenticidad en su vida; el ser real que habitaba en él quedó anquilosado ante su potente inventiva.

Esta es una historia de altibajos: Gregorio se agobia con sus propias invenciones pero es incapaz de eliminarlas de su mente. En cierta medida, Angelina se erige como contraparte de su marido al ser una mujer con un sentido práctico de la vida, pero para Olías hasta un dolor de muelas vacila entre la ficción y la realidad, el punto de equilibrio escapa a sus posibilidades psicológicas, y la novela se hace interminable al exponer continuamente todo un cúmulo de situaciones similares.

Se trata de un buen libro -poseedor de un planteamiento interesante y un espléndido manejo del lenguaje- que parte de seres insignificantes que no tienen más remedio que fabricarse un mundo paralelo para soportar el peso de la existencia. Lo malo es que un ritmo más bien lento, producto de un importante número de páginas recorriendo las tonalidades de un mismo asunto, hace la lectura un tanto monótona.

14 junio, 2010

Desgracia - J. M. Coetzee

Mondadori, 2009.
John Maxwell Coetzee (Sudáfrica, 1940) obtuvo el Premio Nobel de literatura en 2003 y el Premio Booker en 1999 por Desgracia, entre otros.

Desgracia es una obra cruda que aborda las diversas vicisitudes que se pueden enfrentar en determinadas circunstancias; incidentes que parten tanto de características muy particulares en los personajes como de situaciones ajenas a ellos, y que al asomar al exterior los llevan a replantear sus vidas, a modificarlas por completo, o a asumir las consecuencias sin más. Esta novela se enmarca en Ciudad del Cabo, Sudáfrica, y en algún lugar del campo. Coetzee escribe mediante una prosa directa y sin concesiones, mostrando las repercusiones del Apartheid.

David Lurie es un profesor entrado en años que aún se encuentra dominado por las pasiones. Al inicio de la novela el tema de las necesidades sexuales se resuelve en forma un tanto ortodoxa: Lurie frecuenta a una mujer musulmana la cual al parecer se prostituye por necesidad. Un día se encuentran en una situación cotidiana y la convivencia entre ellos termina al romperse el acuerdo tácito del misterio que envolvía a la relación.

Más adelante sostiene un par de encuentros sexuales, aparentemente de común acuerdo, con una de sus alumnas (la primera vez que ocurre hay cierto amago de coacción). El punto de vista de la joven ante estos hechos se mantiene oculto hasta el final, por lo que el lector sólo podrá sacar sus conclusiones a través del protagonista, quien ha llegado al punto en que empieza a mendigar amor -o sexo- porque a los cincuenta y dos años ha perdido el atractivo que lo caracterizó por tanto tiempo y sólo es capaz de romper la monotonía de su vida a través de una variante que tenga que ver con mujeres. Ni siquiera el aspecto literario que conlleva su ocupación logra colmar la rutina y el desapego en que ha caído; su trabajo como profesor en realidad no es lo suyo. Es un hombre en la posición equivocada, pero obligado por las circunstancias.

La visión parcial de los hechos al no redondearse en los pensamientos de la muchacha -Melanie- resulta perturbadora; sus actitudes tampoco arrojan luz al asunto, por lo que van surgiendo más preguntas que respuestas. Su familia se entera de lo ocurrido, aunque no se menciona bajo qué circunstancias. Al correrse la voz, Lurie se ve envuelto en un problema serio en la universidad, pero en todo momento justifica la actuación de la joven apelando a su inocencia, pensando (o queriendo pensar) que ella no hubiera sido capaz de hacer nada en contra suya por sí misma.

Me gustó especialmente leer cierta situación reflejada en la poesía de Byron:
“Pudo en ocasiones renunciar a su bien por el bien ajeno,
pero no por compasión ni porque debiera,
sino porque alguna extraña perversión del pensamiento
lo llevó a seguir adelante con secreto orgullo
y hacer lo que pocos o ninguno hubieran osado;
ese mismo impulso, en el momento de la tentación,
así también engañaría su espíritu arrimándolo al crimen.”
El contexto en que se da esta lectura es muy peculiar, porque tanto el novio de la chica como el profesor se identifican con el fragmento. Ambos quedan unidos momentáneamente ante la impulsividad de sus instintos; el joven velará por Melanie a toda costa, haciendo lo que sea necesario sin detenerse a meditarlo. Lurie también ha sido dominado por la fuerza de la tentación. El diálogo enfrentado y a la vez similar de estos hombres va más allá de las palabras.

La dificultad de este caso radica en que no se trata del típico abuso a una menor de edad. Los límites más evidentes están constituidos por el principio ético que impide la relación entre una alumna y un profesor, pero fuera de ese contexto no habría ningún impedimento concreto para que pudiesen vincularse.

Es indignante la situación de la universidad ya que, según los catedráticos, "la comunidad tiene derecho a saber". La morbosidad ajena y el ambiente de puritanismo reinantes quedan totalmente expuestos. Algunos profesores tratan de apoyar a su compañero, pero hay quien pide la pena más severa y la palabra "abuso" hace su aparición.
Lurie debe reconocer su error; dice que lo lamenta sin intentar justificarse, pero su actitud no es humillante o desesperada, sino digna. Suplicar no está entre sus planes y se niega a descender a esos niveles y darles lo que desean para recibir la transigente ayuda. Desde mi punto de vista, esa actitud lo eleva ante los ojos del lector mientras que la postura de otros personajes deja mucho que desear: son los cultos profesores quienes de pronto se convierten en seres despreciables (no todos) que esperan solazarse con el torbellino que se ha desencadenado. La ex esposa de David Lurie lo confirma mediante estas palabras:

"Los juicios no tienen nada que ver con los principios, sino con lo bien o mal que sepas bandearte y salir del atolladero".

Esto es muy significativo porque en innumerables ocasiones no vale la dignidad o la sinceridad; si Lurie hubiese actuado de otra manera, con hipocresía, las cosas le habrían ido mejor. La autenticidad muchas veces no encaja en una sociedad hambrienta de novedades morbosas y dispuesta a dar la espalda al caído sin misericordia. Esta idea es, desde luego, completamente universal.

Lurie toma la actitud más decorosa y la narración da un vuelco inesperado para mí, ya que se traslada al campo para pasar un tiempo al lado de su hija Lucy. Es en este entorno donde se da un choque entre la visión de la ciudad y la cultura en la que el profesor ha estado inmerso y la del mundo rural donde se da importancia a cosas que para él han sido hasta este punto insustanciales.

En el campo la vida no es mucho mejor, ya que se encuentra marcada por la difícil relación entre padre e hija. Lurie comienza a habituarse a las labores del campo y se involucra con una actividad altruista al ayudar a practicar la eutanasia a perros abandonados.

Un terrible suceso funge como línea divisoria de la trama, la cual se fragmenta en un antes y un después. Lucy es violada por tres hombres negros, y aunque en un primer momento se niega a admitirlo ante su padre, más tarde expresa que esa podría ser la cuota que se exige por hacer uso del territorio o por sostener una situación privilegiada en su hacienda.
Lurie afirma que "no tenía idea de lo que le pasó a Lucy". Y es que la violación no quedó sólo en eso, sino en un odio tan profundo transmitido a su hija que la dejó como muerta, pero dispuesta a continuar hasta el final. El  odio racial queda plenamente expresado a través de las sensaciones de la joven.

La figura de Petrus, empleado de Lucy y familiar de uno de los agresores, resulta bastante siniestra. El autor transmite parte de las contradicciones de una sociedad tan dividida. La defensa de lo indefendible se hace presente a través de este personaje, quien intenta minimizar lo ocurrido ante Lurie. Las referencias a un lenguaje limitado resultan muy interesantes; las diferencias tan profundas hacen que las ideas no logren conectarse entre seres que además no tienen la intención de hacerlo.
Dentro de todo, Lurie va transformando su visión inicial de cara al campo; hay una importante toma de conciencia sobre el trato digno que deberían recibir los animales. Se encarga de esa dignidad porque quizá es una forma de redimirse y recobrar la propia, aunque termine por pensar que su permanencia en la hacienda lo pierde en lugar de reconfortarlo. La experiencia ha sido demasiado dura.

Por otra parte, Lurie y su hija han intentado convivir sin lograr compenetrarse; sus individualidades no les permiten estar cerca por mucho tiempo, pero a la vez los une un vínculo indisoluble además del más obvio: ambos han tenido que renunciar a vivir como desean.

Lurie ha tenido que enfrentar un proceso de readaptación muy complejo que evoluciona desfavorablemente a través de los matices no sólo propios, sino también de su hija: la vida para ellos ha quedado reducida hasta lo indecible. La actitud de Lucy no es mejor al haber quedado estancada en sus propios procesos interiores, incapaz de trascender el entorno tan hostil que la rodea, dispuesta a conformarse y a quedar anulada hasta las últimas consecuencias.
En forma paralela a la trama se narra la historia de amor entre Lord Byron y Teresa, ya que David Lurie tenía el proyecto de componer una pieza operística.

"Una pieza de cámara en torno al amor y la muerte, con una joven apasionada y un hombre de edad ya madura que tuvo gran renombre por su pasión, aunque esta sólo sea un recuerdo."
En el futuro, Byron se cansará de Teresa por considerarla una "cabeza hueca", pero la pasión y sensualidad de sus primeros tiempos hacen que Lurie se refleje en ellos a través de su propia experiencia con varias mujeres. Si bien este pasaje sobre personajes históricos sigue su camino particular, el profesor hace un esfuerzo por apropiarse de ciertos segmentos adecuándolos a sus propias circunstancias.

Y así, la enamorada Teresa, recreada en su mente, el propio Lurie y su hija, todos anhelantes y desmejorados, permanecen inermes frente a los fantasmas y murallas creados en torno a sí mismos.

Aunque la novela resulta inquietante y hay que interpretar muchas situaciones, creo que Coetzee habla, entre otras cosas, de la renuncia a la cual tienen que someterse todos aquellos que no sigan cabalmente las normas sociales preestablecidas y/o que no logren adaptarse a las consecuencias de cualquier transgresión, por descabellada que parezca. Los personajes quedan devastados ante la inmensidad de los hechos y ante las incongruencias de la sociedad con que se han enfrentado.

Los habitantes de la ciudad no quedan mucho mejor parados que los del campo, pero las diferencias son notables. El protagonista nos da la oportunidad de observar el conjunto a través de sus experiencias: en el entorno urbano hay más oportunidad de defenderse, aunque esa facción social puede llegar a ser tan injusta e ilógica como la otra. En la ciudad también caben mejor los comportamientos engañosos y taimados: el profesor Lurie no resuelve el problema porque opta por conservar su integridad. El campo representa una vorágine sin más, un laberinto sin salida si no se reúnen las condiciones necesarias –y casi imposibles- para afincarse en él.

Esta obra me dejó desolada por la dificultad de vislumbrar una vía de escape o una posibilidad de redención. Es una novela excepcional.

04 junio, 2010

Bartleby, el escribiente – Herman Melville

Escritor norteamericano (1819-1891).
Plaza & Janés, 1999.

Al leer esta obra me encontré con una frase que me llevó de inmediato a otra que había leído antes, aunque es posterior. El “preferiría no hacerlo” de Bartleby se corresponde de alguna manera con el “me es indiferente” que Meursault, protagonista a su vez de El extranjero, de Camus, repite una y otra vez.

Melville se erige, pues, como precursor de la literatura existencialista y del absurdo; la esencia incongruente de Bartleby también puede reconocerse en obras como Esperando a Godot, de Samuel Beckett.

La trama es sencilla y a la vez perturbadora. El narrador nos cuenta en forma pintoresca las agudas observaciones que hace sobre sus empleados. Al mismo tiempo va revelando aspectos de su propia personalidad, como la dificultad para imponerse en ciertos casos o ante determinados caracteres.

Melville define a los personajes mediante pinceladas precisas. Se trata de escribientes o copistas que realizan un trabajo mecanizado en el que influye el estado físico en que se encuentran. Así, Turkey, hombre maduro, se esmera en su actividad por las mañanas, mientras que en las tardes el ambiente opacado por la falta de luz se refleja también en su estado de ánimo, produciendo no una situación de letargo, sino todo lo contrario, aunque contraproducente para los papeles emborronados que muestran las huellas del descuido que producen los estados febriles.
Nippers, por otra parte, es un joven indigesto y nervioso a quien el trabajo sienta mejor al atardecer, de tal forma que el dueño de las oficinas logra cierto equilibrio en el pequeño entorno laboral.
Ginger Nut es un muchacho de doce años, aprendiz y mandadero principalmente, que funciona como personaje incidental.

De esta forma transcurren los rutinarios días, hasta que en una ocasión se hace necesaria la presencia de un nuevo copista:

“Reveo esta figura: ¡pálidamente pulcra, lamentablemente decente, incurablemente desolada! Era Bartleby.”
Bartleby comienza su trabajo con empeño, pero pronto toma un camino descendente. En la primera ocasión en que se requiere de una lectura conjunta para revisar los escritos, se niega a participar mediante un simple “preferiría no hacerlo”. El jefe procura comprenderlo pero su sorpresa va en aumento al comprobar que Bartleby, sin exaltarse y siempre con docilidad, se mantiene en lo dicho en diversas circunstancias y a través de las mismas palabras. En un momento dado, el escribiente opta por no copiar ni ocuparse de nada más, rehusando abandonar la oficina en que permanece noche y día.

El abogado, ante el cariz tomado por las cosas, perplejo e incapacitado para enfrentarse a semejante absurdo, decide mudarse y establecer su negocio en otro sitio. Bartleby se queda en el lugar hasta que la policía lo conduce a prisión, donde su empecinamiento lo lleva a abstenerse incluso de comer.

El narrador, testigo de esta historia que sigue con profundo interés, acompaña a Bartleby hasta el final, invitándolo a mudarse a su propia casa. Pero el copista, ante cualquier circunstancia, “preferirá no hacerlo”.

El autor decide dar al desconcertado lector una pista sobre las posibilidades de lo ocurrido. Bartleby, “el más triste de los hombres”, había sido empleado en la Oficina de Cartas Muertas de Washington, realizando una tarea funesta:

“A veces, el pálido funcionario saca de los dobleces del papel un anillo –el dedo al que iba destinado, tal vez ya se corrompe en la tumba-; un billete de Banco remitido en urgente caridad a quien ya no come, ni puede ya sentir hambre…”
Si Albert Camus enmarca su novela en el ambiente desolador y sin sentido de la posguerra, Melville lo hace antes demostrando que un entorno infeliz y amargo puede llegar a ser definitivo e implacable para el ser humano. 

18 mayo, 2010

Drácula y el mito del vampiro

La figura del vampiro, una de las más atrayentes entre los seres de la oscuridad, se ha visto enriquecida por numerosas leyendas desde tiempos remotos.
Incluso pensadores como Voltaire se ocuparon del tema. En su Diccionario filosófico (1764), cuestiona el hecho de que en el siglo XVIII se creyera en los vampiros y aprovecha para hablar de sus características:

“Los vampiros eran muertos que salían por la noche del cementerio para chupar la sangre a los vivos, ya en la garganta, ya en el vientre, y que después de chuparla se volvían al cementerio y se encerraban en sus fosas. Los vivos a quienes los vampiros chupaban la sangre, se quedaban pálidos y se iban consumiendo; y los muertos que la habían chupado engordaban, les salían los colores y estaban completamente apetitosos.”
Voltaire nos dice que estas historias, corrientes en Polonia, Hungría o Austria, no eran del conocimiento común en Francia o Inglaterra. También se refiere a los broucolacas:

“Los muertos griegos van a las casas a chupar la sangre de los niños, a comerse la cena de los padres y de las madres, a beberse el vino y a romper todos los muebles. Sólo puede hacérseles entrar en razón quemándolos cuando los atrapan; pero se necesita tener la precaución de no ponerlos en el fuego hasta después de haberles arrancado el corazón, que debe quemarse aparte.”
Los broucolacas se difundieron por Valaquia, Moldavia, Polonia y la parte oriental de Alemania. Estos pueblos pronto descubrieron diversas formas de combatir a las criaturas que aparecían en forma incesante.

Voltaire menciona al padre Agustín Calmet (cuyo Tratado sobre los vampiros, de 1746, está publicado por editorial Reino de Goneril, 2009), quien se ocupó profusamente del tema recogiendo leyendas y testimonios sobre estos seres, así como conclusiones de otros teólogos que promovieron la “invasión” de los vampiros en gran parte de Europa “durante un tiempo”.

El Romanticismo gótico del siglo XIX contribuyó en gran medida a fijar el mito del vampiro en la imaginación popular a través de autores que abordaron este y otros temas sobrenaturales.

Actualmente, las características primordiales que se atribuyen al vampiro provienen principalmente de Drácula, novela que el escritor irlandés Bram Stoker (1847-1912) publicó en 1897, inspirada en la figura de Vlad Tepes (“El empalador”), príncipe de Valaquia nacido en 1431, del cual se dice que tenía por costumbre castigar a sus prisioneros de guerra empalándolos en largas estacas. Su antecesor, Vlad II, poseía el título de Dragon o Dracul (demonio), por lo que su hijo es conocido también como Draculea (“hijo de Dracul”).

Las leyendas hablan de la fascinación por la sangre humana y de la crueldad brutal de Vlad Tepes, hombre fuerte y de gran valor que luchó por Valaquia contra los turcos sin tocarse el corazón a la hora de marcar sus leyes o imponer castigos.



 
La novela de Bram Stoker (Alianza Editorial, 2008)

La impronta de Drácula toma posesión de la trama desde un principio, ya que Jonathan Harker percibe la densidad de un ambiente en el que predominan las supersticiones. Su misión en Transilvania debería concretarse a facilitar al conde los trámites de la adquisición de ciertas propiedades en Londres, pero una vez en el castillo se convierte en cautivo, ya que sólo puede deambular por su habitación y poco más, al peligrar ante las tres vampiresas -compañeras de Drácula- que aparecen tras una misteriosa disolvencia reflejada por la luz de la luna.

Esta parte de la historia no concluye satisfactoriamente, porque de estar prácticamente en las garras del vampiro y ante una improbable salvación, nos encontramos a Jonathan liberado, aunque en el hospital debido a una encefalitis.

Entre diarios, cartas y notas periodísticas, la narración pasa a Londres donde Lucy Westerna debe elegir entre tres pretendientes que la aman: Arthur Holmwood, Quincey Morris y el doctor Seward, director de un manicomio. Mina, futura esposa de Harker, cuida a su amiga del sonambulismo que padece mientras permanece expectante ante cualquier atisbo de noticia sobre su prometido.

El loco Reinfeld merece un tratamiento aparte debido a su curiosa conexión con Drácula y a su costumbre de formar una cadena alimenticia a partir de moscas y arañas que a veces devora él mismo.

El capítulo del traslado del conde a Inglaterra es muy bueno; son fascinantes las descripciones de la tormenta.

"Y de repente estalló la tempestad. Con una celeridad que en ese momento parecía increíble, y aun ahora resulta incomprensible, todo el aspecto de la naturaleza se convulsionó. Las olas se alzaron con furia creciente arrollándose unas a otras, de forma que en pocos minutos el mar que antes era un espejo, se convirtió en un monstruo crujiente y devorador. Las olas empenachadas rompían con violencia en la playa y subían por los acantilados..."
El capitán de la embarcación escribe en su diario sobre la desaparición de los tripulantes durante el trayecto. Mientras tanto, Drácula va rejuveneciendo gracias a la gran cantidad de sangre que ha succionado…

Por otra parte, Lucy atrae la atención de propios y extraños debido a una rara enfermedad; el doctor Seward decide consultar con el profesor holandés Van Helsing, quien sabe mucho sobre "enfermedades oscuras", aunque la de Lucy se le escapa de las manos porque tarda demasiado en asegurarse de la causa de su pérdida de sangre. Resulta insólito que no le proporcione el consabido y tradicional crucifijo, y esta situación proporciona una serie de rodeos a la trama que no estarían mal si los cabos sueltos se hubiesen unido.

Drácula aparece varias veces ante Lucy y Mina como un ser alto y delgado de ojos rojos, pero cuya difusa impresión termina por diluirse dejando siempre una buena dosis de inquietud y temor flotando en el aire.

Los cajones de tierra que viajaban con él llegan a su destino sin incidentes, y el loco Reinfeld se siente fuertemente atraído hacia la mansión abandonada que está cerca del manicomio (lugar donde es depositada buena parte de los cajones). El conde lo domina completamente por las noches, al grado de que sus febriles actividades diurnas llegan a parecerle demasiado triviales.

El asunto de Lucy empieza a convertirse en todo un juego macabro, ya que tanto su prometido (Arthur), como Quincey, Seward y el propio Van Helsing, pretenden devolverle la salud a través de transfusiones de sangre que logran restituirle los colores sólo hasta el siguiente ataque del vampiro, sin que valgan las flores de ajo o cualquier otro remedio para tratar de alejarlo. La muchacha muere y después se aparece a varios niños, quienes la describen como una "hermosa señora".
Una de las inconsistencias de la novela se desprende del hecho de no haber podido hacerle la autopsia porque al desaparecer misteriosamente el crucifijo depositado en sus labios, ella se transformaría y tendría libertad de movimiento. De acuerdo a esto, el profesor Van Helsing otorga al objeto un poder extraordinario. Entonces, ¿cómo es que no se lo puso en el cuello cuando la joven más lo necesitaba?

Las páginas sobre la muerte y captura de una Lucy transformada son estupendas; incluso se intenta sublimar lo ocurrido al hacer que Arthur aseste el golpe a la estaca, con lo cual se convierte en redentor de su amada.

Jonathan habla con Van Helsing sobre sus experiencias en Transilvania, encontrando gran comprensión y credibilidad ante lo que creyó un posible producto de su imaginación, por lo que cobra nuevas fuerzas para luchar (ante certeza de lo ocurrido).

La lectura conjunta de los diarios hace que todos vayan atando cabos ahorrándose explicaciones interminables. Mina deberá quedar fuera de la acción de los valientes caballeros, pero siempre atenta a los hechos. En este punto me llamó la atención la forma de tratar a una mujer, tan acorde con la época. Mina, tan inteligente y valerosa, podría flaquear si acompañara a estos hombres, ya que la condición femenina no le permitiría resistir tantas emociones. Sin embargo, ellos no saben que Mina ya es presa de la siniestra presencia del conde…

El desfalleciente Renfield narra su fatal encuentro con Drácula y revela que éste ha estado sorbiendo la sangre a Mina. Tal parece que sus intentos por salir del manicomio se dirigían a la defensa de la joven señora quien, por su parte, también ofrece una descripción de los hechos, en parte presenciados por los caballeros, ya que Drácula la ha obligado a beber su sangre para establecer un lazo entre ellos (a través de un contacto telepático con Mina), y porque desea tenerla como "compañera". No es extraño que Jonathan encaneciera esa noche fatídica.

Tras lo ocurrido con Lucy, el hecho se repite. En esta ocasión ha sido más importante cuidar la salud mental de Mina que la física. Entiendo que Stoker deseara mantener la tensión del relato a toda costa, pero en algunas ocasiones las omisiones resultan casi imperdonables. ¿Acaso nadie -ni la propia Mina- había notado las mordeduras en su cuello?

La parte detectivesca dirigida a la pista de los cajones que Drácula diseminó por Inglaterra para asegurar su descanso empieza a dar frutos, ya que los caballeros comienzan a esterilizarlos depositando un trozo de hostia en cada uno. Van Helsing se da cuenta de que el conde desea huir a través de la revelación que hace Mina mediante la hipnosis a la que ha comenzado a someterse. Sin embargo, aunque el vampiro pretenda partir, tienen que encontrarlo, porque Mina se ha convertido en una auténtica bomba de tiempo y su transmutación no tardará mucho en manifestarse, además de que se irá reforzando el poderoso influjo que la une al ser de la oscuridad.

La búsqueda de los cajones desemboca en un extraordinario encuentro con Drácula, quien se aparece de día (sin los poderes que adquiere en la oscuridad).

Van Helsing habla de la importancia que la tradición otorga a la superstición para combatir al vampiro: "Y en la superstición debemos confiar de momento; en la antigüedad ese era el credo del hombre, y en ella tiene todavía sus raíces la fe".

El profesor también se refiere en varias ocasiones a la “mente infantil” del conde Drácula, como si éste estuviese probando sus aptitudes y limitaciones por primera vez. Desde luego que Inglaterra presenta un entorno completamente distinto al de su tierra natal, pero me da la impresión de que Van Helsing habla de esta característica como inherente al vampiro. Drácula en vida fue un valeroso guerrero y, por tanto, supongo que muy experimentado. La transformación sugiere una vuelta a los bajos instintos que el ser humano controla o supera (o debería hacerlo, al menos) a través de la educación y de la convivencia en sociedad. Es decir, esas facultades "infantiles" tal vez podrían traducirse en habilidades más primarias o meramente intuitivas, al verse el vampiro despojado de gran parte de su condición humana. En este sentido, Drácula tendría un largo camino por recorrer para volver a asimilar, a través de la experiencia, las peculiaridades del hombre que le ayudarían a cumplir sus detestables objetivos.

La narración abre y cierra en los mismos parajes y no se puede negar la fuerza que el autor imprime a ambas partes de la obra. Se trata de una historia acerca del triunfo sobre el mal espiritual, de una voluptuosa posesión y su consiguiente liberación, de camaradería y buena voluntad. Creo que no se podría criticar a Stoker por la construcción de unos personajes tan pacíficos y bondadosos al coincidir con la más arraigada tradición romántica. El principal defecto de la novela radica en las ideas inconexas que se presentan en varias ocasiones.

La extraordinaria recopilación de leyendas para dar una identidad tan peculiar a la figura del vampiro es un acierto que ha hecho de este libro uno de sus principales referentes. El profesor Van Helsing reúne parte de sus características en este fragmento:

“El nosferatu no muere como la abeja cuando pica. Al contrario, se vuelve más fuerte; y al ser más fuerte, tiene más poder para hacer el mal. El vampiro que hay entre nosotros tiene la fuerza de veinte hombres y es más astuto que cualquier mortal, porque su sagacidad ha ido aumentando con los siglos; además domina la necromancia, que es la adivinación a través de los muertos, y los muertos por él invocados obedecen a su mandato; es una bestia, o peor que una bestia; es insensible como un demonio y carece de corazón; dentro de ciertos límites, puede aparecerse cuando quiere y donde quiere, adoptando ciertas formas a su antojo; y dentro de ciertos límites también puede mandar sobre elementos como la tempestad, la niebla o el trueno; ejerce poder sobre todos los seres inferiores; las ratas, los búhos, los murciélagos, las mariposas nocturnas, los zorros, los lobos, y es capaz de aumentar su volumen, de disminuirlo, y hasta de desvanecerse..”

Es una obra que se lee sin parar, el ambiente entre tétrico y alucinante está muy bien logrado, y ante las múltiples variantes que se han escrito y que se han llevado al cine siempre valdrá la pena volver la mirada al texto original.

22 marzo, 2010

El amante extremadamente puntilloso - Alberto Manguel

Autor argentino que escribe en inglés (1948).
Bruguera, 2006.

Alberto Manguel examina los matices del erotismo a través de una idea tan singular como puede ser dirigir la mirada y el interés a la sensualidad emanada por un detalle del cuerpo.

La novela se ubica en la ciudad de Poitiers, Francia, donde el protagonista, Anatole Vasanpeine, un joven de aspecto solitario y sombrío, mas poseedor de una intensa actividad interior, pasa los días trabajando en los baños públicos de la Rue Gambetta.

Manguel hace amplia referencia a investigadores imaginarios de este personaje, por lo que la profusión de notas a pie de página puede llegar a estorbar, aunque estas cumplen con la función de representar la visión de un estudio cabal; de una trama construida a través de testimonios y del diario del personaje en cuestión.

La descripción del blasón como forma poética de siglos anteriores, nos introduce al mundo que pronto se ocupará de recrear la actividad de Vasanpeine.

“El blasón permite que el ojo poético se concentre, no en la obvia totalidad, sino en los componentes individuales, dividiendo de esa manera el cuerpo en objetos separados de veneración y deleite, cada uno primo inter pares.”
El arte del mosaico, en cambio, “es lo opuesto al blasón, ya que dirige la atención a la totalidad de la imagen en vez de a las partes."
Estos aspectos serán aplicados a las dos vertientes de la narración, empezando por el blasón.

Desde pequeño, Anatole Vasanpeine comenzó a apreciar la realidad en fracciones independientes y autónomas (quizá por una debilidad ocular). En 1913, siendo ya un muchacho, inicia su trabajo en los baños a la par que una observación de sugerentes dedos ante la pequeña ventanilla de cobros. Más tarde comienza a espiar a los clientes a través de las grietas de la puerta de la sala de las duchas, por lo que la satisfacción obtenida aumenta notablemente al acceder a diversas partes del cuerpo, difíciles de precisar, pero subyugantes ante sus ojos. 
 
Tiempo después, Vasanpeine entra en contacto con un viejo librero japonés que lo introduce en el mundo de la fotografía, y pronto se ve inmerso en una rutina enfocada a la captación de secciones corporales.
“Era un amante plena y exclusivamente dedicado a su amor.”
“La cámara era su proxeneta.”
Su manera de fotografiar va transformándose paulatinamente, mientras un erotismo peculiar se presenta con fuerza creciente:

“¡Ah, la textura de la cascada de cabello que he atisbado esta mañana! […] Las hebras individuales no significaban nada para mí, ¡pero qué anhelo despiertan en mí esos haces, esos bosquecillos, esos fajos peinados por los cinco dedos de una mano huesuda! Me conformo con imaginar su extensión a través del pequeño segmento que puedo permitirme. No querría ver más. Lo completo no deja lugar para el deseo.”    

“Siento una excitación casi sacrílega al capturar con mi lente a esas doncellas de las extremidades inferiores, a cuyo amo o señora jamás conoceré. ¡Pero qué serviciales se las ve, qué inocentes y, al mismo tiempo, qué tentadoras.”

El autor aprovecha el asunto de los baños para detenerse en algunas consideraciones sobre los hábitos de higiene en Francia:

“Hasta bastante después de la Segunda Guerra Mundial, la mayoría de la población francesa no consideraba necesario lavarse más que las partes visibles del cuerpo.”

Amparado en tan poca costumbre de aseo, Vasanpeine pudo realizar su actividad tranquilamente y sin ser descubierto. La posibilidad de adueñarse de distintas partes del cuerpo a través de la fotografía, en lugar de conformarse con una visión fugaz, le permitió convertir este hecho “en un acto erótico en el sentido más verdadero del término”.
En la intimidad de su habitación, Anatole acostumbraba solazarse con la excitante visión del conjunto de los fragmentos fotográficos dispuestos sobre la cama, entregándose a un deleite que no obstante poco a poco se convirtió en una especie de frustración, y que establecería un puente entre el atractivo de la parte y del todo.

En la segunda parte de la obra, la idea del mosaico antes mencionado hace su aparición, traduciéndose en una imagen completa ante la cual Vasanpeine queda conmocionado. Se trata de una figura redonda y tan tentadora que el fotógrafo no duda en seguir sus pasos con avidez, espiando con fruición todos sus movimientos, enamorándose completamente, y quedando a merced de los peligros de ese cambio de percepción.
¿En qué nos parecemos
tú, yo y la nieve?
Tú, en lo blanca y galana,
yo, en deshacerme.
(Canción poitevina del siglo XVI)

Anatole se siente tan cautivado por la redondez y la continuidad de esta figura, que no se interesa en distinguir su sexo. En casa ya no es capaz de disfrutar con la colección de fotografías, e incluso logra distinguir las partes capturadas con precisión, por lo que labios, codos o pezones se le revelan con una claridad insultante…

Esta obra tan particular me recordó en cierta forma a El Perfume, tanto por su ubicación en Francia y sus peculiaridades higiénicas, como por el tema. El protagonista no pretende capturar olores pero sí trozos corporales, siendo capaz de explorar la voluptuosidad visual de una pequeña parte de cualquier cuerpo, demostrando que el erotismo y el placer pueden ser descubiertos a través de elementos insospechados.

04 marzo, 2010

Las ovejas y el pastor - Andrea Camilleri

Ediciones Destino, 2007.
Escritor italiano (1925).

Andrea Camilleri aborda un caso real en esta obra que causó un gran impacto en Italia y que ha sido objeto de controversia.

La narración inicia con la historia de una ermita erigida en un bosque llamado Quisquina. Numerosos personajes estuvieron involucrados con esta edificación, empezando con una joven noble, Rosalía Sinibaldi, que en 1150 decidió dedicarse a la vida contemplativa refugiándose en una galería subterránea que se encontraba en el lugar.
Ahí permaneció toda su vida y tras su muerte pasó al olvido durante unos 500 años, hasta que en 1624, durante una peste en Palermo, se apareció milagrosamente a un cazador, revelándole que la epidemia terminaría si sacaban sus huesos de la gruta y los llevaban en procesión.
Como consecuencia de estos hechos afortunados (la peste, en efecto, cesó), santa Rosalía fue proclamada patrona de Palermo y la gruta se volvió un lugar de devoción junto al cual se construyó una capilla.

En 1690, el comerciante Francesco Scassi erigió ahí mismo un monasterio y una iglesia. Pese a las duras condiciones para poder ser admitidos al santuario, muchos se sumaron movidos por vocación o por escapar de la justicia, como fue el caso de Bartolomeo Pii, quien se ocultó bajo el nombre de Fray Vincenzo: “Siempre es mejor ser un ermitaño libre que estar encarcelado.”

Después, la Quisquina llegó a ser también un sitio de reposo para nobles y eclesiásticos de alto rango.

Fue hasta 1922 cuando las cosas cambiaron porque uno de los frailes fue encontrado asesinado. En ese mismo año el fascismo se asentaba en Italia y dejaron de enviarse a la ermita las donaciones habituales -además de que ya no se percibieron herencias-, por lo que sus habitantes apenas sobrevivían.

En 1928 se ordenó la disolución de la comunidad, pero muchos permanecieron  viviendo del robo e incluso dando asilo a fugitivos. El obispo de Agrigento, Giovanni Battista Peruzzo, decidió poner remedio a esta situación.

Más adelante se describen las circunstancias de la formación de un convento y de la familia Tomasi, “a la que pertenece Giuseppe, el autor de El gatopardo”.
Mario Tomasi se casó con la rica heredera Francesca Caro y Celestre “heredera de la baronía de Montechiaro y señora de la isla de Lampedusa.” Mario era tío de Carlo Tomasi, duque de Palma, el cual en 1637 fundó el pueblo Palma di Montechiaro con la idea de crear “una nueva Jerusalén”. Sin embargo, decidió dejar la vida mundana otorgando título y propiedades a su hermano Giulio, quien se casó con Rosalía Traina (antes prometida de Carlo), recibiendo una buena dote.

El hijo mayor de la pareja, Giuseppe Maria, se hizo religioso a los 15 años rechazando los privilegios que le correspondían por ser el primogénito. Fue canonizado por Juan Pablo II en 1986.

Su hermana, Isabella, decidió hacerse monja por lo que el duque promovió la creación del mencionado convento en el cual ingresaron también sus otras hijas y, a su muerte, su mujer, Rosalía Traina.

En este punto se retoma el convulso periodo en el que fascistas y católicos luchaban entre sí. Tras la muerte del presidente de la junta diocesana, los fascistas acusaron a Peruzzo de provocador. Se castigó a los culpables y el propio religioso fue enviado a una pequeña diócesis:

“No consta que protestara, pero Peruzzo debió de sufrir mucho por aquel injusto castigo.
Doblemente injusto, porque Peruzzo era un declarado admirador del fascismo.
O, al menos, de aquella que consideraba la ‘revolución’ social del fascismo, una revolución que, al contrario que la bolchevique, no se oponía a los valores resumibles en dos palabras: Dios y familia.”

En 1932 se le dio el nombramiento de obispo de Agrigento y la atención a los problemas sociales que aquejaban a su nación fue para él primordial:
 “Mi mirada siempre se ha fijado de manera particular en nuestro pueblo, que trabaja con sacrificios inauditos, que sufre mucho y a menudo espera en vano una mano amiga que lo saque de su triste pobreza. Éste es el objeto principal de mis preocupaciones y de mis intervenciones.”

Peruzzo fue, pues, fue un luchador incansable a favor de los más necesitados; deseaba que hubiera una mejor repartición de la riqueza y de la tierra. Instaló “cocinas económicas” para dar de comer a los pobres a un bajo costo y durante la guerra cedió a la Cruz Roja el palacio episcopal. Se dice que para él, “el latifundio era una estructura de pecado.”

En 1945, Peruzzo decidió pasar dos meses en la Quisquina. Un día aciago, acompañado por el padre Graceffa, se dispuso a dar un paseo por el bosque. Ahí le dispararon dos tiros que lo dejaron en muy mal estado. Fue atendido con éxito por el buen cirujano Raimondo Borsellino, y al ser trasladado recibió grandes muestras de cariño y apoyo por parte de la gente que iba encontrando en el camino.

Toda la relación anterior es en realidad el contexto en que se inserta el asunto que el autor desea dar a conocer a los lectores. Durante los seis días que transcurrieron antes de que Peruzzo estuviera fuera de peligro “ocurrió algo largamente ignorado por todos.”

En 2004, Camilleri entró en contacto con un libro que describía temas relacionados con la ideología de Peruzzo. El libro contenía una nota a pie de página que vinculaba a las monjas del convento fundado por los Tomasi con lo sucedido al obispo, ya que se citaba una carta que éste recibió de la abadesa del monasterio de Palma di Montechiaro, sor Enrichetta Fanara, en la cual le revelaba un escalofriante suceso:

“No es oportuno decírselo, pero se lo decimos en señal de obeciencia. […] Cuando S.E. recibió aquel fusilazo y estaba a punto de morir, esta comunidad ofreció la vida de diez monjas para salvar la vida del pastor. El Señor aceptó la ofrenda y el cambio: diez monjas, las más jóvenes, dejaron la vida para prolongar la de su bienamado pastor.”

En el último capítulo, Camilleri se aventura a reconstruir estos hechos a través de diversas hipótesis y cuestionamientos. Describe las posibilidades siguiendo la secuencia que le parece más lógica, llegando incluso a deducir la forma en que murieron las monjas.

La primera parte de esta obra me pareció un tanto confusa porque incluye a muchos personajes relacionados con la ermita y el convento, pero vale la pena continuar porque el final plantea cuestiones muy profundas y complejas, como puede ser si el hecho de sacrificarse por alguien esperando un milagro es equiparable al suicidio o no, y si puede concordar con lo que predica el catolicismo.

Es una novela que impresiona y que mueve a la reflexión; no deja de sorprender que un suceso de estas características haya tenido lugar en pleno siglo XX.

09 febrero, 2010

Dulce jueves – John Steinbeck

Editorial Navona, 2008.
Escritor norteamericano (1902-1968).

Aunque debo reconocer que me gustó más Cannery Row, no quiero dejar pasar la oportunidad de hablar sobre la continuación en Dulce jueves (Sweet Thursday, 1954), novela que retoma la historia de Doc, de Mack y los muchachos, y de otros personajes tan entrañables como ellos, con la diferencia de que ahora el autor pone un subtítulo a cada capítulo y señala claramente las “florituras” cuando se desvía del tema central.

Volvemos al barrio de las conserveras en Monterey, California. La guerra ha modificado todo y el abandono es notable. Algunos personajes han desaparecido de escena para dar paso a otros no menos pintorescos, como Fauna, hermana de la fallecida Dora, que ahora se encargará de El Bandera del Oso, o el mexicano José y María, nuevo dueño de la tienda de comestibles que Lee Chong vendió para poder irse a comerciar a los Mares del Sur.

Doc sirvió en la guerra, dejando a cargo del Laboratorio de Biología al viejo Jingleballicks, pero al regresar se da cuenta de que su lugar de trabajo está completamente abandonado.  Es en este personaje en el que se centra principalmente la novela, ya que se encuentra deprimido y sin un propósito real que colme su vida, situación que causa un gran desasosiego en Mack y los muchachos, siempre dispuestos a ayudarlo.
Desde su muy particular punto de vista, Mack supone que Doc necesita a una mujer:

"Necesita una tía para discutir con ella."
"Conozco a un tipo que cada vez que se siente deprimido vuelve con su mujer. Ella le hace apreciar lo que tiene. Luego se vuelve a ir y se siente estupendamente."

Doc pretende centrar su atención en la realización de una monografía sobre pulpos, pero no lo logra por más que tenga papel y una buena cantidad de lápices afilados a su alcance. En realidad, Doc se siente solo; la palabra “solitario” llega a su mente una y otra vez.

Suzy, uno de los nuevos personajes, aparece en Cannery Row con un aspecto desamparado, y pronto consigue empleo en el sitio de Fauna, la cual se propone buscarle esposo al notar en ella pocas aptitudes para el oficio, ya que ostenta con orgullo una estrella dorada por cada una de las chicas que ha logrado hacer un buen matrimonio a pesar de haberse dedicado a la prostitución.

 La consiguiente historia de amor entre Doc y Suzy no me dejó muy satisfecha, ya que éste, a pesar de estar tan necesitado de una compañera estable, encuentra en ella defectos como la ignorancia (la llama “vagabunda iletrada”) y el propio de su condición. Las diferencias logran ser superadas pero la dureza de Doc al juzgar a la muchacha dice mucho acerca de una decisión difícil. Tal vez el autor quiso dejar de manifiesto que los inconvenientes debían pasarse por alto para poder cubrir necesidades afectivas más urgentes, pero lo cierto es que no allanó el camino. A veces la conveniencia de una situación vence cualquier obstáculo, aunque quizá perdure en lo más profundo.
El recurso de que Doc encontrase a José y María rondando la vieja caldera habitada por Suzy –quien decidió abandonar el prostíbulo-  me pareció muy trillado, pero permite comprobar que el ser humano reacciona mejor ante cierta presión.

 
De cualquier manera, en esta obra se tocan fibras muy sensibles; los personajes se vuelcan nuevamente en quien requiera de su unión mediante una causa común, dando así sentido a las vidas de todos por igual. Asimismo, la narración se encuentra plagada de frases tan incisivas como trascendentes, puestas en boca de unos seres que podrían parecer primarios, pero cuyas vidas se han encargado de enseñarles una filosofía muy particular, no exenta de sabiduría.
"Pero Fauna tenía la convicción, nacida de una larga experiencia, de que la mayoría de la gente: uno, no sabían lo que querían; dos, no sabían cómo conseguirlo; y tres, no se enteraban cuando lo conseguían."

El lenguaje me pareció un tanto menos lírico que el del libro anterior, pero con párrafos igualmente notables. Me gustó además la intertextualidad con tantas obras a las que Steinbeck se refiere constantemente, y el aspecto fantástico tan lleno de poesía que se aborda en algunos momentos.

“En la mañana del Dulce jueves, el sol le hizo una jugarreta. La persiana tenía un orificio no mayor que la cabeza de un alfiler. El sol juguetón recogió las actividades de Cannery Row, las deslizó por el orificio de aguja, las puso boca abajo y las proyectó en vivos colores sobre la pared del cuarto de Fauna.”

Buen libro que sin duda se disfrutará más si se lee antes Cannery Row.