Editorial Anagrama, 2002.
Escritora norteamericana (1918-1997).
Hanff se define a sí misma con las siguientes palabras (en la carta que inicia esta historia):
“Digamos que soy una escritora pobre amante de los libros antiguos y que los que deseo son imposibles de encontrar aquí salvo en ediciones raras y carísimas, o bien en ejemplares de segunda mano […] que, además de mugrientos, suelen estar llenos de anotaciones escolares.”
A partir de esta misiva, se iniciará una relación epistolar cargada de humor, afecto, sensibilidad y, sobre todo, de un gran apego a los libros. El carácter fuerte e ingenioso de la escritora se demuestra desde las primeras páginas, contrastando con la seriedad y el formalismo del librero inglés. La relación que se establece a lo largo de veinte años nos muestra distintos aspectos de la sus vidas, así como el grado de confianza que va surgiendo entre ambos.
“Querido Relámpago:
Me aturde usted enviándome a semejante velocidad vertiginosa el Leigh Hunt y la Vulgata. Probablemente no se da usted cuenta de que apenas hace poco más de dos años que se los pedí. Si sigue manteniendo este ritmo, va a sufrir un ataque cardiaco…”
Las peticiones literarias de Helene son incesantes, y entre las descripciones de las obras y otros aspectos, el lector se va enterando de situaciones más personales, que le confieren a esta obra una emotividad desbordante.
En 1949, Inglaterra tenía serios conflictos con la distribución de alimentos. Al conocer este hecho, Helene decide enviar algunas provisiones a los empleados de Marks & Co., recibiendo de inmediato muestras de cariño y agradecimiento por parte de varios de los beneficiarios, quienes en un principio le escriben de manera clandestina, ya que todo indicaba que Mr. Doel se había asignado la exclusividad de la comunicación con la joven.
Por otra parte, sus sueños de viajar para conocer “su librería”, se ven truncados una y otra vez por diversos motivos, aunque la esperanza permanece. Mientras tanto, recibe noticias por parte de amistades que viajan al lugar, y que visitan el añorado inmueble.
Ya había leído este libro, pero con esta relectura pude apreciar algunos matices que no recuerdo haber tomado demasiado en cuenta la ocasión anterior, y que se refieren al inmenso valor del libro en su aspecto tangible:
“Casi temo tocar esas páginas de tacto tan suave que semejan un pergamino y de un fuerte color crema. […] jamás supuse que un libro así pudiera proporcionar un placer tan gozoso al sentido del tacto.”
Desde el punto de vista de Helene, el atractivo de encontrar huellas ajenas en los libros a través del tiempo es definitivo. A propósito de una dedicatoria escrita en una tarjeta, comenta:
“Pero ustedes son libreros, claro…, y se les nota: han temido que una dedicatoria manuscrita en el libro le hiciera perder valor…, cuando para su actual propietaria lo habría incrementado muchísimo.”
Me parece que el mérito de esta obra radica en la sensibilidad que emiten sus páginas; es sencillamente entrañable.


