Elegía – Philip Roth


Mondadori, 2006. 
Escritor norteamericano, 1933.

Nos encontramos con una obra concebida desde la ancianidad de protagonista y que de hecho inicia con su muerte para hacer una retrospectiva que finaliza en forma circular. 

A través de la vejez conocemos profundamente al personaje que desde la soledad y el cuerpo debilitado por las enfermedades, nos lleva a un duro paseo por su vida a partir de los años infantiles en que fue hospitalizado y encaró por primera vez a la muerte encarnada en el joven compañero de la cama de al lado. 

La muerte es el hilo central que conduce al relato, aunque sin dejar de lado otros aspectos de la vida del narrador contados en forma sencilla y amena, tal como ocurre con sus matrimonios y divorcios al haberse visto siempre irremediablemente atraído hacia las carnes mórbidas de las mujeres jóvenes, sus sensaciones de envidia ante la salud de hierro de su antes amado hermano mayor o el sentimiento paternal tan amoroso destinado a su hija Nancy. 

Pero lo que cobra importancia en esta obra es la sensación de soledad en la vejez, un sentimiento atroz al no poder conquistar y enamorar a las mujeres de nuevo, al verse vencido por el paso del tiempo y sus males subsecuentes. 
“Lo peor de estar insoportablemente solo era que debías soportarlo, pues de lo contrario te hundías. Tenías que esforzarte por impedir que tu mente te saboteara con su ávida revisión del pasado pletórico”.
Este pasado se añora con dolor, si bien es cierto que en esta novela no abunda precisamente el pesimismo, sino el pensamiento y la certeza de la más cruda de las verdades que aguarda a cada ser humano:
“La vejez no es una batalla; la vejez es una masacre”
El protagonista se asume como un ser profundamente inteligente y reflexivo; no entiende cómo es que otras personas de su edad pueden consolarse a través de la alegría de los nietos e incluso cobrar nuevas esperanzas y motivos para seguir adelante a partir de una circunstancia como esa.  

Nuestro personaje se hace plenamente consciente de la soledad que le invade, lamenta la separación de su última esposa pero sin que le abandone el deseo por experimentar placeres en otros cuerpos menos desgastados.  Observa los procesos de la muerte desde distintos ángulos, contemplando el destino humano a través del “sufrimiento mortal de cada hombre y mujer a los que había conocido durante sus años de vida profesional, de la dolorosa historia de pesar, pérdida y estoicismo de cada uno, de miedo, pánico, aislamiento y terror de haber conocido cada cosa que les había sido arrebatada y que en otro tiempo había sido virtualmente suya…”

El estilo se circunscribe a los límites de la sobriedad en una historia objetiva y bien estructurada que se asimila intensamente. 


Philip Roth

Indignación – Philip Roth


Mondadori, 2009.
Escritor norteamericano, 1933. 

Indignación es una novela que retrata fielmente la anulación del ser humano, en este caso propiciada por la rigidez e hipocresía del sistema universitario estadounidense imperante en 1951. 

Está narrada en primera persona a la manera de memorias del protagonista de cara a la muerte. Se trata de una historia que empieza rememorando tiempos felices para continuar con una lucha destructiva iniciada en el presente por la repentina inquietud del padre ante la seguridad del hijo; una obsesión enfermiza que termina por alejar al joven Marcus Messner de su familia para continuar sus estudios en la universidad de Winesburg, Ohio, a 800 kilómetros del hogar. 

"Ansiaba ser un adulto, un adulto instruido, maduro, independiente, que era precisamente lo que aterraba a mi padre, quien, incluso mientras me impedía la entrada en nuestra casa para castigarme porque empezaba a probar las más nimias prerrogativas del adulto joven, no podía haber estado más orgulloso de mi entrega a los estudios y mi singular posición en la familia como estudiante universitario". 
Messner se instala en la nueva institución educativa y pronto empieza a enfrentarse a sucesos en los cuales sus convicciones tambalean; la moralidad de la época ha dejado su huella y por eso no logra encontrar una buena explicación al comportamiento liberal de la joven que le atrae, entre otras cosas.  Sus esquemas, sin embargo, empiezan a cambiar adaptándose en lo posible a las nuevas circunstancias. 

Otros sucesos más ordinarios como podría ser la solicitud de un cambio de habitación por tener un compañero ruidoso, aunados a las ideas aún inmaduras y algo extrañas de un chico que a pesar de todo conserva la lógica que el propio decano de la universidad desconoce, lo llevan a iniciar un camino peligroso que lo conducirá hacia lo que desde un principio deseaba evitar: su probable participación y encuentro con un destino adverso en la Guerra de Corea.

Quienes le rodean se manifiestan como seres ajenos a su persona y a lo largo de la trama se exponen muchas preguntas y pocas respuestas: todo se vuelve un "acabar de descubrir" para el joven Messner. 
Uno de sus compañeros intenta disuadirlo demostrándole que la otra cara de la moneda radica en "no tomar las cosas tan en serio", pero la sangre hierve con pasión en Marcus al enfrentarse a las incongruencias del sistema y de los demás. El vacío resultante lo lleva a recluirse cada vez más en sí mismo y en los reducidos espacios que elige para desenvolverse; la inexperiencia no permite que el chico decida optar por la dosis de sumisión a la que el ser humano acude por mera conveniencia en tantas ocasiones en que la búsqueda de la supervivencia se vuelve apremiante.  

Philip Roth elabora un cuadro estupendo de una estructura universitaria incoherente en la cual se necesita de mucha astucia para poder sobrevivir; la inocencia de un chico que toma la opción de defenderse de las injusticias y de hablar con la verdad va definiendo los acontecimientos en forma funesta. Marcus Messner no es más que un ser solitario que desea tranquilidad para estudiar, evitar la guerra y salir adelante. Estas premisas tan sencillas en apariencia se transforman en una cadena de acontecimientos de pesadilla en un mundo donde la comunicación verbal es deficiente; los oídos, sordos, y la frágil condición humana completamente expuesta al farisaico escrutinio ajeno. 

La perla – John Steinbeck


Escritor norteamericano (1902-1968) 

En esta pequeña novela se exploran las pasiones humanas que tienen que ver con el yugo y la codicia, con el poder que algunos obtienen en base a la explotación y el abuso de otros seres que prácticamente no tienen opciones en la vida ni la posibilidad de abrirse camino por más que luchen contra la adversidad. 

El autor nos sitúa en La Paz, Baja California Sur (México) en los años 40. En este lugar la sociedad se encuentra totalmente dividida, los ricos se distinguen por ser poseedores de una propiedad para vivir (sin importar su tamaño), mientras que los pobres viven en cabañas miserables; son indios condenados a la ingrata actividad de buscar perlas para cambiarlas por unas cuantas monedas que jamás los sacarán del infortunio. 
Un día, Kino, el protagonista, encuentra una perla grande y hermosa que sorprende al pueblo; él mismo cobra una relevancia inusual e incluso el médico que con mezquindad se había negado a atender a su pequeño hijo le hace una visita. Su propia gente se reúne en torno suyo a la manera de un personaje colectivo para presenciar y comentar cada paso.
"Es maravilloso el modo en que un pueblecito se mantiene al tanto de su propia existencia y de la de cada uno de sus miembros. Si cada hombre y cada mujer, cada niño o cada bebé actúan y se conducen según un modelo conocido y no rompen muros ni se diferencian con nadie, ni hacen experimento alguno, […] en ese caso, pueden desaparecer sin que nunca se oiga hablar de ellos.  Pero, tan pronto como un hombre se aparta de las ideas aceptadas, o de los modelos conocidos…"
Kino deberá vender la perla al mejor postor, los codiciosos "negociadores" en realidad trabajan para una misma persona y se han puesto de acuerdo para hacerle creer que la perla vale poco, pero este desafía la estructura social y decide probar suerte en otra parte. Juana, su esposa, teme al oscuro e intranquilo porvenir e intenta deshacerse de la perla sin conseguirlo, por lo que la posibilidad del rescate de la antigua paz familiar desaparece. 

Kino, Juana y “Coyotito”, el bebé, emprenden el camino hacia la capital, pero la persecución y el acoso no se hacen esperar. Estos individuos no tienen derecho a rebelarse ni aspirar a algo mejor como podría ser el sueño de la educación de su hijo; los anhelos estarán siempre encaminados al mundo de las pesadillas. 
La tragedia que se avecina confirma la idea de que muchos seres marginados jamás encontraran una puerta al porvenir porque el propio sistema social se los impide. 

John Steinbeck escribe esta obra con trazos ágiles y precisos mediante un lenguaje cuya sencillez conduce al lector a una experiencia directa y sobrecogedora. También nos muestra  esa característica tan suya de involucrarnos en la profunda humanidad de ciertos personajes, ocasionando un impacto inmenso al observar que estos -con los que tanto nos hemos identificado a lo largo de la trama- están condenados al fatalismo o al fracaso. 



La película se rodó en 1945 bajo la dirección de Emilio "Indio" Fernández

Los Santos Inocentes – Miguel Delibes


Austral, 2010. 
Escritor español (1920-2010).


En las pocas novelas que le he leído a Miguel Delibes, el tema de la provincia y el mundo rural constituye el fresco que con trazos precisos más el fiel reflejo del entorno a través del lenguaje, determina los intensos sucesos que se van desencadenando a lo largo de la trama. 

Tal es el caso de Los Santos Inocentes, novela que comienza con un tono muy descriptivo y en la que predomina la sencillez estilística, pero que poco a poco va cobrando fuerza y profundidad en el análisis de la vida en un cortijo en el que tanto los amos como los criados juegan a fondo sus roles y donde los valores preestablecidos  parecieran inamovibles de tan rígidos y acartonados en el trato entre el ser humano y sus semejantes. 

El breve conjunto de seres oprimidos se compone principalmente por Paco, alias "el Bajo", su esposa Régula y sus hijos: Nieves, Rogelio, Quirce y Charito (la Niña Chica), esta última llamada así por su incapacidad física y mental. 
Personaje crucial es Azarías, hermano de Régula, el cual también presenta un retraso mental a pesar del cual pasa la mayor parte de su vida trabajando en el Cortijo o finca de La Jara, dedicado -entre otras cosas- al cuidado de un búho al que cariñosamente llama "milana bonita". Tras la enfermedad y  muerte del ave, Azarías es despedido sin ninguna contemplación: tanto su vejez como sus hábitos han terminado por molestar al propietario, por lo que regresa a vivir a casa de su hermana. 

La vida en el cortijo transcurre a través de los deseos de los "señoritos", hacendados que pasan los días entre la actividad de la caza, fiestas y otras diversiones. Paco, el Bajo, es el "secretario" del señorito Iván en la cacería, lo ha acompañado durante muchos años y aunque ya es viejo continúa esforzándose todo lo posible, hasta que un día cae de un árbol y se rompe una pierna. La actitud del Iván es despiadada, sólo toma en cuenta  sus intenciones egoístas, el mero disfrute y entretenimiento, por lo que tras la visita al médico y una orden de reposo absoluto, de cualquier manera obliga a Paco a levantarse y acompañarlo nuevamente, propiciando una dura recaída. 

Por otra parte, Nieves, la inteligente y despierta hija de Paco, es requerida como criada en casa de otro de los señores, por lo que sus padres, sin posibilidad de voz ni voto en el asunto, ven a su hija partir mientras se diluyen los sueños de asistir al colegio que se habían expresado de esta manera: 
"Ahora la Nieves nos entrará en la escuela y Dios sabe dónde puede llegar con lo espabilada que es".
Cuando Nieves ya está instalada y afanándose en sus quehaceres, nace en su interior la idea de hacer la Comunión, osadía que es examinada con estupefacción burlona por parte de los señores: 
"Pues ahí tienen a la niña, ahora le ha dado conque quiere hacer la comunión, y, en torno a la gran mesa, una exclamación de asombro y miradas divertidas y un sostenido murmullo, como un revuelo…"
Azarías, que al fin se consuela por la muerte del búho adoptando otra ave, una nueva "milana bonita" a la que colma de atenciones y la cual llena sus días, atrae finalmente la atención del señorito Iván, quien lo requiere como ayudante en una nueva cacería, dada la discapacidad momentánea del experto Paco. Azarías se presenta el día indicado y la actividad transcurre sin novedad o emociones para el amo, pero cuando aparece en el cielo una bandada de grajos, entre los cuales vuela la milana de Azarías, éste se apresura a llamarla con el característico "¡quiá!",  señal con la que el ave se separa del grupo para bajar a posarse sobre el hombro de su dueño. Al mismo tiempo, el señorito Iván ha puesto en la mira al inesperado objetivo mientras Azarías, horrorizado, se apresura a advertirle que se trata de su milana…

El desenlace no resulta inesperado pero sí impactante. En esta novela la denuncia social se abre camino a través de cada una de sus páginas; el sometimiento absoluto y el trato abusivo hacia los desposeídos  se exponen sin florituras. El lenguaje coloquial del cortijo acentúa la identificación con los personajes desvalidos y constantemente humillados, literalmente utilizados de acuerdo al antojo de los poderosos. 
Azarías es el inocente al que se hiere profundamente y que reacciona de acuerdo al primitivismo que representa debido a su condición. Los señoritos se erigen como poseedores absolutos de los cortijos (con todo lo que contienen, incluyendo a las personas) en una obra que, situada en pleno siglo XX, no deja de traer a la mente las referencias medievales del latifundio, y al mismo tiempo, de representar la universalidad de estas situaciones despóticas y arbitrarias.


Imagen de la película de 1984, dirigida por Mario Camus. 

Cuatro hermanas – Jetta Carleton


Libros del Asteroide, 2010. 
Escritora norteamericana (1913-1999).


Es difícil asimilar que Jetta Carleton haya iniciado y finalizado su labor como escritora con esta única y amena novela que aborda la vida de una familia a través del tiempo y que se encuentra enmarcada en una granja en el Missouri de la primera mitad del siglo XX. 

"Era verano, la vida se expandía con los rayos del sol. Podíamos bañarnos arriba, lavar la ropa a la sombra del melocotonero y planchar bajo la brisa y el porche trasero. La casa parecía más alta, más amplia, más bonita. Las estufas se guardaban en el depósito de carbón y las mesas se cubrían de flores".

Matthew y Callie son los padres de cuatro muchachas –Jessica, Leonie, Mathy y Mary Jo- que nos irán descubriendo sus peculiaridades desde la infancia. El estilo de la autora es sencillo y nutrido en anécdotas de todo tipo que van forjando un cuadro encantador a través del perfil psicológico de cada uno de los personajes. Asimismo, aromas, ambientes  y sabores propios de la vida rural inundan la narración mientras que en torno a ciertos acontecimientos se recrea una auténtica tensión que contribuye a mantener el interés por la trama.  

La historia comienza en primera persona bajo la voz de Mary Jo, la más joven de las hijas, que recuerda especialmente un verano de los años cincuenta cuando sus padres eran ya ancianos y sus hermanas mujeres mayores. A partir de este capítulo introductorio, el relato pasa a tercera persona y el narrador cobra tintes omniscientes que van describiendo en retrospectiva los procesos interiores de los protagonistas. 

La novela gira en torno a los padres, es en ellos en quienes se centra la pluma de la escritora, tanto individualmente como en pareja y por medio del desarrollo de sus hijas.  Matthew, por tanto, es uno de los personajes mejor analizados: hombre responsable, taciturno y siempre pendiente de conservar su prestigio, pero el trabajo en un colegio deja al descubierto una parte suya no muy agradable, ya que se siente atraído por las jóvenes alumnas. Este aspecto será recurrente y afectará su matrimonio de acuerdo al desarrollo de los acontecimientos con la chica en turno mientras que Callie, su mujer, se limitará a percibirlos en forma difusa y actuar en consecuencia para conservar al esposo a su lado. 

Otro aspecto relevante en cuanto a esta relación es el camino paralelo pero a la vez tan distinto que surge entre ellos a pesar de que habían iniciado la vida en común en condiciones educativas similares.  Matthew decide continuar sus estudios y convertirse en un culto profesor, mientras que ella, apoyándolo en todo momento, se repliega a las tareas maternales sin la más mínima curiosidad intelectual que en cambio surge en él con una fortaleza inquebrantable.  Estas diferencias se sortean mediante el silencioso conflicto tan habitual en muchos casos en los que logran compartirse varios aspectos de la vida mientras que otros quedan fuera del alcance de uno de los cónyuges, dando origen a una convivencia agridulce y nunca plenamente colmada. 

En este ámbito se desarrollan las cálidas e interesantes historias de sus cuatro hijas, a través de las cuales y en forma distinta el lector incursiona en la vida del campo y de la ciudad, en el despertar al amor, las turbulencias adolescentes, los sinsabores de la pérdida o el sufrimiento ante la muerte y en el regreso a casa en los veranos campestres para disfrutar, al lado de sus padres, el ocaso de la existencia de estos. El valor de la familia, discurso primordial en esta obra, se resume en este pensamiento de Mary Jo: 
"¿Qué iba a hacer cuando estos días terminaran?  No nos quedaban muchos, pues estábamos haciéndonos mayores. ¿Y cómo aprendería a vivir sin mi familia? Yo, que los necesitaba tan poco, que podía estar sin ellos todo el año, ¿qué haría sin ellos?"
The Moonflower Vine es el maravilloso título original de esta novela, al ser el florecimiento de esta planta el acontecimiento más esperado que propiciaba una ineludible y gozosa unión familiar. 
"Ahora las flores resaltaban blancas en la oscura enredadera y llenaban el aire con el perfume dulce y ligeramente amargo de su primer y último aliento. […] El florecimiento de las damas de noche era una especie de milagro y, como todos los milagros auténticos, tenía el poder de sanar".  
La religiosidad traducida en el temor a Dios y en el miedo a perder las "buenas costumbres" también aparece con fuerza en algunos de los personajes, complementando el agradable fresco rural.

Esta obra no aporta sorpresas estilísticas pero dentro de su simplicidad está muy bien escrita. Las prodigiosas descripciones, las múltiples perspectivas y el tono siempre nostálgico ante el pasado perdido y rememorado, además de un presente aún dichoso, nos entregan una lectura cautivadora.         

                              *Imagen tomada de Internet                                                                                                                                                                    

La boca llena de tierra - Branimir Šćepanović


Sexto piso, 2009.
Escritor serbio, 1937. 


Ya desde el prólogo Goran Petrović advierte al lector sobre el contenido de esta obra, diciendo que no se detendrá en enfatizar sus virtudes pero sí en destacar lo inquietante que puede resultar. Y decididamente no se equivoca. 

El relato habla de un enfermo que viaja en tren resuelto a visitar por última ocasión su querido Montenegro. Se narra en tercera persona y mediante un cambio en la tipografía se va intercalando con la crónica de un personaje que habla a su vez en primera persona y que se encuentra con un tal Jakov, compañero de aventura en la montaña.

Las historias se entrelazan cuando el moribundo baja del tren y se encamina hacia la montaña hasta toparse con los dos desconocidos. En lugar de saludarlos y detenerse a charlar unos minutos, como sería natural, echa a correr de improviso mientras que los sorprendidos hombres se lanzan a una ilógica persecución en el intento de encontrar una respuesta a la incomprensible huida. 

Ambas narraciones se fusionan sin perder la individualidad: el moribundo corre pensando en la muerte como su “única certeza”, mientras que los otros se entretienen en las conjeturas que van definiendo los sentimientos e incertidumbre que empiezan a flotar en el relato. Entre ellos y el perseguido comienza un diálogo de actitudes, un estudio de rostros y de conclusiones absurdas. Los montañistas empiezan a sentirse burlados y la carrera poco a poco va tomando una dimensión inexplicable pero volcánica: ellos creen ser “gente decente” que merece una explicación.

Pronto se une a ellos un guardabosque cuyos motivos rastreadores quedan ocultos; cualquier pretexto es bueno para salir de la rutina y para extraer de sí mismo la ferocidad contenida. Mientras tanto, el corredor va pensando en que le hubiera gustado llenar sus últimos días con “algo que valiera la pena vivir, pero que desgraciadamente perdía su tiempo en ese juego descabellado.
Con el paso de las horas, otros individuos aparecen de la nada uniéndose a la carrera de seres enfurecidos e indignados sin saber definir exactamente por qué. Las horas corren dominadas por una insólita brutalidad.

El perseguido corre con sus propios pensamientos a cuestas: 
"¿Alcanzaría a conocer todas esas ciudades, montañas y mares lejanos que siempre había anhelado ver, aplazando el viaje para otro momento y mejor ocasión?, ¿lograría besar en las noches cada vez más cortas que le quedaban, a todas aquellas mujeres que, encerrado en su laboratorio, no logró ni siquiera desear?"
Los otros, erigidos en cazadores sin motivo, logran mientras tanto la cohesión del grupo que no distingue a sus integrantes: una masa implacable olisqueando el rastro del animal sangrante para devorarlo sin hambre real pero con la sed que la bestialidad no consigue apagar.
"Ansiábamos alcanzarlo lo antes posible […] no podíamos aguantarnos las promesas lanzadas con breves voces intermitentes y gritos que él, por desgracia, no podía escuchar: que lo pisotearíamos como a una serpiente hasta que cada pedacito de tela se le cayera del cuerpo y la piel se le volviera azulina como índigo; que le arrancaríamos las uñas y sacaríamos los dientes; que le llenaríamos la boca de tierra…"
Esta novela contiene una profundidad psicológica que puede abordarse desde distintos ángulos, que nace del individuo enfrentado a la finitud y a la vez a la más implacable muestra de la parte irracional que puede enraizar con facilidad en una muchedumbre,  como se ha demostrado tantas veces.
 El hombre puede llegar a no reconocerse a sí mismo bajo ciertas circunstancias, la crueldad y el salvajismo permanecen en potencia aunque se pertenezca a las sociedades más educadas, tal como lo demostró Joseph Conrad a través de sus obras. 

Muy recomendable, me encantó. 

El fantasma de Canterville – Oscar Wilde

Alianza Cien, 1993.  
Escritor irlandés (1854-1900).


En este  conocido relato que fue publicado por primera vez en una revista en 1887, destacan ciertos elementos satíricos que lo convierten en un verdadero gozo para el lector. 

Wilde elige una pequeña muestra representativa de la sociedad norteamericana, la cual se muestra indiferente ante los habitantes sobrenaturales de los ancestrales castillos ingleses, confrontando así a la modernidad americana con la rancia tradición fantasmagórica europea.

Pero la ironía de Wilde no se circunscribe a lo “moderno”, ya que satiriza a los propios ingleses al plasmar sus reacciones ante las apariciones ultraterrenas. Ambas culturas, contrapuestas, se desnudan ante la mirada certera de autor. 

El cuento inicia cuando Mr. Otis, ministro de América, adquiere Canterville Chase. Se le advierte profusamente de la presencia del fantasma;  lord Canterville incluso le narra varios sucesos escalofriantes, pero el ministro, con tono práctico y despreocupado, decide comprar la propiedad de cualquier manera, a la cual se traslada en breve con su familia aceptando contratar a Mistress Umney, la antigua ama de llaves. 

Lo primero que atrae la atención de los recién llegados es una mancha de sangre que Washington, el hijo mayor, se apresura a limpiar con el quitamanchas “Campeón Pinkerton”, iniciando así una larga cadena de humillaciones hacia el fantasma encabezada  por el propio Mr. Otis,  quien se atreve a ofrecerle una botella de engrasador para mitigar el sonido de sus chirriantes cadenas. 

El espectro se encuentra por primera vez en una situación terrorífica para sí mismo: por más que llegan a su memoria diversas situaciones célebres en las que acrecentó su fama y honor de ente escalofriante, falla en todos sus intentos por atraer la atención de la anodina e indiferente familia. Incluso los traviesos gemelos encuentran una fuente inagotable de diversión a costa suya.  Los Otis toman una actitud que lo ofende profundamente al pretender aliviar sus hechos y ruidos obligados de fantasma. 
“Jamás en toda su brillante carrera, que duraba ya trescientos años seguidos, fue injuriado tan groseramente. Se acordó de la duquesa viuda, en quien provocó una crisis de terror, estando mirándose al espejo, cubierta de brillantes y de encajes; de las cuatro doncellas a quienes había enloquecido, produciéndoles convulsiones histéricas […], del rector de la parroquia cuya vela apagó de un soplo cuando volvía el buen señor de la biblioteca a una hora avanzada, y que desde entonces se convirtió en mártir de toda clase de alteraciones nerviosas…”
Sus más oscuras elucubraciones son saboteadas al grado de que deja de reinventarse para  replegarse a un insignificante papel aterrador con el fin de  no perder la dignidad del todo.  
El recuento de  las experiencias a través de la muerte de Sir Simon, que así se llamó en vida el fantasma,  se va perfilando con maestría. Poco a poco va surgiendo ante el lector como un ser triste y dolorido por su condena, hasta que un día se encuentra con la hija de los Otis, la joven Virginia, quien sintetiza lo que caracteriza a su propia nación: 
“Conozco infinidad de personas que darían cien mil dólares por tener antepasados y que sacrificarían mayor cantidad aún por tener un fantasma de familia”. 
En esta parte de la obra confluyen la tristeza del fantasma que lleva trescientos años sin dormir, sin poder acostarse y descansar, más la predestinación y la esperanza contenida en las vidrieras de la biblioteca: 
“Cuando una joven rubia logre hacer brotar una oración de los labios del pecador, cuando el almendro estéril dé fruto y una niña deje correr su llanto, entonces, toda la casa recobrará la tranquilidad y volverá la paz a Canterville”. 
La bondad de la profetizada doncella logrará que el fantasma alcance el descanso eterno en el añorado jardín: 
“Allá lejos, pasado el pinar, hay un jardincito. La hierba crece en él alta y espesa; allí pueden verse las grandes estrellas blancas de la cicuta, allí el ruiseñor canta toda la noche…” 
La ácida crítica que se hace al vacío cultural estadounidense,  reflejado en la nula capacidad de asombro, se manifiesta también en la postura inglesa como reminiscencia hacia el romanticismo gótico del que se nutre esta obra. 

Después de todo, el poder de la buena voluntad y de la solidaridad se conjuga con el de la redención del ser humano, otro de los temas capitales de este pequeño gran libro.

¿Águila o sol? – Octavio Paz

FCE, 2001.
Escritor mexicano (1914-1998).

Las tres partes que conforman ¿Águila o sol? Se mueven entre la prosa y la poesía. La obra inicia con Trabajos del poeta [1949], donde diversos personajes encarnan vicios que el autor nombra como Tedevoro, Mundoinmundo, Carroña o Escarnio. Seres oscuros que impulsan al espectador a defenderse ante su malsana presencia y a la vez a preguntarse el porqué de su aparición inoportuna.
El poeta también observa a la Palabra, incluso llega “a cogerla por las puntas del pelo flotante”. Se ejercita en la escritura: “La tinta negra abre sus grandes alas”. En la noche inquietante y en el día lo macabro del mundo llega a su percepción.
Medita sobre la palabra y sus posibilidades renovadoras; las palabras pueden romperse, modificarse, reinventarse a cada momento; los lenguajes infectos también acuden a su mente en un ejercicio infinito de posibilidades:
Ronda, se insinúa, se acerca, se aleja, vuelve de puntillas y, si alargo la mano, desaparece, una Palabra.
Pero la Palabra se abre camino y nace con dolor, con el grito desgarrador que el poeta al fin logra sacar de sus entrañas, y que así, resonante, se esparcirá hacia el infinito.

La segunda parte del libro está compuesta por Arenas Movedizas [1949], colección de cuentos breves escritos en una prosa poética exquisita.
Entre ellos destaca El ramo azul, relato que refleja el mundo rural, mágico e incoherente y que recoge también el lenguaje cotidiano del lugar.
Un hombre decide dar un paseo nocturno, se le advierte del peligro pero nada lo detiene ante la belleza del paisaje:
Vibraba la noche, llena de hojas e insectos. Los grillos vivaqueaban entre las hierbas altas. Alcé la cara: arriba también habían establecido campamento las estrellas.
La amenaza acude con prontitud: cierto campesino le reclama los ojos por capricho de la novia que desea "un ramito de ojos azules". En el diálogo surrealista que tiene lugar a continuación, el hombre intentará convencer al amable agresor de que los codiciados ojos que posee no son azules, sino amarillos…

En Antes de dormir, se explora la voz interior mediante una metáfora del tiempo. Ese interior es quizá un doble que está siempre presente pero que a la vez contiene el desarraigo que angustia al personaje que, expectante, está siempre dispuesto a escucharlo (sin conseguirlo) y a cuestionar el sentido de la vida. Presencia y ausencia que finalmente se funden en soledad.

En Mi vida con la ola, un trozo del oleaje decide acompañar a un hombre en su existencia terrenal. Juntos experimentarán un juego erótico absorbente en una relación, como la ola, ascendente y descendente, que de aportar placeres termina por asfixiarlo. Se trata de un maravilloso cuento visual en el que las relaciones humanas quedan peligrosamente plasmadas.

Maravillas de la voluntad presenta a un ser aparentemente tranquilo e indefenso para más tarde revelar su naturaleza interior abyecta y acechante, a la que cualquiera puede estar expuesto.

Prisa es un cuento que habla del vacío que nunca se colma:
Tengo prisa por estar. Corro tras de mí, tras de mi sitio, tras de mi hueco. ¿Quién me ha reservado este sitio? ¿Cómo se llama mi fatalidad?
Prisa por vivir, por llegar a lo desconocido, por encontrar el sentido a lo que ya no oye ni observa, oquedad manifiesta.

¿Aguila o Sol? [1949-1959], última parte que da título al libro, es una colección de poemas en los que el autor intensifica algunos de los temas ya mencionados. Octavio Paz destacó la condición surrealista de esta obra que entremezcla en sus páginas el tema precolombino (como es el caso del famoso poema Mariposa de obsidiana) y las inquietudes del autor.

Imágenes incesantes van revelando diversas situaciones que se pueden ir entresacando del automatismo de la escritura. Se habla de los susurros de la naturaleza y del monólogo del poeta; de la salida intensamente buscada ante las resonancias interiores y del oficio de escribir (entre otros temas):
El poema prepara un orden amoroso. Preveo un hombre-sol y una mujer-luna, el uno libre de su poder, la otra libre de su esclavitud, y amores implacables rayando el espacio negro. Todo ha de ceder a esas águilas incandescentes.

Damos vueltas y vueltas en el vientre animal, en el vientre mineral, en el vientre temporal. Encontrar la salida: el poema.

Me encantaron sobre todo los poéticos relatos de Arenas movedizas.

Viaje a Samoa – Marcel Schwob

Ediciones Folio, 2004.
Escritor francés (1867-1905).


A esta obra la acompañan tres textos breves: La tumba de las aventuras, de Enrique Vila-Matas; Samoa como espectro, de Eduardo Jordá y Vida de Marcel Schwob, de Pierre Champion. 

Estos escritos adelantan buena parte de los sucesos narrados por Schwob pero, sobre todo, informan al lector los motivos que llevaron al autor francés a emprender tan tortuoso viaje: el principal fue la inmensa admiración que sentía por Robert Louis Stevenson, del cual fue traductor y de quien seguiría los pasos incluso hasta su tumba en la lejana Samoa. 

Schwob empieza a escribir las cartas a su esposa Marguerite Moreno (actriz francesa) en  octubre de 1901, a bordo del Ville de la Ciotat.  Él mismo aclara más adelante que dicha correspondencia le serviría de diario de navegación, por lo que se esmera en la profusión de detalles en los que intenta también entretener a la artista que se dispone a iniciar una gira representando Fedra. 

A Schwob lo acompaña su criado Ting, el cual le ocasionará más de un conflicto por la prohibición en varios puertos de que desembarquen chinos. El viaje inicia con incomodidades climáticas pero estas con frecuencia se diluyen en la prosa del escritor ante la belleza del paisaje:
¿Cómo explicarte el azul intenso de este mar? Es zafiro, pero zafiro vivo; es el color de los ojos de las mujeres que nunca se han visto y que son transparentes, pero insondables, con una especie de pureza a la vez límpida y sólida, alegres, vivos, únicos bajo este cielo azul pálido y blanco de bruma. Y la cresta de este oleaje de zafiro está hecha de polvo de diamantes líquidos, que escapa como un ligero copete de plumas, a través del cual el sol introduce el arco iris. 
Schwob describe sin tapujos su antipatía ante lo insulso de los pasajeros e incluso reproduce algún diálogo chusco o pretencioso que  pone en evidencia la "odiosa calidad" de los mismos. Le molesta la etiqueta obligada de unas cenas a las que acuden solamente unos pocos y el asombro ante el vaivén de la gran embarcación recién estrenada se refuerza por las náuseas y los vómitos que aquejan a la mayoría. 

Las tonalidades de cielos y mares de acuerdo a la posición del disco solar van siendo  animosamente plasmadas por la pluma de Schwob, así como las atmósferas húmedas y soporíferas que tiene que ir tolerando a costa de su salud.  
Al hacer una escala en Djibouti, visita su plaza y advierte el trato injusto que se da a los nativos que se esfuerzan en atenderlo o en venderle algo. El pequeño Alí no deja de abanicarlo ni un instante, siempre con una enorme sonrisa en los labios. Pero los negros son castigados por molestar a los europeos y se ve obligado a interceder por ellos, dejando en claro su forma de pensar: "La bestialidad de la raza blanca tiene un fondo de estupidez y de ferocidad desconocidas"

La vida a bordo le resulta anodina, Schwob vuelve una y otra vez a las descripciones de los retrasos de navegación y los malestares ocasionados por el vaivén del barco. También arremete con cierta frecuencia contra los "imbéciles de a bordo". 

 En Colombo se hospeda en el Gran Hotel Oriental. Desde ahí le cuenta a su adorada esposa la llegada a Ceilán, los bellos matices del mar, de las nubes, el calor colmado de humedad ante el fenómeno del monzón y lo variopinto de sus habitantes:
"Un tumulto de cingaleses, de hindúes, de tamules, de malayos, de musulmanes; los cingaleses con sus largos pelos negros, sus ojos salvajes y su diadema de concha; los hindúes con turbante rojo, blanco o  a rayas; los tamules con una mancha azul en medio de la frente…"
La descripción del mercado ofrece todo el exotismo del lugar: 
El mercado, increíblemente de oriente, con sus montones de cocos frescos, verde-amarillos, o anaranjados, o también oscuros y fibrosos, abiertos, pelados; los aleros cargados de racimos de plátanos azul Prusia o amarillo; sacos de tela marrón repletos de arroz, y las papayas como melones de agua tallados como esmeraldas, y el agua de coco…
Un poco después, en Kandy, realiza una memorable excursión que recordará incluso en cartas venideras (al menos en dos ocasiones retrocede para profundizar en las impresiones sobre algún paraje en particular). Los templos budistas dejan honda huella tras su paso por Ceilán: 
En todos estos templos las escenas del  infierno budista están representadas mediante frescos pintados sobre los muros exteriores, detrás de las columnitas. Los demonios de mujeres se convierten en horribles monstruos en colores de descomposición verdusca, blandiendo tridentes y vomitando fuego.
El dos de diciembre se dirige a Sidney a bordo del Polynésien; de igual manera describirá el paisaje australiano, haciendo notar la desolación de sus siniestras costas y la majestuosidad del albatros y su vuelo. La impaciencia por llegar al destino final no se hace esperar, pero cuando logra su propósito aparece en las cartas el tema de la salud. El autor se siente  fatigado, con "reumatismo y debilidad en las piernas". Las duras jornadas a través de mar y tierra han cobrado su cuota y la salud de por sí precaria termina por desvanecerse. 

El treinta de diciembre describe a los samoanos como una "raza espléndida", se esfuerza en aprender el idioma y promete a los niños tusi (escribir) una tala (historia), haciendo con esto un guiño al Tusitala ("narrador de historias") Stevenson, cuya tumba no llegará a visitar. "Soy un talk-man, un tulafale, un tusitala, y me piden que les cuente historias hasta la media noche o la una de la madrugada". 

Pese a todo, el diez de enero expresa con vehemencia el deseo de volver, se encuentra extenuado y sin recursos monetarios. Enferma de neumonía, se entera de que el Manapouri está anclado en el puerto y tiene la suerte de contactar al capitán Crawshaw, quien amablemente le facilita el traslado al barco para emprender el  sinuoso regreso a Francia. 

El relato de este accidentado periplo resulta agradable de leer por la hermosa prosa poética que va coloreando diversos horizontes y ambientes. Se ilustra además con precisión la condición tan incómoda hasta de los más eminentes viajeros que deseaban incursionar en el exotismo de tierras lejanas. La fascinación ante la idea de recorrer esos lugares podía quedar eclipsada por la rutina de navegación y las inclemencias del tiempo, aunque en el lector agradecido del presente y del pasado permanezca únicamente el primor de los detalles y la cálida sensación de haber viajado a través de las palabras. 

Mr. Vértigo – Paul Auster

Anagrama, 2004.     
Escritor norteamericano, 1947. 


Esta es una historia que ha gustado a muchos, que condensa elementos interesantes y temáticas profundas, pero que a mí no me convenció.

Walt es un chico huérfano que vive con unos tíos que no se interesan por él en lo más mínimo, un muchacho como cualquier otro pero en el cual el maestro Yehudi  (hombre de origen húngaro y padres judíos que creció en Brooklyn) ve características ocultas: si se esfuerza y sigue sus enseñanzas, algún día podrá levitar e incluso volar. 

En primera persona, Walt va narrando los sucesos principales de su vida:  “El maestro Yehudi me eligió porque yo era el más pequeño, el más sucio y el más abyecto”.   Viaja con su mentor a Kansas donde conoce a madre Sue, una india sioux que en adelante lo apoyará en todo, y a Aesop, joven etíope que ha absorbido los conocimientos del maestro y que se dispone a ingresar a la universidad. 

Este pequeño grupo, condenado al ostracismo por el racismo imperante y los peligros que suponía un encuentro con el Ku klux klan, vive bajo sus propios y precarios medios de producción en una aislada granja en Kansas. La condición discriminatoria se advierte en el propio Walt, quien en un principio se niega a dar la mano a Aesop.  El largo aprendizaje físico y moral que estaba por venir le enseñaría, antes que a volar, a conocer la realidad de la condición humana, tan viciada en su interior y tan representativa con respecto a sus semejantes: 
"El único que me mostraba verdadera bondad era Aesop, pero yo estaba  en contra de él desde el principio, y nada de lo que él pudiera decir o hacer cambiaría eso. Yo no podía remediarlo. Estaba en mi sangre sentir desprecio por él, y dado que era el ejemplar más feo de su raza que yo había tenido la desgracia de ver, me parecía disparatado que estuviésemos viviendo bajo el mismo techo. Iba contra las leyes de la naturaleza, transgredía todo lo que era sagrado y correcto y yo no iba a permitirme aceptarlo". 
Con el tiempo, Walt aprendería a ver a Aesop  como un ser inteligente y su concepción racial se transformaría aunque con una comprensión escasa: al observar detenidamente al muchacho y entender sus razonamientos y aptitudes, decidiría que  la única opción es que seguramente había nacido blanco. 

Este preámbulo sobre la educación de Walt y las pruebas de valor y esfuerzo terribles  que tuvo que realizar para poder acceder al don de poder elevarse se alarga demasiado a través de los intentos de escape del chico, el sufrimiento y la dureza rayana en la crueldad del maestro hacia él. 

Walt va perdiendo la voluntad y al fin se rinde a los designios del maestro Yehudi; el día soñado llega y la levitación se hace efectiva. Después vendrían las prácticas constantes, el debut, los viajes a través del país y la fama.  La primera actuación se da en 1927, con años difíciles por venir. Aunque la obra no ahonda en conflictos políticos o sociales, sí nos va remitiendo a las distintas épocas por  las que atraviesa Walt, empezando por la de la Gran Depresión. 

Unos años después, Walt se convierte en adolescente y con esto pierde su preciada facultad. La castración sería la única forma –un tanto incierta- de conservarla, pero él prefiere preservar  la virilidad que empieza a surgir en él con una fuerza indomable. 

Muchos otros sucesos tendrían que ocurrir en adelante, como el reencuentro con la mezquindad del tío Slim (con el que vivió al quedarse huérfano) y con otros personajes a lo largo de incontables vivencias tan duras como crueles. 

La novela posee un buen planteamiento que además seduce al lector por el elemento fantástico que supone el poder volar, pero en conjunto es  muy irregular. Algunas partes se extienden demasiado mientras  que otras se precipitan. Es una historia de vida y aprendizaje que demuestra que las repercusiones traumáticas no siempre definen el camino en forma positiva. Walt no lo tuvo fácil, en su sendero vital se encontró con individuos excepcionales dispuestos a favorecerlo en todo lo posible, pero no en todos los casos se logra apartar las piedras del camino. 

La última parte supuestamente redentora echa mano de situaciones forzadas y  la verosimilitud del personaje tambalea por ciertas actitudes incomprensibles.  La novela promisoria pasó a ser  -desde mi punto de vista-  una obra un tanto entretenida cuyos elementos narrativos no se encuentran bien equilibrados (quizá este hecho fue el que afectó en gran medida mi percepción de la lectura).  

No lo recomendaría ni lo volvería a leer, pero no hay duda de que muchos han disfrutado con él. 

El abanico de seda – Lisa See

Escritora francesa, 1955.
Salamandra, 2006.

Empecé este libro con cierta culpa “bestsellera” al estar consciente de que me iba a encontrar con una obra lineal en la que podría disfrutar de las costumbres y tradiciones chinas, tal como me ocurrió alguna vez con las del Japón en Memorias de una geisha, de Arthur Golden.

Al comenzar a recorrer sus páginas no me defraudó (de acuerdo con las expectativas que había puesto en él). La historia está narrada en retrospectiva por una mujer de ochenta años que nos cuenta su vida desde que era una niña menospreciada por su madre en un mundo en el que sólo los varones eran dignos de ser tomados en cuenta.

La belleza femenina se concentraba en el tamaño de los pies, en los diminutos "lotos dorados" que hacían que las mujeres caminaran con pasos cortos y sensuales para deleite visual de sus maridos, y que constituían también un símbolo de represión profundamente machista que se detalla en la novela de principio a fin.

Así pues, bajo un doloroso proceso que comenzaba alrededor de los seis años, se conseguían las anheladas deformaciones que desde el punto de vista occidental representaron una verdadera carnicería que terminó al prohibirse en 1911 por el gobierno comunista (ante la influencia extranjera).

Lirio Blanco narra la historia de sus "años de hija", cuando una casamentera descubrió posibilidades maravillosas en sus pies que le permitirían ascender en la escala social mediante un matrimonio provechoso. Tal circunstancia hizo que la niña pudiese tener una laotong, es decir, una amiga, un alma gemela con quien compartiría dichas y sinsabores a lo largo de su vida. La relación entre ellas se describe con una intensidad y pasión insólitas, rozando incluso la voluptuosidad: se amarían más entre ellas que a sus propios maridos.

Las mujeres se comunicaban secretamente a través del nu shu, escritura femenina de trazos fonéticos que -al parecer- quedaba fuera del alcance de los hombres. Lirio Blanco y su laotong, Flor de Nieve, tendrían una vasta comunicación a lo largo de los años con la ayuda de un abanico y de telas primorosamente bordadas con esos caracteres.

En los "años de cabello recogido", se representaba a un fénix mediante el peinado que simbolizaba el cercano casamiento: “Si una hija no se casa no vale nada; si el fuego no arrasa la montaña, la tierra no será fértil”. Las jóvenes se preparaban con ahínco para confeccionar ajuares que les durarían toda la vida: trajes para fiestas, para el uso diario e incluso para los "años de recogimiento". La curiosidad les hacía preguntarse sobre los misterios del “trato carnal” que tendrían con sus esposos y que estaba tan ligado a la belleza de sus pies:
“Más tarde comprendería que para una mujer no hay nada más íntimo que sus zapatillas de dormir y que para un hombre no hay nada más erótico que ver la blanca piel de una mujer desnuda realzada por el rojo intenso de esas zapatillas”.
Los "años de arroz y sal" correspondían a la vida en casa de los suegros bajo la terrible responsabilidad de procrear hijos varones para poder sostener un puesto privilegiado en el hogar: “mejor tener un perro que una hija”. La inicial obediencia a los padres se trasladaba a la del marido y la suegra: las mujeres trabajaban duramente durante todo el día sirviendo a sus nuevas familias, recibiendo maltratos que acataban con docilidad y en muchos casos crueles golpizas por parte de sus esposos. “La única protección real que teníamos las mujeres era la apariencia plácida que ofrecíamos, incluso en los momentos de mayor angustia”.

Estos y otros aspectos similares conforman la parte rescatable de una obra que refleja una gran cantidad de comportamientos y costumbres, como las celebraciones o ritos suscitados ante cada uno de los acontecimientos importantes en la vida. Su riqueza en este sentido es excepcional.

Sin embargo, la parte anecdótica me pareció muy floja, sobre todo hacia el final por convertirse en un burdo melodrama. Mi “placer culposo” creció en forma desmedida al preguntarme si no hubiera sido mejor investigar tradiciones sin tener que internarme en una novela de estas características.

No volveré a leer a Lisa See, aunque no dejo de reconocer que El abanico de seda es un libro que seguramente ha encantado a muchos lectores. Por mi parte, me quedaré con lecturas que protejan más –como leí una vez por ahí- la “salud literaria”.

Imágenes de los "lotos dorados" en este enlace.