Una habitación propia (1928) – Virginia Woolf

Seix Barral, 2008.

Virginia Woolf (escritora inglesa, 1882-1941) nos hace partícipes de sus reflexiones acerca de las dificultades de la mujer a través del tiempo para acercarse a la vedada labor de la escritura.

La autora aclara desde un principio que le pidieron que escribiese sobre “las mujeres y la novela”, cuestión que la lleva a dedicar a este tema una verdadera profusión de ideas, si bien no inconexas, un tanto repetitivas en su afán por establecer los problemas básicos que afectaron a las mujeres en este sentido por tanto tiempo y que, de acuerdo a su pronóstico, no tendrían un avance decisivo hasta que no hubiesen pasado “otros cien años”.

Nombres como Jane Austen, Emily y Charlotte Brontë, Elizabeth Gaskell, George Eliot y George Sand, entre otros, inundan la obra ejemplificando diversas situaciones que hubieron de ser enfrentadas para poder realizar la actividad creadora.

Virginia Woolf da unas cuantas vueltas al tema, sin saber muy bien por dónde abordarlo, ya que el título, Mujeres y novela, podría prestarse a diversas interpretaciones, pero al fin se decide a iniciar el ensayo, dividido por capítulos, en algún colegio imaginario de Oxbridge (que de inmediato se reconoce como Oxford), inventando también un nombre para la mujer que paseará por estos lugares ya que, de momento, reniega de usar el suyo para realizar su exposición. Con otro nombre, pues, narra su intento fallido de visitar una biblioteca en ese lugar, ya que el encargado le advirtió que sólo las mujeres “provistas de una carta de presentación”, o acompañadas por un “fellow”, podían ingresar ahí.

Woolf aprovecha la estancia en Oxbridge para realizar un acercamiento a las donaciones que favorecieron la creación de becas y cátedras, así como la construcción de universidades; ahí mismo nos lleva a ciertas imágenes, muy bellas, en las que hace un paralelismo con el surgimiento de una idea y la paciente pesca, ya que muchas veces tanto el pez como la idea necesitan tiempo para crecer y madurar.

Más adelante habla de la pobreza de las mujeres, cuyos bienes pertenecieron a sus padres o esposos durante siglos, dejándolas imposibilitadas para acceder a cierta independencia y, por ende, a realizar alguna actividad privada que a la vez pudiese ser remunerada. Ellas no tenían dinero para “amenidades”, por lo que los privilegios del sexo masculino saltan a la vista desde el primer momento.

Poco después abandonamos el misterioso Oxbridge para situarnos en Londres, donde se lanza en busca de la verdad en los estantes del British Museum, encontrando que muchos de los libros –escritos por hombres, desde luego- hablan sobre mujeres; incluso “hombres sin más calificación aparente que la de no ser mujeres”, habían ejercitado la pluma en diversos aspectos femeninos.

Woolf habla de la aparente necesidad de una formación universitaria para realizar una investigación ordenada, y condena el hecho de que sólo los hombres hayan podido acceder a ella durante tantos años, además de echar mano de varios personajes –reales y ficticios- para ejemplificar las ideas machistas que contribuyeron a detener el desarrollo de la mujer: el “profesor von X” y su obra, La inferioridad mental, moral y física del sexo femenino -cuyo título lo dice todo-, sería uno de ellos.

Todo esto supone una ácida crítica al machismo por parte de la autora, quien aclara que “a una no le gusta que le digan que es inferior por naturaleza a un hombrecito”, y que los hombres, careciendo de confianza en sí mismos, buscan reafirmar su superioridad minimizando a la mujer.
“Durante todos estos siglos, las mujeres han sido espejos dotados del mágico y delicioso poder de reflejar una silueta del hombre de tamaño doble del natural.”

El tema de la habitación propia con un cerrojo para poder escribir con tranquilidad se une a la autosuficiencia que proporciona el dinero: quinientas libras al año bastarían para que una mujer pudiera ser libre para dedicarse a ejercitar sus aptitudes expresivas, y con esto no se refiere sólo a la creación de novelas, sino a la amplia gama de textos con los cuales las humanidades, la ciencia y otras disciplinas podrían verse enriquecidas por el sexo femenino.

Virginia Woolf se remonta al siglo XVI, en tiempos de Isabel I, para hablar de las condiciones de la vida de las mujeres en esa época: los matrimonios eran acordados a temprana edad, no tenían derecho alguno y el futuro que les esperaba no es difícil de adivinar. También incursiona en esta época para dirigir su mirada a la obra de Shakespeare, cuyos personajes femeninos “no parecen carecer de personalidad ni de carácter”. Es un hecho que muchas heroínas han destacado en innumerables novelas a través del tiempo, aunque la realidad haya sido tan distinta.

Para profundizar aún más en estos hechos, Woolf nos lleva a suponer la existencia de una hermana de Shakespeare, tan inteligente y provista de talento como él, no obstante sentenciada, como el resto, a una existencia anodina, sin estudios y sin conocimiento del mundo. Con esto podemos penetrar en la idea de que seguramente muchas mujeres se hubieran desarrollado de la misma manera que los hombres en diversas disciplinas, de no haber sido por la terrible represión a la que estaban sometidas.

En esta misma senda narrativa, la autora continúa elaborando sus razonamientos a través del conocimiento de varias mujeres que intentaron escribir, aunque sólo algunas lo lograron, haciéndolo en espacios familiares (jamás individuales), imaginando muchas de las ciudades y ambientes descritos en sus obras -que nunca pudieron observar in situ-, y ocultándose incluso de los sirvientes para evitar la censura.

El principio creador que Virginia Woolf observa en las cartas –e incluso obras- de varias de ellas, no terminó de evolucionar debido a ideas preconcebidas, y por tratar de emular estilos masculinos “en deferencia a la opinión ajena”. Afortunadamente, otras irrumpieron con verdadera fuerza y disgusto ante la injusticia, con algunas exclamaciones como ésta:
“Las mujeres viven como murciélagos o búhos, trabajan como bestias, y mueren como gusanos.”

Las hermanas Brontë, por ejemplo, no poseyeron los medios para escribir con independencia, y además lo hicieron “sin más experiencia de la vida de la que podría entrar en la casa de un respetable sacerdote”, pero siguieron sus propios instintos, y esto las llevó al éxito.

Woolf habla también de la necesidad de mentes andróginas para no crear un sexismo literario: “Cuando se efectúa esta fusión es cuando la mente queda fertilizada por completo y utiliza todas sus facultades.” Nos dice que Shakespeare o Proust serían buenos ejemplos de este tipo de intelecto, y menciona que la primera frase que escribirá en el ensayo que nos ocupa -aunque no haya sido así- es “que es funesto para todo aquel que escribe pensar en su sexo”.

La literatura femenina inicia en el siglo XIX, con el acceso paulatino a la libertad. La escritora nos aclara que en 1886 surgen dos colegios universitarios femeninos; que a partir de 1880 las mujeres casadas tienen derecho a la posesión de sus bienes y, desde 1919, al voto. Habla también de la gran variedad de profesiones que les han abierto sus puertas y de la consecuente capacidad de producir sus propios ingresos, que probablemente trascenderán, por mucho, las ansiadas y emancipadoras quinientas libras anuales.

El ensayo culmina con algunos consejos, como la importancia de no tener tantos hijos para poder gozar de tiempo para ellas mismas, y con la esperanzadora convicción de que un siglo más será definitivo para que todos los esfuerzos realizados se concreten: “¿qué más os puedo decir que os incite a entregaros a la labor de vivir?”

Me parece que el valor de esta obra radica en la emoción impresa en sus páginas, en el grito de libertad que sintetiza los anhelos de tantas mujeres, y en el intento por hacerse entender de mil maneras, en una exhortación hacia la autodeterminación.

La piedra de la paciencia (Sangue sabur) – Atiq Rahimi

Siruela, 2009. Premio Goncourt, 2008.
Escritor afgano radicado en París, 1962.

Atiq Rahimi dedica esta obra a Nadia Anjuman, “poetisa afgana salvajemente asesinada por su marido”.

Cimentada en una estructura narrativa sencilla y muy visual, donde predomina el monólogo de una mujer, es también, principalmente, una novela que denuncia al fundamentalismo que puede tener lugar en cualquier religión, aunque en este caso se refiera al Islam. Es por esto que se ubica, de acuerdo al autor, “en alguna parte de Afganistán, o en cualquier otro lugar”.

Un hombre se encuentra postrado en una habitación, en estado vegetativo, ya que recibió un disparo en la nuca. Su mujer lo cuida celosamente, vigila el intervalo del suero y la humedad de sus ojos dependiente del colirio, mientras susurra la incesante oración que debe realizar por orden del mulá, desgranando el rosario una y otra vez, vuelta tras vuelta, acompasándolo con las respiraciones del enfermo.

Todos la han abandonado, la familia de su marido ha rehusado hacerse cargo de ella y de sus dos hijas pequeñas; sólo cuenta con el apoyo de su tía, un personaje que ha sufrido una injusticia indecible.

Con el trivial y repetitivo transcurrir de los días van revelándose diversos aspectos cotidianos, mientras la mujer se esfuerza por continuar diligente y solícita, hasta que al fin se cansa de orar y de pedirle al hombre que recobre la conciencia. Es entonces cuando empieza a comunicarse realmente con él, tras años de matrimonio y opresión.

La mujer empieza a contarle detalles de su vida a un esposo que nunca se preocupó por conocerla, aprovechando la mirada perdida que no sugiere ninguna actividad interior. El intenso efecto catártico se manifiesta reforzado por un momento convulso, en el que los disparos, los bombardeos y la consiguiente destrucción circundantes no dan lugar al sosiego.

A través de visibles muestras de desesperación, se decide a hablar del insoportable sometimiento en el que ha vivido durante toda su vida, mientras limpia los restos del ataque que ha alcanzado a su hogar; mientras sortea la invasión de dos hombres fingiéndose prostituta para evitar la violación por parte de uno de ellos, al fin que “para los hombres como él, follar, violar a una puta, no es ninguna proeza”.

El tono y el ritmo de sus reproches y de su dolor van en aumento una vez que se decide a desahogarse. A los diecisiete años contrajo nupcias con un hombre ausente que peleaba la Guerra Santa, mientras ella padecía prácticamente secuestrada por una suegra que resguardaba celosamente su castidad. Después, bajo la tutela del marido, la vida no fue mejor.

Siempre maltratada, vejada, insatisfecha, culpable y víctima de una represión sexual sin límites, la mujer decide no guardarse nada, por lo que revela al hombre secretos insospechados, situaciones inconfesables por las que se vio obligada a atravesar para poder conservar la posición de esposa digna.

El esposo se ha convertido en una Sangue sabur:
De acuerdo a la novela, esta piedra se encuentra en La Meca y miles de peregrinos acuden a ella para descargar todas sus desgracias. Un día la piedra reventará, y los dolientes quedarán liberados.
“Sabes, una piedra que pones delante de ti… ante la cual te lamentas de todas tus desgracias, todos tus sufrimientos, todos tus dolores, todas tus miserias… a la que confías todo lo que llevas en el corazón y que no te atreves a confesar a los demás…”


La mujer, una vez aliviada y consolada ante el horror provocado a sí misma por la dimensión de su volcánico discurso, exclama: “Esta voz que emerge de mi garganta es la voz sepultada desde hace miles de años.”

El libro sostiene cierta tensión por medio de esta idea, ya que el lector se preguntará si el hombre, la simbólica piedra, explotará de alguna manera, emulando a su divino equivalente.
El contenido es impresionante, crudo y desolador, pero reitero que prevalece la simplicidad en la construcción del texto.

La novia de Corinto (1797) – Johann W. Goethe



Edvard Munch - Vampire

La novia de Corinto representa una de las influencias más importantes de la figura del vampiro en las postrimerías del siglo XVIII,  la cual sería llevada a su culminación en el periodo plenamente romántico del siglo XIX, y que continúa siendo explotada como fuente inagotable de inspiración, revistiendo las características predeterminadas a través del tiempo, con las variantes que los escritores han considerado necesarias de acuerdo a la finalidad de sus obras.

Siempre he sentido gran fascinación por este poema en el que un joven proveniente de Atenas llega a Corinto en busca de la novia que le estaba destinada gracias al temprano acuerdo entre sus padres. La muchacha y su familia son cristianos, mientras que el joven y sus padres practican el paganismo.

“…Cristianos son la novia y su familia;
cual sus padres, pagano es nuestro joven.
Y toda creencia nueva, cuando surge,
cual planta venenosa, extirpar suele
aquel amor que había en los corazones.” 

 Como el muchacho llega de noche, lo atienden con esmero e inmediatamente después se aloja en una habitación que pronto es visitada por la pálida joven, quien le explica que tiene “vedada toda alegría” y que se va al claustro porque será esposa de Cristo.
De acuerdo con el siguiente párrafo, la madre hizo un voto (no se señala la causa con claridad, pero tal vez intercambia la salud por la juventud de su hija, condenándola al mismo tiempo).

“…Que estando enferma hizo mi madre un voto
que cumple con severa disciplina.
Naturaleza y juventud -tal dijo-,
al cielo en adelante
habrán de estarle siempre sometidas.”

 El joven logra convencerla de que él es su verdadero prometido, aunque ella se muestra reticente, alegando que su situación es compleja:

“¡…sólo te pido de esta desdichada
alguna vez te acuerdes en sus brazos,
que yo en ti pensaré mientras la tierra
tarde -no será mucho- en darme amparo!”

 Sellan el acuerdo intercambiando prendas de amor. Ella bebe el sugerente vino pero se abstiene de comer el pan; llora y le da a entender que hay algo más, cosa que él podría notar si la toca: una frialdad de nieve que el novio se apresura a compensar, aunque ella “venga del sepulcro que hiela con su abrazo”. 

“…se brindan mutuamente, y con sus pálidos
labios sorbe la novia el vino rojo.
Pero del pan que con amor le ofrecen,
abstiénese -y es raro-
de probar tan siquiera un parvo trozo.”

La dueña de la casa se aproxima y escucha tras la puerta el intenso y extraño placer de los amantes. Canta el gallo y la joven promete volver, pero su madre la reconoce. La hija, entre exclamaciones y lamentos, le reprocha el haberla llevado al sepulcro tan joven, aclarando que “¡No enfría la tierra un cuerpo que en amor arde!”  El asunto se vuelve contra ellas a través de la transformación de la hija, al parecer injustamente ofrendada.

“¡Oh, madre! ¡Madre! -exclama-, ¿de este modo
esta noche tan bella me amargáis?
De este mi tibio nido, mi refugio
sin pizca de piedad, ¿a echarme vais?
¿Os parece poco llevarme al sepulcro
al lograr apenas la flor de mis años?”

La madre rompió el acuerdo matrimonial que involucraba a su hija cuando todavía veneraban a otros dioses y el sacrificar a la joven, rompiendo la promesa, resultó contraproducente.

“Mi prometido fuera ya este joven
cuando aún de Venus los alegres templos
erguíanse victoriosos. ¡La palabra
rompisteis por un voto absurdo, tétrico!
Mas los dioses no escuchan
cuando frustrar la vida de su hija
una madre cruel y loca jura.”

En los últimos párrafos, la naturaleza macabra de la muchacha se revela en todo su esplendor (sin dejar de causar cierto asombro, dado el aparente candor anterior): vuelve de la muerte para conquistar el amor vedado que ahora sólo podrá satisfacer a través de la sangre de su prometido y de la de otros…  Advierte al muchacho que no vivirá mucho más, y que las prendas son garantía de ello. Con esto, la figura del vampiro queda expuesta en sus principales características: alimentarse de sangre con un impulso erótico de por medio (expresado, sobre todo, en estrofas anteriores) y vivir sólo de noche, dependiendo del canto del gallo.

“Por vindicar la dicha arrebatada
la tumba abandoné, de hallar ansiosa
a ese novio perdido y la caliente
sangre del corazón sorberle toda.
Luego buscaré otro
corazón juvenil,
y así todos mi sed han de extinguir.”

Al final, el contraste cristiano-pagano se invierte, ya que la ofrenda del amante (o los amantes) a través del fuego purificador, hará que ella y su madre retornen a los “antiguos dioses”. Tal parece que el castigo por haberles sido infieles sólo podrá resolverse de esta manera.  Sin duda la crítica implícita al cristianismo es notable.

“Ahora, mi postrer ruego, ¡oh, madre! escucha:
¡Una hoguera prepara, en ella arroja
en sus llamas descanso al que ama, ofrece!
Cuando salte la chispa
y el rescoldo caldee,
a los antiguos dioses tornaremos solícitas.”

Yo tengo la versión de las Obras Completas de Goethe en Aguilar, pero en otras traducciones el último párrafo parece aclararse aún más (esta es una de esas ocasiones en que me encantaría poder leer en el idioma original). La propia joven decide acabar con el tormento y al fin descansar del sufrimiento que supone la terrible situación, mediante su reducción a cenizas al lado de su amado.

"Escuche ahora madre, mi última plegaria:
haga levantar una hoguera, 
abra la estrecha tumba donde me ahogo, 
y dé reposo a los amantes entregándolos al fuego.
Cuando la chispa salte, 
Cuando ardan las cenizas, 
nos elevaremos hacia los antiguos dioses."