Ediciones Destino, 2007.
Escritor italiano (1925).
Andrea Camilleri aborda un caso real en esta obra que causó un gran impacto en Italia y que ha sido objeto de controversia.
La narración inicia con la historia de una ermita erigida en un bosque llamado Quisquina. Numerosos personajes estuvieron involucrados con esta edificación, empezando con una joven noble, Rosalía Sinibaldi, que en 1150 decidió dedicarse a la vida contemplativa refugiándose en una galería subterránea que se encontraba en dicho bosque.
Ahí permaneció toda su vida y tras su muerte pasó al olvido durante unos 500 años, hasta que en 1624, durante una peste en Palermo, se apareció milagrosamente a un cazador, revelándole que la epidemia terminaría si sacaban sus huesos de la gruta y los llevaban en procesión.
Como consecuencia de estos hechos afortunados (la peste, en efecto, cesó), santa Rosalía fue proclamada patrona de Palermo y la gruta se volvió un lugar de devoción junto al cual se construyó una capilla.
En 1690, el comerciante Francesco Scassi erigió ahí mismo un monasterio y una iglesia. Pese a las duras condiciones para poder ser admitidos al santuario, muchos se sumaron movidos por vocación o por escapar de la justicia, como fue el caso de Bartolomeo Pii, quien se ocultó bajo el nombre de Fray Vincenzo: “Siempre es mejor ser un ermitaño libre que estar encarcelado.”
Después, la Quisquina llegó a ser también un sitio de reposo para nobles y eclesiásticos de alto rango.
Fue hasta 1922 cuando las cosas cambiaron porque uno de los frailes fue encontrado asesinado. En ese mismo año el fascismo se asentaba en Italia y dejaron de enviarse a la ermita las donaciones habituales -además de que ya no se percibieron herencias-, por lo que sus habitantes apenas sobrevivían.
En 1928 se ordenó la disolución de la comunidad, pero muchos permanecieron viviendo del robo e incluso dando asilo a fugitivos. El obispo de Agrigento, Giovanni Battista Peruzzo, decidió poner remedio a esta situación.
Más adelante se describen las circunstancias de la formación de un convento y de la familia Tomasi, “a la que pertenece Giuseppe, el autor de El gatopardo”.
Mario Tomasi se casó con la rica heredera Francesca Caro y Celestre “heredera de la baronía de Montechiaro y señora de la isla de Lampedusa.” Mario era tío de Carlo Tomasi, duque de Palma, el cual en 1637 fundó el pueblo Palma di Montechiaro con la idea de crear “una nueva Jerusalén”. Sin embargo, decidió dejar la vida mundana otorgando título y propiedades a su hermano Giulio, quien se casó con Rosalía Traina (antes prometida de Carlo), recibiendo una buena dote.
El hijo mayor de la pareja, Giuseppe Maria, se hizo religioso a los 15 años rechazando los privilegios que le correspondían por ser el primogénito. Fue canonizado por Juan Pablo II en 1986.
Su hermana, Isabella, decidió hacerse monja por lo que el duque promovió la creación del mencionado convento en el cual ingresaron también sus otras hijas y, a su muerte, su mujer, Rosalía Traina.
En este punto se retoma el convulso periodo en el que fascistas y católicos luchaban entre sí. Tras la muerte del presidente de la junta diocesana, los fascistas acusaron a Peruzzo de provocador. Se castigó a los culpables y el propio religioso fue enviado a una pequeña diócesis:
“No consta que protestara, pero Peruzzo debió de sufrir mucho por aquel injusto castigo.Doblemente injusto, porque Peruzzo era un declarado admirador del fascismo.
O, al menos, de aquella que consideraba la ‘revolución’ social del fascismo, una revolución que, al contrario que la bolchevique, no se oponía a los valores resumibles en dos palabras: Dios y familia.”
En 1932 se le dio el nombramiento de obispo de Agrigento y la atención a los problemas sociales que aquejaban a su nación fue para él primordial:
“Mi mirada siempre se ha fijado de manera particular en nuestro pueblo, que trabaja con sacrificios inauditos, que sufre mucho y a menudo espera en vano una mano amiga que lo saque de su triste pobreza. Éste es el objeto principal de mis preocupaciones y de mis intervenciones.”
Peruzzo fue, pues, fue un luchador incansable a favor de los más necesitados; deseaba que hubiera una mejor repartición de la riqueza y de la tierra. Instaló “cocinas económicas” para dar de comer a los pobres a un bajo costo y durante la guerra cedió a la Cruz Roja el palacio episcopal. Se dice que para él, “el latifundio era una estructura de pecado.”
En 1945, Peruzzo decidió pasar dos meses en la Quisquina. Un día aciago, acompañado por el padre Graceffa, se dispuso a dar un paseo por el bosque. Ahí le dispararon dos tiros que lo dejaron en muy mal estado. Fue atendido con éxito por el buen cirujano Raimondo Borsellino, y al ser trasladado recibió grandes muestras de cariño y apoyo por parte de la gente que iba encontrando en el camino.
Toda la relación anterior es en realidad el contexto en que se inserta el asunto que el autor desea dar a conocer a los lectores. Durante los seis días que transcurrieron antes de que Peruzzo estuviera fuera de peligro “ocurrió algo largamente ignorado por todos.”
En 2004, Camilleri entró en contacto con un libro que describía temas relacionados con la ideología de Peruzzo. El libro contenía una nota a pie de página que vinculaba a las monjas del convento fundado por los Tomasi con lo sucedido al obispo, ya que se citaba una carta que éste recibió de la abadesa del monasterio de Palma di Montechiaro, sor Enrichetta Fanara, en la cual le revelaba un escalofriante suceso:
En el último capítulo, Camilleri se aventura a reconstruir estos hechos a través de diversas hipótesis y cuestionamientos. Describe las posibilidades siguiendo la secuencia que le parece más lógica, llegando incluso a deducir la forma en que murieron las monjas.
“No es oportuno decírselo, pero se lo decimos en señal de obeciencia. […] Cuando S.E. recibió aquel fusilazo y estaba a punto de morir, esta comunidad ofreció la vida de diez monjas para salvar la vida del pastor. El Señor aceptó la ofrenda y el cambio: diez monjas, las más jóvenes, dejaron la vida para prolongar la de su bienamado pastor.”
En el último capítulo, Camilleri se aventura a reconstruir estos hechos a través de diversas hipótesis y cuestionamientos. Describe las posibilidades siguiendo la secuencia que le parece más lógica, llegando incluso a deducir la forma en que murieron las monjas.
La primera parte de esta obra me pareció un tanto confusa porque incluye a muchos personajes relacionados con la ermita y el convento, pero vale la pena continuar porque el final plantea cuestiones muy profundas y complejas, como puede ser si el hecho de sacrificarse por alguien es equiparable al suicidio o no, y si puede concordar con lo que predica el catolicismo.
Es una novela que impresiona y que mueve a la reflexión; no deja de sorprender que un suceso de estas características haya tenido lugar en pleno siglo XX.









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