Los tres mosqueteros (1844) - Alexandre Dumas

Alexandre Dumas, Francia (1802-1870).
Editorial Altaya
Traducción: Mauro Armiño
Ilustraciones: Maurice Leloir

¿Quién no reconoce a los inolvidables personajes que han trascendido por generaciones a través de innumerables publicaciones, versiones infantiles, películas e incluso dibujos animados?
Y es que la historia nos atrae gracias a que sus páginas son realmente estimulantes y entretenidas.
Ya desde el breve prefacio, Dumas nos advierte la veracidad de su escrito, al haberse basado en las Memorias del señor D’Artagnan que encontró en la Biblioteca Real. Más adelante dio con un manuscrito titulado Memorias del señor conde de La Fére, referentes a los sucesos que pasaron en Francia hacia finales del reinado del rey Luis XIII y el comienzo del reinado del rey Luis XIV”.
Lo cierto es que la obra tiene un pasado conflictivo: es sabido que Dumas se hacía ayudar por una multitud de colaboradores, entre los cuales destacaba particularmente Auguste Maquet, quizá por ser historiador. Se dice que fue él quien escribió los borradores de Los tres mosqueteros y de El conde de Montecristo. El asunto avanzó a tal grado que fue llevado a juicio, del que Dumas salió airoso, al haberse "demostrado" que el sello personal impreso a sus escritos era lo realmente importante.
Maquet publicó incluso un panfleto titulado Alexandre Dumas y Cía., fábrica de novelas. La anécdota más graciosa resultante de todo este asunto es la que se cuenta a partir de un supuesto encuentro entre Dumas padre e hijo, en la cual el primero le preguntaba a su vástago: “¿Ya has leído mi última novela?”, a lo que el joven habría respondido: “Sí, la he leído. ¿Y tú?, ¿la has leído ya?”

En la obra los personajes reales se confunden con los inventados en una historia de ficción. Al tratarse de una novela por entregas (folletinesca), los recurentes elementos de intriga, amor y aventura se hacen presentes de manera espectacular.

D’Artagnan, Athos, Porthos, Aramis y sus insustituibles criados se complementan a la perfección; quizá los mejor delineados sean Athos y D’Artagnan, ya que sus figuras están perfiladas con algo más de profundidad. Milady es el personaje más estereotipado de toda la historia -toda una bruja de cuento de hadas-, ya que refleja bastante bien el extremo tenebroso que contrasta con una belleza extraordinaria (aunque le falte un diente…). Dumas juega con este personaje otorgándole diversos rostros de acuerdo a su estado de ánimo, que la hacen verse terrible (cuando deja entrever su perfidia), o encantadoramente dulce e inocente (de acuerdo a su conveniencia).
El mismo Cardenal Richelieu, que tan perverso se nos muestra en las primeras páginas, palidece ante la maldad de Lady de Winter.

Aunque no pretendo hablar del argumento –de sobra conocido-, debo decir que la construcción de cada personaje es muy interesante (dentro de lo que supone una novela de esta naturaleza). Al final , la misma Milady aclara que Porthos es tonto y Aramis , vulnerable . Los “de temer”, quienes tendrían que ser encarcelados en La Bastilla, serían Athos y D’Artagnan.
El primero es un hombre inteligente, de buena cuna, venido a menos por un malhadado suceso. Cuando D’Artagnan flaquea, él toma las riendas de cualquier situación con la frialdad e impasibilidad que lo caracterizan.
Por otra parte, el joven gascón es el indudable héroe de esta novela, tan arrojado y valiente que es capaz de ir sorteando todas las dificultades que se le van presentando; es él quien realmente –con certeza- proyecta sus intenciones a futuro, hacia la meta soñada. Desde un principio muestra un carácter impulsivo (no es para menos, dadas las enseñanzas de su padre):
"Batíos por cualquier motivo; batíos, tanto más cuanto que están prohibidos los duelos, y por consiguiente hay dos veces más valor al batirse".
Es un personaje tan pasional que se deja llevar por sus arrebatos; la sangre se le sube a la cabeza con facilidad aunque nunca olvida que, cuando es preciso, sus ideas y capacidad de resolución deberán llevarlo por el camino correcto.

La famosa frase "¡Todos para uno y uno para todos!", otorga a los amigos la gran integración que los define: para con ellos mismos serán siempre desinteresados, compartidos y profundamente leales.
Difícilmente habrá alguien que no disfrute con esta magnífica novela, tan vivificante como encantadora.
Indudablemente tengo que continuar a la brevedad con Veinte años después.
~ Gracias a quien me animó a escribir un comentario sobre esta novela. :)

Aura - Carlos Fuentes

Ediciones Era, 1992 (1962).
Carlos Fuentes, escritor mexicano, 1928.

Aura es, por mucho, una obra verdaderamente fascinante en la cual la idea del amor sobrepasa cualquier límite temporal y corpóreo.
Valiéndose de artimañas mágicas (quizá de gatos y plantas, entre otras cosas), Consuelo logra materializar a su juventud en Aura, para así reencontrarse con su amado, difunto, reencarnado y abrumadoramente joven esposo; traspasando cualquier umbral que impida la sublime unión.

Los diversos elementos narrativos utilizados para descifrar -en lo posible- los fantásticos acontecimientos, se van dando de manera sutil y velada (son tan sólo indicios), aunque la lógica no aplique a esta obra en la cual lo onírico y fantástico se confunden con la tan probable como improbable realidad de una dimensión distinta.

Desde los tiempos del General Llorente, su esposa Consuelo logró -sí bien no hijos- "crear" a su juventud. En sus cartas, el difunto esposo habla de la manera en que un "ángel" puede convertirse en "demonio", y la escena en que la encuentra -con las piernas abiertas- martirizando a un gato, deja mucho a la imaginación. Siendo Consuelo viuda y víctima de la vejez más extrema, publica un mensaje en un periódico, el cual está dirigido a Felipe y sólo a Felipe, quien acude a la casa donde encuentra a la chica de ojos verdes, que lo deslumbra y atrae desde un principio. Es curiosa la manera en que Aura sólo puede "permanecer" tres días: el primero, en el que aparece como una bella y fresca muchacha (de unos 20 años); el segundo nos muestra a una mujer hermosa y madura (40) y, finalmente, se cubre la faz con un velo verde para confundirse con la señora Consuelo (en esa última alucinante escena en que se la describe como un viejo y arrugado pergamino), quien asegura que conseguirá la fuerza necesaria para recobrar la lozanía indispensable, y así poder amar y ser amada, sin barreras de ningún tipo, por el mismo hombre, por su hombre.

Antes viejo, ahora joven; antes joven, ahora anciana, sin importar los medios utilizados, quizá terribles y perversos, la esencia y el sentimiento que los unen permanecen, de una u otra manera.
Es un relato bellísimo, de mis favoritos.

La historia del buen viejo y la bella muchacha - Italo Svevo

Italo Svevo (Italia, 1861-1928).
Me pareció fascinante y al mismo tiempo angustiante, ya que se trata del proceso obsesivo de un "anciano" de 60 años que -tras una breve relación amorosa con una bella joven de 20- se desata en su interior con una furia tempestuosa.

La relación en sí no es lo importante -yo diría que funge más bien como detonante- ya que él ni siquiera se siente a tono con la muchacha, quien es incapaz de mantener una conversación interesante.
En sus encuentros (a los que ella accede claramente movida por dinero) hacen el amor y el anciano se esmera siempre en preparar una deliciosa y condimentada cena en base a productos enlatados que terminan -junto con las emociones- por minar su salud, acarreándole una angina de pecho.

Decidido a abandonar a la joven causante de su desequilibrio y desgracia, a continuación se encuentra envuelto en una avasalladora búsqueda de la moral, primero preocupándose por la muchacha; después por la relación vejez-juventud y, finalmente, hundiéndose en un vertiginoso hervidero de ideas -por el estilo- que afloran incontrolables en su mente y que decide plasmar en un libro escrito "para la gran mayoría" titulado De las relaciones entre la vejez y la juventud.
El prefacio se enfocaría a justificar la necesidad que la humanidad tendría de su obra:
"El propósito del libro era, pues, demostrar hasta qué punto era necesaria la salud de los viejos para el bien de la humanidad".

Lo leí de un tirón y vaya que experimenté esa tensión junto con el hombre. Muy buena manera de incursionar brevemente en los procesos más recónditos de la mente humana, en este caso a esa edad, seguramente muy avanzada para la concepción en que fue creado este relato.
Pese a todo, creo que no se profundiza demasiado en la idea planteada.

La casa de las bellas durmientes – Yasunari Kawabata

 Escritor Japonés (1899-1972),  Premio Nobel de Literatura, 1968.

En esta inquietante historia se narran los sucesos ocurridos en una casa de citas poco tradicional: los visitantes son ancianos que pasan la noche con ciertas jóvenes dormidas gracias a los efectos de un potente narcótico.

Eguchi, el protagonista de 67 años, acude a la posada en varias ocasiones, teniendo la oportunidad de pasar la noche con muchachas distintas y todas vírgenes. A través de su experiencia se nota cómo el ambiente se va tornando cada vez más asfixiante: la bella durmiente en turno queda en manos del anciano quien -como todos- pretende olvidar, al menos en esos momentos, la tan reiterativa “fealdad de la vejez”, a través de la contemplación de la juventud personificada en esas mujeres (las normas de la casa prohíben ir más allá, aunque supuestamente los ancianos ya no estarían en posibilidades de hacerlo).
La experiencia se vuelve completamente distinta con cada una de ellas; algunas se muestran más “experimentadas” (dentro del insondable sueño), e incluso se logra cierto “diálogo” mediante los movimientos: una conversación sugerida y creada en la mente del anciano.

Las fragancias corporales son tan determinantes que transportan al viejo Eguchi a otros momentos de su vida; estas reminiscencias olfativas se manifiestan a través de pensamientos y ensoñaciones acerca de su familia, de aventuras pasajeras y de otras evocaciones del pasado. En su propio sueño se presentan también ciertas situaciones desagradables, que contribuyen a perturbar aún más la atmósfera ya de por sí tan enrarecida que se percibe en ese lugar.

La parte más oscura del ser humano se revela en la mente de Eguchi, al meditar sobre la profunda vulnerabilidad de la joven en turno: en repetidas ocasiones imagina la facilidad con que podría maltratarla o incluso estrangularla.

En esta historia no se debe esperar un desenlace preciso; la situación planteada habla por sí misma, por lo que la novela cierra con un final incierto; con un suceso extraño causado tal vez por el uso de los riesgosos narcóticos, o quizá por los deseos más irracionales y perversos que pueden tener cabida en un ser humano.

El prólogo de Mishima es el complemento perfecto para esta metafórica y sutil joya literaria en la que, por cierto, se inspiró Gabriel García Márquez para escribir su menos afortunada Memoria de mis putas tristes.

Estupor y temblores - Amélie Nothomb

Amélie Nothomb, escritora belga nacida en Japón (1967).

En esta novela la autora narra, con tintes autobiograficos, las peripecias por las que tuvo que pasar una chica belga en una empresa japonesa. El machismo imperante y su condición de mujer occidental, la llevaron a soportar situaciones límite, en un descenso laboral desenfrenado.
La verdad es que no consiguió transmitirme el humor que otros me han dicho que han percibido (tal vez no era mi momento de hilaridad).

La protagonista destroza la vieja y a la vez permanente ideología japonesa, con la que se enfrenta de una manera por demás absurda (para el punto de vista occidental, claro). Lo que más me resultó atrayente del relato son las innumerables explicaciones transmitidas a manera de monólogo, además del fluir de la conciencia:
El hecho de que haya tenido que someterse a todas las normas y decisiones tomadas por los directivos de la empresa, me hizo sufrir sobremanera; me molestó que tuviera que renunciar en cada departamento, que hasta el último minuto se sujetara a las reglas, que se humillara...

El acierto de esta novela radica en que profundiza en una sociedad en la que el trato y las jerarquías laborales llegan a extremos incomprensibles para la concepción occidental; actividades exigentes y monótonas a la vez, mujeres anuladas desde pequeñas ... ¡Qué no extrañe el índice de suicidios en Japón!

"Miro tu ordenador, Fubuki. Es grande y majestuoso. Las tinieblas le confieren el aspecto de una estatua de la isla de Pascua. Es más de medianoche: hoy es mi viernes, mi Viernes Santo, día de Venus en frances, día del oro en japonés, y no se me ocurre qué coherencia podría existir entre ese sufrimiento judeocristiano, esa voluptuosidad latina y la adoración nipona por el incorruptible metal."

Las otras reflexiones sobre vidas anodinas, mecanizadas y sujetas a tantas fórmulas de cortesía me resultaron más trágicas que divertidas. Al final, el diálogo tan chocante de sumisión entre la muchacha y cierto personaje, me hace pensar que ella estaba más supeditada al ambiente y a las normas de lo que creía. Y una frase final resume (desde mi perspectiva) todo lo que debió considerar desde un principio: "No hables demasiado mal de ti mismo: podrían creerte."

No sabría decir si voy a leer algo más de esta escritora...