04 marzo, 2010

Las ovejas y el pastor - Andrea Camilleri

Ediciones Destino, 2007.
Escritor italiano (1925).

Andrea Camilleri aborda un caso real en esta obra que causó un gran impacto en Italia y que ha sido objeto de controversia.

La narración inicia con la historia de una ermita erigida en un bosque llamado Quisquina. Numerosos personajes estuvieron involucrados con esta edificación, empezando con una joven noble, Rosalía Sinibaldi, que en 1150 decidió dedicarse a la vida contemplativa refugiándose en una galería subterránea que se encontraba en dicho bosque.
Ahí permaneció toda su vida y tras su muerte pasó al olvido durante unos 500 años, hasta que en 1624, durante una peste en Palermo, se apareció milagrosamente a un cazador, revelándole que la epidemia terminaría si sacaban sus huesos de la gruta y los llevaban en procesión.
Como consecuencia de estos hechos afortunados (la peste, en efecto, cesó), santa Rosalía fue proclamada patrona de Palermo y la gruta se volvió un lugar de devoción junto al cual se construyó una capilla.

En 1690, el comerciante Francesco Scassi erigió ahí mismo un monasterio y una iglesia. Pese a las duras condiciones para poder ser admitidos al santuario, muchos se sumaron movidos por vocación o por escapar de la justicia, como fue el caso de Bartolomeo Pii, quien se ocultó bajo el nombre de Fray Vincenzo: “Siempre es mejor ser un ermitaño libre que estar encarcelado.”

Después, la Quisquina llegó a ser también un sitio de reposo para nobles y eclesiásticos de alto rango.

Fue hasta 1922 cuando las cosas cambiaron porque uno de los frailes fue encontrado asesinado. En ese mismo año el fascismo se asentaba en Italia y dejaron de enviarse a la ermita las donaciones habituales -además de que ya no se percibieron herencias-, por lo que sus habitantes apenas sobrevivían.

En 1928 se ordenó la disolución de la comunidad, pero muchos permanecieron  viviendo del robo e incluso dando asilo a fugitivos. El obispo de Agrigento, Giovanni Battista Peruzzo, decidió poner remedio a esta situación.

Más adelante se describen las circunstancias de la formación de un convento y de la familia Tomasi, “a la que pertenece Giuseppe, el autor de El gatopardo”.
Mario Tomasi se casó con la rica heredera Francesca Caro y Celestre “heredera de la baronía de Montechiaro y señora de la isla de Lampedusa.” Mario era tío de Carlo Tomasi, duque de Palma, el cual en 1637 fundó el pueblo Palma di Montechiaro con la idea de crear “una nueva Jerusalén”. Sin embargo, decidió dejar la vida mundana otorgando título y propiedades a su hermano Giulio, quien se casó con Rosalía Traina (antes prometida de Carlo), recibiendo una buena dote.

El hijo mayor de la pareja, Giuseppe Maria, se hizo religioso a los 15 años rechazando los privilegios que le correspondían por ser el primogénito. Fue canonizado por Juan Pablo II en 1986.

Su hermana, Isabella, decidió hacerse monja por lo que el duque promovió la creación del mencionado convento en el cual ingresaron también sus otras hijas y, a su muerte, su mujer, Rosalía Traina.

En este punto se retoma el convulso periodo en el que fascistas y católicos luchaban entre sí. Tras la muerte del presidente de la junta diocesana, los fascistas acusaron a Peruzzo de provocador. Se castigó a los culpables y el propio religioso fue enviado a una pequeña diócesis:

“No consta que protestara, pero Peruzzo debió de sufrir mucho por aquel injusto castigo.
Doblemente injusto, porque Peruzzo era un declarado admirador del fascismo.
O, al menos, de aquella que consideraba la ‘revolución’ social del fascismo, una revolución que, al contrario que la bolchevique, no se oponía a los valores resumibles en dos palabras: Dios y familia.”

En 1932 se le dio el nombramiento de obispo de Agrigento y la atención a los problemas sociales que aquejaban a su nación fue para él primordial:
 “Mi mirada siempre se ha fijado de manera particular en nuestro pueblo, que trabaja con sacrificios inauditos, que sufre mucho y a menudo espera en vano una mano amiga que lo saque de su triste pobreza. Éste es el objeto principal de mis preocupaciones y de mis intervenciones.”

Peruzzo fue, pues, fue un luchador incansable a favor de los más necesitados; deseaba que hubiera una mejor repartición de la riqueza y de la tierra. Instaló “cocinas económicas” para dar de comer a los pobres a un bajo costo y durante la guerra cedió a la Cruz Roja el palacio episcopal. Se dice que para él, “el latifundio era una estructura de pecado.”

En 1945, Peruzzo decidió pasar dos meses en la Quisquina. Un día aciago, acompañado por el padre Graceffa, se dispuso a dar un paseo por el bosque. Ahí le dispararon dos tiros que lo dejaron en muy mal estado. Fue atendido con éxito por el buen cirujano Raimondo Borsellino, y al ser trasladado recibió grandes muestras de cariño y apoyo por parte de la gente que iba encontrando en el camino.

Toda la relación anterior es en realidad el contexto en que se inserta el asunto que el autor desea dar a conocer a los lectores. Durante los seis días que transcurrieron antes de que Peruzzo estuviera fuera de peligro “ocurrió algo largamente ignorado por todos.”

En 2004, Camilleri entró en contacto con un libro que describía temas relacionados con la ideología de Peruzzo. El libro contenía una nota a pie de página que vinculaba a las monjas del convento fundado por los Tomasi con lo sucedido al obispo, ya que se citaba una carta que éste recibió de la abadesa del monasterio de Palma di Montechiaro, sor Enrichetta Fanara, en la cual le revelaba un escalofriante suceso:

“No es oportuno decírselo, pero se lo decimos en señal de obeciencia. […] Cuando S.E. recibió aquel fusilazo y estaba a punto de morir, esta comunidad ofreció la vida de diez monjas para salvar la vida del pastor. El Señor aceptó la ofrenda y el cambio: diez monjas, las más jóvenes, dejaron la vida para prolongar la de su bienamado pastor.”

En el último capítulo, Camilleri se aventura a reconstruir estos hechos a través de diversas hipótesis y cuestionamientos. Describe las posibilidades siguiendo la secuencia que le parece más lógica, llegando incluso a deducir la forma en que murieron las monjas.

La primera parte de esta obra me pareció un tanto confusa porque incluye a muchos personajes relacionados con la ermita y el convento, pero vale la pena continuar porque el final plantea cuestiones muy profundas y complejas, como puede ser si el hecho de sacrificarse por alguien es equiparable al suicidio o no, y si puede concordar con lo que predica el catolicismo.

Es una novela que impresiona y que mueve a la reflexión; no deja de sorprender que un suceso de estas características haya tenido lugar en pleno siglo XX.

09 febrero, 2010

Dulce jueves – John Steinbeck

Editorial Navona, 2008.
Escritor norteamericano (1902-1968).

Aunque debo reconocer que me gustó más Cannery Row, no quiero dejar pasar la oportunidad de hablar sobre la continuación en Dulce jueves (Sweet Thursday, 1954), novela que retoma la historia de Doc, de Mack y los muchachos, y de otros personajes tan entrañables como ellos, con la diferencia de que ahora el autor pone un subtítulo a cada capítulo y señala claramente las “florituras” cuando se desvía del tema central.

Volvemos al barrio de las conserveras en Monterey, California. La guerra ha modificado todo y el abandono es notable. Algunos personajes han desaparecido de escena para dar paso a otros no menos pintorescos, como Fauna, hermana de la fallecida Dora, que ahora se encargará de El Bandera del Oso, o el mexicano José y María, nuevo dueño de la tienda de comestibles que Lee Chong vendió para poder irse a comerciar a los Mares del Sur.

Doc sirvió en la guerra, dejando a cargo del Laboratorio de Biología al viejo Jingleballicks, pero al regresar se da cuenta de que su lugar de trabajo está completamente abandonado.  Es en este personaje en el que se centra principalmente la novela, ya que se encuentra deprimido y sin un propósito real que colme su vida, situación que causa un gran desasosiego en Mack y los muchachos, siempre dispuestos a ayudarlo.
Desde su muy particular punto de vista, Mack supone que Doc necesita a una mujer:

"Necesita una tía para discutir con ella."
"Conozco a un tipo que cada vez que se siente deprimido vuelve con su mujer. Ella le hace apreciar lo que tiene. Luego se vuelve a ir y se siente estupendamente."

Doc pretende centrar su atención en la realización de una monografía sobre pulpos, pero no lo logra por más que tenga papel y una buena cantidad de lápices afilados a su alcance. En realidad, Doc se siente solo; la palabra “solitario” llega a su mente una y otra vez.

Suzy, uno de los nuevos personajes, aparece en Cannery Row con un aspecto desamparado, y pronto consigue empleo en el sitio de Fauna, la cual se propone buscarle esposo al notar en ella pocas aptitudes para el oficio, ya que ostenta con orgullo una estrella dorada por cada una de las chicas que ha logrado hacer un buen matrimonio a pesar de haberse dedicado a la prostitución.

 La consiguiente historia de amor entre Doc y Suzy no me dejó muy satisfecha, ya que éste, a pesar de estar tan necesitado de una compañera estable, encuentra en ella defectos como la ignorancia (la llama “vagabunda iletrada”) y el propio de su condición. Las diferencias logran ser superadas pero la dureza de Doc al juzgar a la muchacha dice mucho acerca de una decisión difícil. Tal vez el autor quiso dejar de manifiesto que los inconvenientes debían pasarse por alto para poder cubrir necesidades afectivas más urgentes, pero lo cierto es que no allanó el camino. A veces la conveniencia de una situación vence cualquier obstáculo, aunque quizá perdure en lo más profundo.
El recurso de que Doc encontrase a José y María rondando la vieja caldera habitada por Suzy –quien decidió abandonar el prostíbulo-  me pareció muy trillado, pero permite comprobar que el ser humano reacciona mejor ante cierta presión.

 
De cualquier manera, en esta obra se tocan fibras muy sensibles; los personajes se vuelcan nuevamente en quien requiera de su unión mediante una causa común, dando así sentido a las vidas de todos por igual. Asimismo, la narración se encuentra plagada de frases tan incisivas como trascendentes, puestas en boca de unos seres que podrían parecer primarios, pero cuyas vidas se han encargado de enseñarles una filosofía muy particular, no exenta de sabiduría.
"Pero Fauna tenía la convicción, nacida de una larga experiencia, de que la mayoría de la gente: uno, no sabían lo que querían; dos, no sabían cómo conseguirlo; y tres, no se enteraban cuando lo conseguían."

El lenguaje me pareció un tanto menos lírico que el del libro anterior, pero con párrafos igualmente notables. Me gustó además la intertextualidad con tantas obras a las que Steinbeck se refiere constantemente, y el aspecto fantástico tan lleno de poesía que se aborda en algunos momentos.

“En la mañana del Dulce jueves, el sol le hizo una jugarreta. La persiana tenía un orificio no mayor que la cabeza de un alfiler. El sol juguetón recogió las actividades de Cannery Row, las deslizó por el orificio de aguja, las puso boca abajo y las proyectó en vivos colores sobre la pared del cuarto de Fauna.”

Buen libro que sin duda se disfrutará más si se lee antes Cannery Row.

28 enero, 2010

El vampiro. La familia del vurdalak – Alekséi K. Tolstoi

 Alianza Editorial, 2009.  

Alekséi Konstantínovich Tolstoi (1817- 1875), pariente lejano del famoso León Tolstoi, incursiona en la figura del vampiro en dos relatos que abordan el tema con importantes variantes. La base del primero está en la tradición del upir, mientras que el segundo habla del vurdalak, un ser que centrará su siniestra atención en los miembros de su familia.

Estos escritos se fundamentan, por consiguiente, en antiguas leyendas eslavas que otorgan uno de los más sólidos fundamentos a las características primarias del vampiro, las cuales se desarrollarán y adquirirán un sólido perfil a través de la literatura del siglo XIX. El vampiro eslavo es un ser terrible que en vida pudo haber sido un perverso malhechor o víctima de una muerte violenta, lo que le llevaría a revestirse de tan macabras características, como alimentarse de la sangre de sus víctimas. A estos seres se les podía evadir e incluso vencer clavándoles una estaca en el corazón o decapitándolos, como es sabido, entre infinidad de recursos aportados a través del tiempo por la supersticiosa inventiva popular. La riqueza de estas tradiciones supone múltiples variantes que generalmente convergen en la tétrica naturaleza de estos seres necesitados del líquido vital.

El primer cuento (El vampiro) inicia en un baile en donde el protagonista, Runevski, se encuentra con un desconocido que le señala la presencia de upires (vampiros), y le muestra cómo distinguirlos, ya que estos hacen un curioso chasquido con la lengua. Runevski se muestra un tanto escéptico, pero la suerte lo lleva a relacionarse ahí mismo con la brigadiera Sugrobina (una supuesta upir) y con su nieta Dasha, de quien se enamora inmediatamente.

Más tarde visita la inquietante mansión de Sugrobina, donde diversos presagios y situaciones hacen que medite lo dicho por el hombre del baile, y a pesar de que trata de convencerse de que todo es producto de la casualidad, la incertidumbre se apodera de él, y con razón, ya que su permanencia esa noche en una lúgubre habitación lo lleva a encontrarse con el fantasma de una mujer de la familia, cuya historia se enlaza con otros hechos relevantes.

Esta narración entremezcla, entre situaciones oníricas y alucinantes, sucesos tanto en Rusia como en Italia, así como varias anécdotas dentro de la historia principal, que contribuyen a crear un ambiente complejo y un tanto confuso, cargado de profecías, maldiciones, símbolos y antiguas querellas entre estirpes diversas.

Cabe aclarar que este sobrecargado conjunto se superpone a cualquier intención de infundir miedo que pudiera encontrarse en el relato.

El segundo, La familia del vurdalak, es uno de los mejores cuentos de terror que yo haya leído. Inicia de manera convencional, cuando en una reunión en Viena el marqués D’Urfé propone a sus contertulios contarles un suceso vivido por él mismo, ya que desea narrar una historia verosímil y no conocida a través de terceros.
Este personaje comienza su relato remontándose a la ocasión en que visitó un pueblo serbio en la ruta hacia una misión diplomática, en 1756. Detenido por el hielo del río, se ve obligado a hospedarse en una casa cuyos habitantes se encuentran totalmente abatidos.

Resulta que Gorcha, fundador de la familia, marcha en busca de un bandido turco, no sin antes advertir a su mujer, hijos y nietos que si vuelve en un periodo mayor a diez días no deberán permitirle la entrada al hogar, porque sin duda se habría convertido en un vurdalak “dispuesto a chuparles la sangre”. Les pide también que, en ese caso, le atraviesen la espalda con una estaca. El plazo está por cumplirse ese mismo día.

El marqués procura situar a sus oyentes en el contexto correcto:
“Es preciso que les aclare ahora, queridas señoras, que los vurdalaks, término con que se denomina en los pueblos eslavos a los vampiros, no son otra cosa, según la creencia de los habitantes de estas regiones, que muertos que salen de sus tumbas para chupar la sangre de los vivos. A grandes rasgos poseen los mismos hábitos que los demás vampiros, aunque gozan de una particularidad que los hace aún más peligrosos. Los vurdalaks, mi queridas señoras, chupan preferentemente la sangre de sus familiares más próximos y de sus mejores amigos, los cuales una vez muertos se transforman también en vampiros…”

La familia y el señor D’Urfé ven llegar al viejo Gorcha esa noche, dentro de un lapso tan amenazador como impreciso, pero cuya realidad no tarda en hacerse notar, ya que ni su propio perro es capaz de reconocerlo.
El marqués intenta dormir, pero la presencia vigilante del vurdalak en la ventana de su habitación hace que se dé cuenta de que éste pretende llevarse a uno de sus nietos, por lo que alerta a los durmientes y Gueorgui, padre del chico, sale de inmediato en su búsqueda al no haber podido detenerlo.

En este ambiente tan tenso y escalofriante, D’Urfé se siente inmensamente atraído por Zdenka, hija del vampiro, y este añadido amoroso al relato se integra de forma tan natural (al ser, junto al erotismo, uno de los componentes esenciales del género), que sólo contribuye a redondearlo.

El marqués parte a instancias de Gueorgui en cuanto mejora el clima y seis meses después -una vez que hubo concluido los asuntos que lo condujeron hasta esos lugares- regresa por el mismo camino, encontrándose con un pueblo desolado en el que ningún viajero se atreve a pernoctar, salvo él…

El resto del relato se narra en forma tan vertiginosa y trepidante que el lector se cuidará de no abandonar el libro hasta el final. 

Reto de lectura México 2010


En el blog de Richard me encontré un interesante reto de lectura que me remitió a Classical  Bookworm, sitio en el cual se propone la lectura de tres libros de autores mexicanos en 2010, como parte de las celebraciones del Bicentenario de la Independencia y el Centenario de la Revolución.

El reto se sustenta principalmente en la lectura de obras literarias, artísticas o históricas.

Me uno y dejo mi lista de posibilidades:

Casi nunca - Daniel Sada
Constancia y otras novelas para vírgenes - Carlos Fuentes
Domar a la divina garza - Sergio Pitol (relectura)
Los recuerdos del porvenir - Elena Garro
Los pasos de López - Jorge Ibargüengoitia
El fin de la locura - Jorge Volpi
Este que ves - Xavier Velasco
Ángeles del abismo - Enrique Serna (relectura)
Fruta verde - Enrique Serna
El principio del placer - José Emilio Pacheco
Las visitaciones del diablo - Emilio Carballido
Noticias del imperio - Fernando del Paso
Otilia Rauda - Sergio Galindo (relectura)
El barco de los muertos - Bruno Traven

Gracias a Richard. :)

17 enero, 2010

El marino que perdió la gracia del mar – Yukio Mishima

Alianza Editorial, 2009.
Escritor japonés (1925-1970).

Dividido en Verano e Invierno, el libro inicia con los días más calurosos y un acercamiento a  Norobu, el precoz hijo de trece años de Fusako, joven viuda que ha sacado adelante el negocio legado por su marido. La llegada al puerto del carguero Rakuyo lleva al chico, ferviente admirador de los barcos, a pedirle a su madre que consiga un permiso para conocerlo. Una vez en la embarcación, el marino Ryuji se encarga de conducir la visita, estableciendo casi de inmediato una relación amorosa con Fusako, que desde ese momento estará bajo la áspera supervisión de Norobu.

La figura del marino se perfila a profundidad mediante algunos capítulos que van intercalando digresiones reminiscentes e introspectivas. Ryuji ha vivido muchos años en el mar y la vieja antipatía por la tierra comienza a disolverse en secretas añoranzas. Asimismo, se encuentra en una constante búsqueda de las palabras adecuadas para expresar todo lo que permanece contenido en su interior. Los discursos se evaporan antes de lograr su cometido, pero las ideas permanecen claras en su mente:

«Había querido hablar del mar y podía haber dicho algo como esto: “Fue el mar, más que ninguna otra cosa quien hizo que empezara a pensar en secreto acerca del amor. Un amor, ya sabes, por el que valga la pena morir, o un amor que te consuma. El mar, para un hombre encerrado todo el tiempo en un barco de acero, es algo muy parecido a una mujer. Le son familiares sus tormentas y sus calmas, o sus caprichos, o la belleza de su seno al reflejar el sol poniente. Y más aún: estás en un barco que monta el mar y lo cabalga, y al que sin embargo el mar constantemente se resiste. Es el viejo proverbio acerca de las millas y millas de agua maravillosa donde, sin embargo, no puedes apagar tu sed.”»

 Fusako, por su parte, es el prototipo de mujer solitaria y occidentalizada que ha sacado adelante a su pequeña familia, pero que añora la compañía de un hombre que la redima -ante la cerrada sociedad- de vivir sola y valerse por sí misma. Es la madre ilusa que piensa que su hijo es un muchacho inocente que va por buen camino, y que no es capaz de vislumbrar y ponderar la realidad en este sentido. De hecho,  Norobu es mucho más distinto de lo que Fusako podría imaginar, ya que suele reunirse con un grupo de jóvenes  provenientes de familias un tanto disfuncionales que desean establecer un nuevo orden del mundo. Para lograr esto, se dedican a fortalecer la impasibilidad; la ausencia de dolor o pasión ante hechos externos mediante lo cual accederían a “un poder real sobre la existencia”.  La manera de obtener tal resistencia puede llegar a ser muy cruda, pero ellos sólo piensan en que harán un bien a la sociedad. En realidad nos encontramos ante chicos exaltados que se han contaminado con su particular modo de apropiarse de fundamentos arcaicos y muy rígidos.

Cuando Norobu conoce a Ryuji en el carguero se ilusiona ante la idea de poder penetrar en los secretos del mar y de los barcos. Sin embargo, el marino lo decepciona una y otra vez con sus actitudes amables y sus intenciones conciliadoras. 

En la segunda parte (Invierno), la relación entre el marino y Fusako evoluciona al grado de pensar en matrimonio. La pareja vive envuelta en un intenso erotismo teñido por la curiosidad que Norobu satisface a través de un hueco en el armario de su habitación.

 El muchacho se debate en un mundo de celos e intolerancia; de crítica constante e implacable hacia Ryuji y su madre.  El riguroso registro que lleva acerca de todos los errores y vacilaciones que han hecho de su futuro padrastro la mofa de la pandilla, llega a su culminación cuando se decide la suerte del marino, ignorante del complejo entramado que han construido los chicos en torno a su persona -y a sí mismos- mediante una conciencia colectiva que se va haciendo más compacta y sólida al estar liderada por el “jefe”, el amigo de Norobu con más arrojo y determinación, y el más “consciente” de una “naturaleza privilegiada” que han asumido como propia:

“Estoy seguro de que todos vosotros sabéis en qué reside vuestro deber. Cuando la pieza de un mecanismo se desencaja, nuestro deber es hacerla volver a su posición correcta. Si no lo hacemos, el orden se convertirá en un caos. Todos sabemos que el mundo está vacío y que lo importante, lo único, es tratar de mantener el orden en dicha vacuidad.”

 Cada uno de los personajes se encuentra inmerso en su propia problemática y el futuro se va erigiendo a través del azar, enlazando lo que no debería estar enlazado, haciendo que unas vidas tropiecen y se resquebrajen al chocar con otras. Madre e hijo son dos desconocidos que han convivido durante años sin encontrarse realmente. Ella ha edificado un mundo de fantasía en torno a Norobu, mientras él comienza a percatarse de la esencia de Fusako –que deduce como ridícula- al toparse con la oportunidad de valorar sus acciones bajo una mirada distinta a la habitual. 
Por su parte, Ryuji, poseedor de un denso torbellino interior, se debate entre la tierra y el mar; entre la indecisión que lo ha llevado a identificarse con ciertas líneas musicales: “Ahora mi hogar es el mar: así lo he decidido. Pero también debo dejar caer una lágrima.”  Mar y tierra siempre contrapuestos, tan palpable el uno como irreal la otra ante su mirada, en una disyuntiva infinita.

Mishima narra una historia dura sin permitir que el lector se involucre demasiado con los personajes. Esta distancia hace que la imparcialidad de lo leído se introduzca en el receptor con la ecuanimidad necesaria para asimilar, en la medida de lo posible, la firmeza de lo que el autor desea transmitir. El ser humano, a merced de sus fantasmas interiores y de sus intereses, puede quedar completamente a la deriva, ignorante e inerme ante otras mentes que pueden dar la impresión de indefensión, pero cuyos resquicios destilan la ponzoña de unas ideas peligrosamente asimiladas.  


09 enero, 2010

El Horla - Guy de Maupassant

Alianza Editorial, 2001. 
Escritor francés (1850-1893).

El Horla es un relato perturbador que incursiona en los más profundos recovecos de la mente humana.
El personaje principal narra en primera persona, a manera de un diario, los diversos encuentros con un ser invisible que poco a poco va tomando posesión de su persona, cuestión que lo lleva a realizar hondas reflexiones acerca de lo desconocido y de aspectos tan comunes como la ansiedad, la incertidumbre, el temor, la debilidad o la soledad.

“¡Qué profundo es este misterio de lo invisible! No lo podemos sondear con nuestros miserables sentidos, con nuestros ojos que no saben percibir ni lo demasiado pequeño ni lo demasiado grande, ni lo demasiado próximo ni lo demasiado remoto, ni los habitantes de una estrella ni los habitantes de una gota de agua…”

El ser humano no posee órganos suficientes para descubrir un mundo cuyos secretos trascienden cualquier intento por penetrarlos, aunque tiene la opción de percibirlos de algún modo.

Todo comienza cuando el protagonista advierte una presencia incierta a su alrededor, hecho que se manifiesta en él a través de una inquietud abismal, del insomnio y de momentos angustiantes que describe con todo detalle y repetidamente durante un proceso de dominio a través del cual la extraña criatura va ganando terreno físico y psicológico.
En un principio la vía de contacto es el sueño, donde prevalece la sensación de que alguien sube a la cama e intenta estrangularlo. Más adelante, la mecánica del ente se va modificando:

“Esta noche he notado a alguien agazapado, sobre mí y que, con la boca pegada a la mía, se me bebía la vida con sus labios. Sí, la sorbía de mi garganta, como hubiera hecho una sanguijuela.”

El hombre intenta obtener cierto control de la situación, y pronto se da cuenta de que al sutil visitante le gusta beber la leche y el agua de que dispone en una mesa, aunque no deja de pensar en que quizá sea él mismo quien, poseído, lo hace, por lo que se asegura de lo contrario en forma ingeniosa.  Después logra adivinar la silueta de la entidad, mientras su percepción se agudiza en forma notable. En algunas ocasiones la criatura lo domina por completo, pero la lucha encarnizada continúa, ya que no desistirá ante su intención de apropiarse de esta misteriosa proximidad, de investigarla y de buscar la manera de vencerla.

El Horla es como él llama a esta especie de vampiro que además de beber leche y agua se alimenta de la vida de otros a través del sueño; un ser tan insólito como factible en un universo del que no se conoce más que la “cienmilésima parte”. Esta idea se manifiesta dos veces, por lo que de alguna manera abre y cierra el texto, acentuando la intención del autor de explorar los misterios de lo imperceptible al ojo humano.

“¡Un ser nuevo! ¿Por qué no? ¡Seguramente tenía que venir! ¿Por qué íbamos a ser nosotros los últimos? ¡Y no lo distinguimos al igual que a todos los demás seres creados antes que nosotros! Es porque su naturaleza es más perfecta, su cuerpo más sutil y acabado que el nuestro, que el nuestro tan débil, tan torpemente concebido, atestado de órganos perennemente fatigados…”

El ambiente alucinante, de pesadilla, y de una locura que el personaje intenta rechazar a toda costa, se combina con sobrias observaciones sobre la realidad en este extraordinario relato. 

28 diciembre, 2009

Nieve - Maxence Fermine

Anagrama, 2001.
Escritor francés (1968).

En este relato o novela corta, Fermine nos conduce al arte de la poesía -en forma de haiku- que ha subyugado a un joven japonés llamado Yuko Akita.
Corre el año de 1884, el padre de Yuko es un sacerdote sintoísta que lo ha educado en lo esencial para la vida:
“Le enseñó a su hijo la fuerza del cosmos, la importancia de la fe, el amor a la naturaleza. Le enseñó también el arte de componer haikus.”

A los diecisiete años, el muchacho debe elegir oficio entre las dos opciones que su familia ha considerado como válidas por generaciones: la religión y el ejército.  Sin embargo, declara que quiere ser poeta, a lo que el padre, contrariado, responde: “La poesía no es un oficio. Es un pasatiempo. Un poema es agua que corre. Como este río.”  Para el joven, la poesía lo es todo.

“Una mañana, el ruido de la jarra de agua al estallar hace germinar en la mente una gota de poesía, despierta el alma y transmite su belleza. Es el momento de decir lo indecible. Es el momento de viajar sin moverse. Es el momento de ser poeta.
No adornar nada, No hablar. Mirar y escribir. En pocas palabras. Diecisiete sílabas. Un haiku.”

Un día, el sacerdote le señala la ruta de las nevadas montañas, lugar en el que deberá meditar su decisión. Es ahí donde el joven encuentra la inspiración en la nieve. “La nieve es un poema. Un poema de resplandeciente blancura.”

De esta forma, Yuko comienza a adiestrarse en el tema de la nieve, escribiendo en papel de seda y comentando con el padre las características protectoras que el sutil elemento aporta a la naturaleza, su poder de transformación y la blancura que le confiere una “gran pureza”.

Auspiciado por la magia del número siete, Yuko continúa en la búsqueda de la perfección poética, hasta que su arte llega a oídos de la corte, por lo que un emisario acude a constatar la belleza de sus escritos. Tras leer los pergaminos que adornan las paredes de una habitación, el enviado se pronuncia a favor de la excelencia de los poemas, aunque le parecen demasiado blancos, casi invisibles, por lo que decide enviar al muchacho con el poeta y pintor ciego Soseki para que le enseñe a colorearlos. “Si quieres llegar a ser un maestro, tienes que poseer los dones del artista absoluto.”

Yuko se dirige hacia el sur y en el camino encuentra a una hermosa mujer rubia en un ataúd de hielo, de la cual se enamora al instante y cuya historia ligará después a la del viejo Soseki.

Una vez en los dominios del maestro, el aprendizaje del color se une a la idea del funambulismo como alegoría de la senda perfecta y sin tropiezos que se debe seguir en el arte de la poesía.

“El color no está fuera. Está en tu interior.”

“Yuko, no serás un poeta completo hasta que integres en tu escritura las nociones de pintura, de caligrafía, de música y de danza. Y, sobre todo, hasta que domines el arte del funambulismo.”

“En realidad, lo más difícil es convertirse en un funámbulo de la palabra.”

Escrita con un profundo lirismo, en esta obra confluyen los ideales más elevados de la poesía, aunados a obsesiones por la belleza, el amor y la limpidez necesaria para alcanzar las fervientes aspiraciones creadoras. El joven poeta se esforzará por dar color a los poemas a la par que a su corazón.

Transcribo algunos de los haikus que se recogen en el libro:

Estalla el jarro de agua
(ha helado esta noche)
me despierta
Bashō

Viento invernal
un sacerdote sinto
vaga por el bosque
Issa

El frío es penetrante
beso una flor de ciruelo
en sueños
Sōseki

En la landa nevada
si muero seré
un buda de nieve
Chosui

11 diciembre, 2009

El siglo de las luces – Alejo Carpentier


Siglo XXI, 2006.    
Escritor cubano (1904 -1980).

Las teorías manejadas en una época marcada por ideas novedosas, independentistas, y respetuosas del ser humano, que llevadas a la práctica distaron mucho de sus elevados propósitos, son contadas en una historia que habla de Francia como el constante referente, pero situada en la isla de Cuba y, principalmente, en las Antillas francesas, donde la esclavitud y los viejos métodos para llevar el orden comienzan a tambalearse.

Una antigua casa de La Habana nos introduce en un ambiente que envuelve desde el principio. Carlos, Sofía y su primo Esteban han perdido al padre que hasta  entonces se había hecho cargo del floreciente negocio, arrojándolos de improviso a una vida anárquica, apenas contemplada por el albacea que cumple hasta el último de sus caprichos, pero cuyos manejos financieros no quedan del todo claros.

El almacén de la familia destaca con sus "calles" abarrotadas de infinidad de productos de todo tipo, desde los aromáticos hasta los malolientes, así como el reflejo de La Habana dentro de ese ambiente tan húmedo y cargado -pero floreciente-, con el salitre adueñándose de las construcciones, con  sus festividades y escenas más pintorescas.

Poco a poco la casa va llenándose de infinidad de artículos enviados en cajas que los muchachos no terminan de abrir. Sofía se vuelca en Esteban (que padece asma), anunciando que no volverá al a la vida religiosa; Carlos permanece adaptándose al nuevo estilo de vida, mientras la figura del padre se establece en retrospectiva no sin cierta discordancia, ya que pese a estar continuamente ausente, mantenía el orden enérgicamente: siempre trabajando mientras la hija permanecía en el convento, mientras Esteban sorteaba en casa su enfermedad, y en tanto que Carlos cumplía órdenes "espartanas", destinadas a forjar un carácter que no implicase ideas novedosas (por eso se había cuidado de enviarlo a estudiar Leyes).

Pronto aparece en escena Víctor Hugues, un francés que inunda la casa con una frescura inusual: saca y ordena el contenido de las cajas contagiando a los chicos el espíritu renovador, les ayuda a atravesar sin mayor novedad un huracán; deduce y aclara las verdaderas y negativas intenciones de don Cosme, el sospechoso albacea, y propicia la curación de Esteban.
Molesto, el albacea lo acusa a su vez de francmasón, cosa que le viene muy mal por los intereses de la época, ya que a la Corona española no le convenía que en sus colonias hubiese gente de ideas liberales. Sin embargo, el espíritu de la Ilustración se manifiesta en cada acción en pro de la libertad y en las conversaciones revolucionarias:
"Es tan evidente que tal o cual privilegio debe ser abolido, que se procede a abolirlo; es tan cierto que tal opresión es odiosa, que se dictan medidas contra ella; está claro que tal personaje es un miserable, que se le condena a muerte por unanimidad, Y, una vez saneado el terreno, se procede a edificar la Ciudad del Futuro."

Víctor se ve forzado a abandonar el lugar y emigra con Esteban a Francia, lugar en el que después de un tiempo se separan y donde este último penetra en el ámbito de las logias, participando en los intentos de los revolucionarios por llevar sus ideas a España, país en que las arraigadas tradiciones no permiten una buena apertura a cambios tan radicales.

Esteban anhela ser partícipe de una corriente que aportaría cambios sustanciales a la historia, pero no termina por involucrarse de lleno. Más adelante pasa un tiempo en España, y es ahí donde una percepción un tanto incierta comienza a concretarse, anunciando a su vez la complejidad de la situación:
"A medida que pasaba el tiempo, advertía Esteban que el alejamiento de París poblaba su espíritu de confusiones, acabando por no entender los procesos de una política en constante mutación, contradictoria, paroxística, devoradora de sí misma, enrevesada en comités..."

Al fin logra reencontrarse con Víctor, ahora ferviente admirador de Robespierre, y consigue la promesa de volver a América (los extranjeros comienzan a ser mal vistos en Francia, se empieza a dar crédito a cualquier acusación, por lo que el panorama europeo aparece un tanto agotado ante los ojos de Esteban). Hugues lo contrata como escribano, y poco después se embarcan entre las ya no tan tajantes ideas en favor de la libertad y los derechos del hombre y la presencia de la guillotina como palpable pero desconcertante estandarte de una revolución en principio ideológica. 

Víctor se encuentra completamente transformado, toma muy en serio su papel y se comporta muy estricto con los tripulantes. Al iniciar el trayecto evitan a los ingleses, pero al llegar a las islas también tienen que enfrentarse continuamente con ellos, aunque Hugues sale triunfante de todos los conflictos (mientras que no todos sus subalternos corren con tanta suerte).

En este punto me llamó la atención la reflexión de Esteban ante la postura ya francamente corrupta de Víctor, quien acata sin dudar el camino tomado por la Revolución, aceptando la religión si ésta lo hace; subordinándose a los principios impuestos en todo momento, mientras él mismo, cuestionando todo eso, se define como un ser mucho más auténtico.  

Sobre esto se encuentra, desde luego, la discordancia del propio movimiento:
"Hojeando los periódicos que el otro había visto ya, Esteban se enteró con estupor de la celebración de la Fiesta del Ser Supremo, y lo que era más desconcertante aún, de la condena del ateísmo como actitud inmoral y, por consiguiente, aristocrática y contrarrevolucionaria. Los ateos, de repente, eran considerados como enemigos de la República."

En la Guadalupe, la guillotina comienza a hacer su trabajo y a pasear por otros pueblos dando el consabido y grotesco espectáculo, amenizado por ese espíritu festivo que ha quedado reflejado en una gran cantidad de obras y documentos históricos.

La incipiente abolición de la esclavitud también resulta incierta, porque los negros liberados son obligados a trabajar de cualquier manera.

Víctor sospecha que en Francia hay cambios, pero ahora prefiere ignorarlos, siempre temeroso de que el comunicado de su destitución se avecine. Esteban se encuentra atrapado por las circunstancias y un tanto desesperado; cree que trabajando como escribano de estos navegantes no llegará a ningún lado, y con razón, ya que Hugues no pretende obedecer las órdenes emitidas por Francia o las novedades como la paz con España, por lo que la supuesta defensa sólo los ha transformado en piratas.

 Más adelante, Esteban encuentra la oportunidad de volver a casa gracias a un salvoconducto aportado por Víctor, quien además de hacerle algún encargo, le aclara: 
“No sé lo que pensarás de mí. Acaso que soy un monstruo. Pero hay épocas, recuérdalo, que no se hacen para hombres tiernos.”
Una vez en La Habana, el muchacho rehúye las responsabilidades del trabajo y deambula por las calles en su intento por reconocer los ambientes. Ha vuelto ilusionado y sin ningún recuerdo amable, aunque pronto comienzan a fluir ciertas remembranzas más amenas; comparte impresiones con Sofía, en las cuales Hugues sale a colación una y otra vez, hasta recapitular:  "Dejemos a Víctor. Fue un mal engendro de una gran revolución." 

Estos jóvenes han madurado y asimilado el espíritu de la época desde perspectivas distintas. Esteban hace un recuento de daños, de muertos y de desgracias ocurridas en beneficio de un movimiento cuyas premisas fueron traicionadas por la debilidad de los hombres que en un principio las defendían animosos, pero que después transformaban sus pareceres en aras de rendimientos más individuales.  

Para Sofía el asunto es más práctico. Su primo es, ante sus ojos, un idealista:
"En suma: que nada grande se hacía en la Tierra sin derramamiento de sangre."

Aunque los fundamentos ulteriores sean similares, la manera de confrontar la realidad se hace muy distinta de acuerdo a la postura de cada quien, y no sólo ideológica, sino presencial, como en el caso de los primos a quienes la información llegó por vías tan diversas como pueden ser las leídas o escuchadas y las sufridas en carne propia. 

En La Habana se vive la incertidumbre ya experimentada en otras islas; se teme una revuelta por parte de los esclavos, por lo que las autoridades se muestran muy estrictas con los agitadores.
Por otro lado, Hugues retoma el poder que había perdido en una de tantas fluctuaciones, su gobierno se califica como "sensato", y un buen día la religión vuelve a implantarse en Francia y sus colonias, al igual que la esclavitud. Los párrafos que describen el restablecido maltrato a los negros son espantosos, pero él, siempre definido por el sendero que tome la marea de sus intereses, no demuestra convicciones firmes en ningún caso:  "Tal parece que yo fuese al autor del Decreto..."

El autor nos habla, al final de la obra, de la historicidad de Víctor Hugues:
“Como Víctor Hugues ha sido ignorado por la historia de la revolución francesa –harto atareada en describir los acontecimientos ocurridos en Europa, […] para desviar su mirada hasta el remoto ámbito del Caribe-, el autor de este libro cree útil hacer algunas aclaraciones …”

“Pero es indudable que su acción hipostática, firme, sincera, heroica, en su primera fase; desalentada, contradictoria, logrera y hasta cínica en la segunda-, nos ofrece la imagen de un personaje extraordinario que establece, en su propio comportamiento, una dramática dicotomía.”

Largo sería el camino del pensar y el hacer para lograr la verdadera liberación, cosa que Alejo Carpentier procura demostrar en todo momento. Los desatinos de la Revolución Francesa como movimiento emancipador se reflejan crudamente en sus colonias americanas, mientras los puntos de vista de Sofía y Esteban convergen en un anhelo de libertad que llega a convertirlos en simbólicos arquetipos.

Las descripciones del entorno son, de principio a fin, espectaculares, con un estilo lineal pero tan abigarrado que me atrapaba de tal forma que no podía leer por mucho tiempo sin detenerme a descansar un poco ante esa profusión de imágenes imponentes, expresadas con un lenguaje que no se lee todos los días. Esta novela es excepcional. 

03 diciembre, 2009

La pequeña pasión – Pilar Pedraza

Tusquets, 1990.
Escritora española (1951).

Pilar Pedraza es una escritora muy peculiar, cuyo estilo tan nutrido se enriquece mediante introspecciones oscuras, delirantes y hasta perversas. La parte bestial del hombre asoma en estas páginas a través de sus más bajos instintos, aderezados por aspectos sensoriales entre los que destacan aromas y situaciones que más bien despiertan inquietudes salvajes que humanas.

La protagonista habla de los principales seres que complementan su vida (incluyendo a su gata), con los cuales se relaciona de diversas maneras, aunque lo que me parece más relevante es que son aprovechados para volcar fantasmas interiores y ansiedades diversas en cada recodo de un relato magníficamente construido, cuyo lenguaje poético es admirable y cuya tensión narrativa se sostiene en todo momento.

Gabriel es el marido infiel que pretende salir de la rutina sin afectar su relación de pareja, aunque ésta termina por diluirse gracias a la arrolladora personalidad de una mujer que decide que él no la merece; Partenio es el homosexual que fuera su profesor y que se ve condenado a una muerte lenta y colmada de visiones, mientras que el escultor se define como el amigo suicida que se corta las venas y sobrevive milagrosamente -mete a su gato al horno antes de dar el paso fatal- experimentando una transformación sugerente, ya que empieza por beber su propia sangre.

La casa heredada de los abuelos se convierte en una especie de refugio para ella (tétrico, pero totalmente acorde con su esencia), en el cual le resulta sencillo acceder a otro plano, descubrir secretos insospechados de sus parientes, encontrar reliquias y presencias espectrales, además de disfrutar con una decoración muy particular.

“En la casa de mi abuela servía de bañera un sarcófago romano encontrado en el subsuelo del jardín. […] Una vez le hablé de él a mi amigo el escultor, y me dijo que le parecía un lugar idóneo para cortarse las venas…”

“Aquella casa era mi santuario, sus fetiches me pertenecían.”

En este mundo alucinante y viciado, en el que a veces ni la misma mujer logra distinguir la realidad, se descubre a sí misma como una criatura tenebrosa, inmersa en placeres extravagantes como las lombrices que su gata va dejando por doquier o la contemplación del insecto disecado que forma parte fundamental de sus días.
“Con frecuencia acababa sucumbiendo a tiernos caprichos de mi cuerpo, como embriagarme con el aroma de mis muslos en mis días de sangre.”

Por otra parte, mientras escribe un artículo sobre cierto papa renacentista, su mente es invadida por un entretenido raudal de representaciones del pontífice en pleno proceso de descomposición… Esta curiosidad malsana la envuelve constantemente a través del insomnio, las pesadillas y el contacto con lo tangible.

Otros aspectos -reforzados siempre por una gran profusión de bellísimas imágenes, por más que sean macabras- van complementando un ambiente que no llegó a parecerme lúgubre, pero sí bastante siniestro, y todo esto sin dejar de lado jamás el conflicto interno, lo cotidiano, lo que alegra, lo que duele; el verdadero interés por las cosas… Esta mujer logra mostrar al lector el cariz más sensible de su vida: el de un ser que tiene problemas con su pareja y que sufre por ello.“El amor es una fusión, una manifestación noble de la vida.”

La novela se encuentra salpicada de reminiscencias clásicas, ditirámbicas, en un conjunto recargado pero fascinante. Esta temática no es precisamente lo que busco en un libro, pero debo decir que en este caso su tratamiento es soberbio.
Pilar Pedraza ha sido todo un descubrimiento para mí e indudablemente seguiré leyéndola (buena parte de su obra ha sido publicada por Valdemar).

23 noviembre, 2009

Una habitación propia (1928) – Virginia Woolf

Seix Barral, 2008.

Virginia Woolf (escritora inglesa, 1882-1941) nos hace partícipes de sus reflexiones acerca de las dificultades de la mujer a través del tiempo para acercarse a la vedada labor de la escritura.

La autora aclara desde un principio que le pidieron que escribiese sobre “las mujeres y la novela”, cuestión que la lleva a dedicar a este tema una verdadera profusión de ideas, si bien no inconexas, un tanto repetitivas en su afán por establecer los problemas básicos que afectaron a las mujeres en este sentido por tanto tiempo y que, de acuerdo a su pronóstico, no tendrían un avance decisivo hasta que no hubiesen pasado “otros cien años”.

Nombres como Jane Austen, Emily y Charlotte Brontë, Elizabeth Gaskell, George Eliot y George Sand, entre otros, inundan la obra ejemplificando diversas situaciones que hubieron de ser enfrentadas para poder realizar la actividad creadora.

Virginia Woolf da unas cuantas vueltas al tema, sin saber muy bien por dónde abordarlo, ya que el título, Mujeres y novela, podría prestarse a diversas interpretaciones, pero al fin se decide a iniciar el ensayo, dividido por capítulos, en algún colegio imaginario de Oxbridge (que de inmediato se reconoce como Oxford), inventando también un nombre para la mujer que paseará por estos lugares ya que, de momento, reniega de usar el suyo para realizar su exposición. Con otro nombre, pues, narra su intento fallido de visitar una biblioteca en ese lugar, ya que el encargado le advirtió que sólo las mujeres “provistas de una carta de presentación”, o acompañadas por un “fellow”, podían ingresar ahí.

Woolf aprovecha la estancia en Oxbridge para realizar un acercamiento a las donaciones que favorecieron la creación de becas y cátedras, así como la construcción de universidades; ahí mismo nos lleva a ciertas imágenes, muy bellas, en las que hace un paralelismo con el surgimiento de una idea y la paciente pesca, ya que muchas veces tanto el pez como la idea necesitan tiempo para crecer y madurar.

Más adelante habla de la pobreza de las mujeres, cuyos bienes pertenecieron a sus padres o esposos durante siglos, dejándolas imposibilitadas para acceder a cierta independencia y, por ende, a realizar alguna actividad privada que a la vez pudiese ser remunerada. Ellas no tenían dinero para “amenidades”, por lo que los privilegios del sexo masculino saltan a la vista desde el primer momento.

Poco después abandonamos el misterioso Oxbridge para situarnos en Londres, donde se lanza en busca de la verdad en los estantes del British Museum, encontrando que muchos de los libros –escritos por hombres, desde luego- hablan sobre mujeres; incluso “hombres sin más calificación aparente que la de no ser mujeres”, habían ejercitado la pluma en diversos aspectos femeninos.

Woolf habla de la aparente necesidad de una formación universitaria para realizar una investigación ordenada, y condena el hecho de que sólo los hombres hayan podido acceder a ella durante tantos años, además de echar mano de varios personajes –reales y ficticios- para ejemplificar las ideas machistas que contribuyeron a detener el desarrollo de la mujer: el “profesor von X” y su obra, La inferioridad mental, moral y física del sexo femenino -cuyo título lo dice todo-, sería uno de ellos.

Todo esto supone una ácida crítica al machismo por parte de la autora, quien aclara que “a una no le gusta que le digan que es inferior por naturaleza a un hombrecito”, y que los hombres, careciendo de confianza en sí mismos, buscan reafirmar su superioridad minimizando a la mujer.
“Durante todos estos siglos, las mujeres han sido espejos dotados del mágico y delicioso poder de reflejar una silueta del hombre de tamaño doble del natural.”

El tema de la habitación propia con un cerrojo para poder escribir con tranquilidad se une a la autosuficiencia que proporciona el dinero: quinientas libras al año bastarían para que una mujer pudiera ser libre para dedicarse a ejercitar sus aptitudes expresivas, y con esto no se refiere sólo a la creación de novelas, sino a la amplia gama de textos con los cuales las humanidades, la ciencia y otras disciplinas podrían verse enriquecidas por el sexo femenino.

Virginia Woolf se remonta al siglo XVI, en tiempos de Isabel I, para hablar de las condiciones de la vida de las mujeres en esa época: los matrimonios eran acordados a temprana edad, no tenían derecho alguno y el futuro que les esperaba no es difícil de adivinar. También incursiona en esta época para dirigir su mirada a la obra de Shakespeare, cuyos personajes femeninos “no parecen carecer de personalidad ni de carácter”. Es un hecho que muchas heroínas han destacado en innumerables novelas a través del tiempo, aunque la realidad haya sido tan distinta.

Para profundizar aún más en estos hechos, Woolf nos lleva a suponer la existencia de una hermana de Shakespeare, tan inteligente y provista de talento como él, no obstante sentenciada, como el resto, a una existencia anodina, sin estudios y sin conocimiento del mundo. Con esto podemos penetrar en la idea de que seguramente muchas mujeres se hubieran desarrollado de la misma manera que los hombres en diversas disciplinas, de no haber sido por la terrible represión a la que estaban sometidas.

En esta misma senda narrativa, la autora continúa elaborando sus razonamientos a través del conocimiento de varias mujeres que intentaron escribir, aunque sólo algunas lo lograron, haciéndolo en espacios familiares (jamás individuales), imaginando muchas de las ciudades y ambientes descritos en sus obras -que nunca pudieron observar in situ-, y ocultándose incluso de los sirvientes para evitar la censura.

El principio creador que Virginia Woolf observa en las cartas –e incluso obras- de varias de ellas, no terminó de evolucionar debido a ideas preconcebidas, y por tratar de emular estilos masculinos “en deferencia a la opinión ajena”. Afortunadamente, otras irrumpieron con verdadera fuerza y disgusto ante la injusticia, con algunas exclamaciones como ésta:
“Las mujeres viven como murciélagos o búhos, trabajan como bestias, y mueren como gusanos.”

Las hermanas Brontë, por ejemplo, no poseyeron los medios para escribir con independencia, y además lo hicieron “sin más experiencia de la vida de la que podría entrar en la casa de un respetable sacerdote”, pero siguieron sus propios instintos, y esto las llevó al éxito.

Woolf habla también de la necesidad de mentes andróginas para no crear un sexismo literario: “Cuando se efectúa esta fusión es cuando la mente queda fertilizada por completo y utiliza todas sus facultades.” Nos dice que Shakespeare o Proust serían buenos ejemplos de este tipo de intelecto, y menciona que la primera frase que escribirá en el ensayo que nos ocupa -aunque no haya sido así- es “que es funesto para todo aquel que escribe pensar en su sexo”.

La literatura femenina inicia en el siglo XIX, con el acceso paulatino a la libertad. La escritora nos aclara que en 1886 surgen dos colegios universitarios femeninos; que a partir de 1880 las mujeres casadas tienen derecho a la posesión de sus bienes y, desde 1919, al voto. Habla también de la gran variedad de profesiones que les han abierto sus puertas y de la consecuente capacidad de producir sus propios ingresos, que probablemente trascenderán, por mucho, las ansiadas y emancipadoras quinientas libras anuales.

El ensayo culmina con algunos consejos, como la importancia de no tener tantos hijos para poder gozar de tiempo para ellas mismas, y con la esperanzadora convicción de que un siglo más será definitivo para que todos los esfuerzos realizados se concreten: “¿qué más os puedo decir que os incite a entregaros a la labor de vivir?”

Me parece que el valor de esta obra radica en la emoción impresa en sus páginas, en el grito de libertad que sintetiza los anhelos de tantas mujeres, y en el intento por hacerse entender de mil maneras, en una exhortación hacia la autodeterminación.