El gabinete de las maravillas – Alfonso Mateo-Sagasta

Escritor español (Madrid, 1960).

Conocí al protagonista de esta novela en Ladrones de Tinta, libro igualmente ambientado en la grandeza del Siglo de Oro español. Aunque la senda narrativa de aquél resulta mucho más enriquecedora en todos sentidos (la recreación de la época es inmejorable y además se introducen personajes históricos muy atrayentes), El gabinete de las maravillas constituye una digna secuela narrada por el mismo personaje, Isidoro de Montemayor, un hidalgo cuyo título ha costado algo más que la respetada “limpieza de sangre”, y que se ha convertido en amante de la condesa de Cameros.

El marqués de Hornacho, tío de ésta, encuentra asesinado a su archivero, Gonzalo Escondrillo, en el famoso gabinete del cual es orgulloso propietario; un sitio en el que convergen todo tipo de raros tesoros y reliquias, además de una curiosa colección de monstruos (o sus partes más llamativas).
Isidoro toma el lugar del muerto animado por la condesa, quien se lo propone al marqués. De este punto en adelante, Montemayor nos llevará -haciendo gala de su gran capacidad de humor e ironía- por los entresijos del gabinete, el cual se encuentra dispuesto de acuerdo a una interesante "teoría de contrarios", así como a la resolución del crimen.

Las diversas hipótesis formuladas por algunos personajes para explicar la existencia de los monstruos reflejan estupendamente la inconmensurable inventiva popular, ya que para la época no eran más que “interpretaciones de los designios de Dios”:
“El útero de la mujer hace las veces de molde, y según se mezcle y asiente la materia en él, así será el ser que se genere (…) Si el útero es muy estrecho, generará un enano, si muy grande, un gigante. Por exceso, nacen seres con muchos brazos piernas o cabezas; por defecto nacen sin piernas, sin manos o con un solo ojo. "
Y para ejemplo de las preciadas reliquias:

Al pie de cada una de ellas se especificaba el contenido: Diente de leche de la virgen”; “Púas del peine de la virgen”; “Ampollas con leche de la virgen” .

El acierto de esta novela consiste, más que en desvelar un misterio o presentar cuestiones sustentadas, en la agradable ambientación de un tiempo al que nos transporta completamente. Como con otras obras, lo que me resulta más atractivo son las descripciones cotidianas entre las que destacan hábitos de higiene, remedios -más milagrosos que medicinales-, costumbres diversas de acuerdo a las clases sociales y, por supuesto, las prolijas ideas que movían en sus más profundos recodos a los laberintos mentales del siglo XVII.

Sin pretender atribuirle cualidades excepcionales, me conformo con decir que se trata de una novela muy entretenida, en la cual lo anecdótico queda un tanto desvirtuado ante la indiscutible frescura de las descripciones y el encanto del propio narrador-protagonista.

Vida y destino - Vasili Grossman

Editorial Lumen, 2008.
Escritor ruso (1905-1964).

Vida y destino narra toda una saga familiar, enmarcada en la Segunda Guerra Mundial. Es interesante la historia que rodea a esta novela, porque su publicación estuvo prohibida y el autor nunca pudo verla impresa.

La narración se va entretejiendo hábilmente; el lenguaje poético tantas veces utilizado es brillante, así como profundas sus meditaciones. En sus páginas llenas de adversidad, se hace una feroz crítica a los regímenes totalitarios de la época:

"El fascismo y el hombre no pueden coexistir. Cuando el fascismo vence, el hombre deja de existir, quedan sólo criaturas antropoides que han sufrido una transformación interna. Pero cuando es el hombre, el hombre dotado de libertad, razón y bondad, el que vence, es el fascismo el que muere y aquellos que se habían sometido a él vuelven a ser hombres."

 
A través de Vida y destino se conoce a fondo a la familia Sháposhnikov, cuyos miembros exhiben sus miedos, sufrimientos, defectos y virtudes. Se presentan innumerables situaciones terribles, como el dolor de una madre que ha perdido a su hijo en la guerra, la angustiosa búsqueda de los documentos necesarios para legalizar una estancia o conseguir la ansiada cartilla de racionamiento. Es difícil olvidar la cuenta interminable de cadáveres, tan desquiciante y conmovedora, o la cruda historia acerca de la batalla por tener un espacio digno para vivir. En este sentido me impresionó, por ejemplo, el relato del hombre que viviendo en un húmedo sótano con su mujer encinta e hijos tuberculosos, decidió colgarse en un impulso desesperado.

 
Muchas otras anécdotas se van entremezclando, enriqueciendo la trama; todo se concentra en una espantosa realidad y sus múltiples facetas. En una época tan difícil, en la que cada quien tiene que procurarse su propia seguridad y medios para sobrevivir se comprende, en parte, cierto grado de indiferencia ante la adversidad ajena: el ser humano termina por evadirse de situaciones que, en otro escenario, le pesarían sobremanera.

Una de las partes más sensibles de la obra es la del “trayecto hacia la cámara de gas”. La doctora Sofía Ósipovna es arrestada, y aquí se hace una magnífica reflexión acerca de la individualidad perdida (ante las pavorosas circunstancias):

"¿Quién soy en realidad? ¿Quién es la auténtica Sofía?"
"Ahora creía haber comprendido la diferencia entre vida y existencia. Su vida se había acabado, interrumpido, pero la existencia seguía, se prolongaba. Y aunque aquella existencia era miserable, el pensamiento de una muerte cercana le colmaba el corazón de terror."
El camino hacia el sitio aterrador, al lado del pequeño David, manifiesta la valentía de esta mujer que no duda en quedarse al lado del desprotegido niño, en lugar de decir que es médico militar para acceder a la oportunidad de salvarse. De acuerdo con este suceso, es un hecho la conclusión a la que llegaban algunos:

"Comprendía vagamente que, bajo el fascismo, al hombre que desea seguir siendo hombre se le presenta una opción más fácil que la de conservar la vida: la muerte."
Por otra parte, se muestra una sumisión sin precedentes en el caso de las interminables filas hacia la muerte, tan perturbadora que resulta difícil de asimilar.

"Se dieron casos en que algunas madres previsoras, sabiendo que había que hacer cola desde la mañana hasta bien entrada la noche en espera de la ejecución, que tendrían un día largo y caluroso por delante, se llevaban botellas de agua y pan para sus hijos".
El conformismo llegó a extremos inusitados; el estado totalitario aparece como una vorágine capaz de consumir hasta el último instinto que nos hace humanos; incluso pensadores e intelectuales judíos llegaron a estar de acuerdo con el exterminio. Sin embargo, las palabras finales de esta parte del libro no dejan de otorgar cierta dosis de sosiego al lector:

"..., todo ello demostró que el instinto de libertad en el hombre es invencible. Había sido reprimido, pero existía. El hombre condenado a la esclavitud se convierte en esclavo por destino, pero no por naturaleza."
Algunos capítulos llegan a ser un tanto espesos -aunque no por eso menos interesantes-, pero otros, tan profundamente humanos, hacen que las páginas se recorran con avidez para llegar nuevamente a ellos. No está de más aclarar que no es tan sencillo lidiar con una gran cantidad de personajes (y sus correspondientes diminutivos).

Por otra parte, se muestra también la vida tan compleja de los militares rusos y alemanes; los diálogos entre francotiradores, comandantes y subalternos, además de otras circunstancias cotidianas e íntimas, tan personales que se logra la plena identificación con unos personajes perfectamente trazados. Cada uno de los capítulos es fundamental en esta obra tan polifacética como apasionante.

Otro aspecto destacable es la mención de ciertos escritores, considerados como auténticos pensadores y poseedores de una influencia poderosa. Se hace referencia a Chéjov, por ejemplo, como el portavoz de "la verdadera, buena democracia rusa".

Y hay que leer las opiniones de los propios soviéticos ante su sistema:

"Nuestro humanismo ruso siempre ha sido cruel, intolerante, sectario. Desde Avvakum a Lenin, nuestra concepción de la humanidad y la libertad ha sido siempre partidista y fanática. Siempre ha sacrificado sin piedad al individuo en aras de una idea abstracta de humanidad."
Las soterradas críticas al sistema comunista comienzan a aflorar; Stalin no logra el equilibrio necesario para cubrir las necesidades estado-individuo y es duramente juzgado por ello, a través de la diversas voces. Por otra parte, las distintas ubicaciones de los militares reflejan una honda añoranza por sus familias y sus vidas anteriores: por el padre solitario o la esposa muerta; por el hijo que desde el vientre de su madre ha comenzado a sufrir la atmósfera opresiva de la guerra.

Hay originales meditaciones acerca del bien y el mal; de ese bien que no es igual para todos, que no es tan universal como podría parecer: el bien de los cristianos, de los musulmanes, de los judíos...

"¿En qué consiste el bien? ¿Bien para quién? ... ¿O tal vez mi bien es el mal para ti y el bien de mi pueblo es el mal para el tuyo?"
Otras páginas hablan del antisemitismo y el autor se revela como un hombre que medita las cosas en su justo valor:

"El antisemitismo es un espejo donde se reflejan los defectos de los individuos, de las estructuras sociales y de los sistemas estatales. Dime de qué acusas a un judío y te diré de qué eres culpable." "El antisemitismo es la medida de la mediocridad humana."
En este sentido, se menciona también lo irracional que resultaba pertenecer a un sistema de esas características, de "una falta de lógica bovina". Esta posición llega a hacerse presente, de una u otra manera, a través de los pensamientos de algunos militares alemanes:
“Pero a una altura aterradora, por encima de aquellos líderes, por encima de la estratósfera, había un mundo oscuro, incomprensible, confuso, cuya falta de lógica era inquietante, y en aquel mundo superior imperaba el Führer.”
En cierto punto me encontré con unas páginas inimaginables que hablan acerca del hambre: el masticar cinturones, cordones; comer tierra, pegamentos (pensar en esos límites en que las patatas medio podridas constituirían un manjar). El autor no deja de lado ningún detalle para redondear esta historia de historias.

Por otro lado, son magníficas las descripciones del cerco que otorgaría la victoria al Ejército Rojo. Stalin, de acuerdo al autor, era menos coherente de lo que pudiera pensarse: tenía inquietudes e inseguridades como el que más. Sin embargo, el triunfo de su ejército lo lleva a una tranquilidad ilimitada, ya que: "Sabía mejor que nadie en el mundo que a los vencedores no se les juzga".

Buena parte de la trama describe el entorno que rodea a los científicos, ejemplificada principalmente por la situación de Víktor Pávlovich Shtrum (físico reconocido). Desde su "caída" hasta la restitución de su puesto gracias a una llamada telefónica de Stalin, se hacen evidentes los oscuros hilos que movían a todas esas personas en las cuales, sin embargo, Shtrum logra atisbar el lado humano que tan oculto podía quedar en determinadas circunstancias. Pese a todo, al resultar beneficiado por el todopoderoso, él mismo sucumbe ante el sometimiento por el que tanto había despreciado a otros.
Y es que todos se encontraban bajo la mira política. Otro personaje, Krímov, se defiende desesperadamente ante una acusación incoherente; no puede ser que tanto sacrificio por servir a su patria se diluya por un comentario hecho al azar, en un mundo en el que impera la desconfianza y en el que todos se han convertido en espías.

El amor es un tópico que destaca también en esta obra, aunque se presenta de manera dolorosa, incursionando en los más recónditos sentimientos de algunos personajes.

Al final, la paz no causa el sosiego esperado. Tras tanta miseria, padecimientos y demás dificultades, la gente se encuentra sin fuerzas para seguir adelante. El deterioro ha sido implacable.
El último capítulo -que habla de la nieve, el deshielo y la tristeza unida al renacer de la naturaleza y de la vida misma- es bellísimo.
"La nieve no se había derretido y había adquirido una tonalidad azulada. Entre sus cristales grandes y ásperos nacía y se derramaba el azul del agua del lago. En la ladera soleada de la colina la nieve se había empezado a derretir, el agua gorjeaba por la zanja que bordeaba el camino. El brillo de la nieve, del agua, de los charcos, todavía atrapados en el hielo, cegaba la vista. […] En la gélida penumbras, bajo la nieve, dormía la vida pasada."

Un gran cierre para una obra extraordinaria.

Nada – Carmen Laforet

Escritora española, 1921-2004.

Últimamente he estado en contacto con atmósferas estremecedoras y este libro no es la excepción, aunque la densidad que contiene es muy real y humana.

La novela inicia con la llegada de Andrea a Barcelona, quien estudiaría letras en la universidad y viviría en casa de sus parientes, en la calle de Aribau, un lugar que desde el principio asombra por el ambiente tan cargado, además de mohoso, viejo y sucio.

Sus habitantes son seres oscuros que no han podido ver satisfechas sus vidas; individuos condenados a existir en ese infierno compartido. La abuela es una pobre mujer, sacrificada y conciliadora, que ya dio a la vida su mejor cara, y que pretende mirar los terribles sucesos de la mejor manera posible; la tía Angustias es un personaje complejo, amargado, que aparentemente maneja una doble moral, pero que se deslinda pronto de la situación marchándose definitivamente. También destacan Juan y su esposa Gloria, quienes viven una relación a base de malos tratos, golpes y sospechas. Esta última no es capaz de abandonar a su marido ya que permanece en un sueño de perfecciones imaginarias, justificándolo siempre, en un estado de inmadurez total. Su pequeño niño, sin haber aprendido a hablar todavía, se ve obligado a presenciar, una y otra vez, la inenarrable violencia que contamina la relación de sus padres. Es difícil interpretar al personaje de Juan, porque sólo se sabe que está muy influenciado por su hermano Román y que su inquietud es infinita.
Antonia es la criada tenebrosa, cuya presencia intimida, y que contribuye a crear el ambiente hostil predominante. Finalmente tenemos a Román, un ser perverso y oscuro que vive acechando a los demás, contraponiéndolos a cada instante. Es él quien controla los sucesos de la casa y, en muchos casos, quien los provoca.

La trama se desarrolla en un sin parar, entre alucinante y sofocante. Pese a esto, la intervención de Andrea le imprime cierto tono de frescura al relato: la chica es capaz de sacarnos, por momentos, del mundo cerrado que supone ese "hogar", llevándonos por calles sombrías pero respirables; a playas luminosas, a conocer a sus compañeros y a la familia de Ena, la gran amiga que conoció en la universidad, quien también tiene una intervención importante en el relato (aunque en realidad sus razones están más sugeridas que destacadas): obsesionada por lo ocurrido a su madre en su juventud (en relación con Román), se ve envuelta, de repente y en gran medida, por la situación desquiciante que rodea a este último, hechizada bajo su influjo.

Al tratarse de una novela de la posguerra española, podría ser que las secuelas de la misma se reflejasen en ese nerviosismo, en la ansiedad que causa la miseria, el hambre, y el estar condenado a vivir en un entorno hostil. También se muestra la contraparte de esta situación en otros personajes con posiciones desahogadas: la culminación de esta otra realidad se da cuando Andrea es invitada a una fiesta en la que no encaja: toda la ilusión al preparar su vestido “menos viejo” se evapora al ser ignorada y minimizada.
Andrea sufre además por la falta de organización que empeora aún más su condición, ya que posee un pequeño sueldo que malgasta mes tras mes. El hambre que la oprime se convierte en una constante (tan bien plasmada que realmente atormenta), aunque muestra una gran habilidad para sobrevivir de cualquier manera.

Las situaciones presentadas son tan reales que casi se pueden palpar; la escritora logra transmitir la tensión reinante, la angustia, el agobio ante la injusticia, la amargura de unos personajes que no dejan de fascinar. Aunque no se profundiza en todos ellos, en conjunto resulta innecesario que se diga más. En este sentido, me maravilla la redondez con que está cincelada la protagonista, ya que realmente la acompañamos en todos sus sinsabores y pequeñas alegrías, sin caer jamás en el melodrama (otro acierto de la novela, desde mi punto de vista).

Y el final, que no podría ser distinto: en esa familia sólo lograrían liberarse quienes tuviesen reales posibilidades de hacerlo. El desmembramiento es definitivo, la caída de ese hogar insostenible y desequilibrado es completamente necesaria.

Sólo me resta añadir que me encantó el lenguaje metafórico; la profusa adjetivación le otorga a la novela una gran cantidad de bellas imágenes.

La cena - Alfonso Reyes

 Alfonso Reyes, escritor mexicano, (1889-1959).

Al hablar de Aura, de Carlos Fuentes, es imposible no recordar su antecedente inspirador, en uno de los cuentos mejor trazados que he leído. El hecho de que muchos escritores se basen en otras obras para labrar las suyas no es algo sorprendente, y hay de ello varios ejemplos.

Escrito en 1912, La cena es un relato fantástico bien logrado. Los elementos narrativos están delimitados con gran precisión y el lector, desde sus primeras líneas, se ve envuelto en un ambiente inquietante y estremecedor.

Alfonso, el protagonista que nos cuenta su insólita aventura, inicia esta historia con una apresurada carrera que lo llevará a una cita extraña pero sugerente; esa misma mañana le habían enviado una misiva con las siguientes palabras: "Doña Magdalena y su hija Amalia esperan a usted a cenar mañana, a las nueve de la noche. ¡Ah, si no faltara!..." 

El camino hacia el sitio convenido se encuentra plagado de figuras irreales, oníricas; la luz artificial y la agitación del momento contribuyen a la creación de una atmósfera extraordinaria. Una vez en la casa, el supersticioso joven se encuentra frente a la silueta envuelta en tinieblas de una mujer nunca antes vista.

Más adelante, la visión de un vestíbulo anodino y trivial -cuando había cifrado sus expectativas en algo más interesante- lo decepciona un poco, pero al avanzar se encuentra con el sitio “respetable” que había imaginado. Destaca especialmente un retrato que, en palabras del propio Alfonso sería “el de un señor de barba partida y boca grosera”.

Alfonso comienza a sentirse hipnotizado por Amalia y Doña Magdalena, quienes vestidas de negro y con actitudes paralelas, insinuantes y estremecedoras, lo conducen a cierto estado placentero (gracias también, a los efectos del vino). La disposición y las sensaciones de Alfonso y ambas mujeres van transformándose gradualmente, hasta el punto en que llega a sentirse deprimido y agobiado. Esta situación cambia en cierta medida con la repentina invitación de acudir al jardín, que el protagonista describe como “semejante a un camposanto”. En su delirio, sus recuerdos sobre este sitio se muestran tenebrosos y sombríos:
“Creo haberles oído hablar de flores que muerden y de flores que besan; de tallos que se arrancan a su raíz y os trepan, como serpientes, hasta el cuello.”

Sin embargo, Alfonso no recuerda haber visto plantas en esa oscuridad y debido al aburrimiento, entre otras cosas, termina por quedarse dormido. Al despertar, el desenlace del relato se precipita cuando las fantasmales señoras comienzan a hablar de cierto capitán el cual, joven y apuesto, había marchado a Europa donde, tras quedar ciego en una explosión, ya no tuvo posibilidades de admirar su tan anhelado París. Pero él, Alfonso, le hablaría de esa ciudad a través de su retrato; de un retrato en el que febrilmente y de manera incomprensible, se reconoce a sí mismo…
El retorno a casa se presenta tan espectral como antes. La única prueba de la veracidad de esta aventura de pesadilla, sería una florecilla en su ojal.

Muchos años después, en 1962, Carlos Fuentes tomaría algunos elementos de este relato para escribir Aura, dando lugar a una obra distinta y original. De hecho, creo que esta última es inimitable.