Escritor irlandés (1854-1900).
En este conocido relato que fue publicado por primera vez en una revista en 1887, destacan ciertos elementos satíricos que lo convierten en un verdadero gozo para el lector.
Wilde elige una pequeña muestra representativa de la sociedad norteamericana, la cual se muestra indiferente ante los habitantes sobrenaturales de los ancestrales castillos ingleses, confrontando así a la modernidad americana con la rancia tradición fantasmagórica europea.
Pero la ironía de Wilde no se circunscribe a lo “moderno”, ya que satiriza a los propios ingleses al plasmar sus reacciones ante las apariciones ultraterrenas. Ambas culturas, contrapuestas, se desnudan ante la mirada certera de autor.
El cuento inicia cuando Mr. Otis, ministro de América, adquiere Canterville Chase. Se le advierte profusamente de la presencia del fantasma; lord Canterville incluso le narra varios sucesos escalofriantes, pero el ministro, con tono práctico y despreocupado, decide comprar la propiedad de cualquier manera, a la cual se traslada en breve con su familia aceptando contratar a Mistress Umney, la antigua ama de llaves.
Lo primero que atrae la atención de los recién llegados es una mancha de sangre que Washington, el hijo mayor, se apresura a limpiar con el quitamanchas “Campeón Pinkerton”, iniciando así una larga cadena de humillaciones hacia el fantasma encabezada por el propio Mr. Otis, quien se atreve a ofrecerle una botella de engrasador para mitigar el sonido de sus chirriantes cadenas.
El espectro se encuentra por primera vez en una situación terrorífica para sí mismo: por más que llegan a su memoria diversas situaciones célebres en las que acrecentó su fama y honor de ente escalofriante, falla en todos sus intentos por atraer la atención de la anodina e indiferente familia. Incluso los traviesos gemelos encuentran una fuente inagotable de diversión a costa suya. Los Otis toman una actitud que lo ofende profundamente al pretender aliviar sus hechos y ruidos obligados de fantasma.
“Jamás en toda su brillante carrera, que duraba ya trescientos años seguidos, fue injuriado tan groseramente. Se acordó de la duquesa viuda, en quien provocó una crisis de terror, estando mirándose al espejo, cubierta de brillantes y de encajes; de las cuatro doncellas a quienes había enloquecido, produciéndoles convulsiones histéricas […], del rector de la parroquia cuya vela apagó de un soplo cuando volvía el buen señor de la biblioteca a una hora avanzada, y que desde entonces se convirtió en mártir de toda clase de alteraciones nerviosas…”
Sus más oscuras elucubraciones son saboteadas al grado de que deja de reinventarse para replegarse a un insignificante papel aterrador con el fin de no perder la dignidad del todo.
El recuento de las experiencias a través de la muerte de Sir Simon, que así se llamó en vida el fantasma, se va perfilando con maestría. Poco a poco va surgiendo ante el lector como un ser triste y dolorido por su condena, hasta que un día se encuentra con la hija de los Otis, la joven Virginia, quien sintetiza lo que caracteriza a su propia nación:
“Conozco infinidad de personas que darían cien mil dólares por tener antepasados y que sacrificarían mayor cantidad aún por tener un fantasma de familia”.
En esta parte de la obra confluyen la tristeza del fantasma que lleva trescientos años sin dormir, sin poder acostarse y descansar, más la predestinación y la esperanza contenida en las vidrieras de la biblioteca:
“Cuando una joven rubia logre hacer brotar una oración de los labios del pecador, cuando el almendro estéril dé fruto y una niña deje correr su llanto, entonces, toda la casa recobrará la tranquilidad y volverá la paz a Canterville”.
La bondad de la profetizada doncella logrará que el fantasma alcance el descanso eterno en el añorado jardín:
“Allá lejos, pasado el pinar, hay un jardincito. La hierba crece en él alta y espesa; allí pueden verse las grandes estrellas blancas de la cicuta, allí el ruiseñor canta toda la noche…”
La ácida crítica que se hace al vacío cultural estadounidense, reflejado en la nula capacidad de asombro, se manifiesta también en la postura inglesa como reminiscencia hacia el romanticismo gótico del que también se nutre esta obra.
Después de todo, el poder de la buena voluntad y de la solidaridad se conjuga con el de la redención del ser humano, otro de los temas capitales de este pequeño gran libro.

















