Nieve - Maxence Fermine

Anagrama, 2001.
Escritor francés, 1968.

En este relato o novela corta, Fermine nos conduce al arte de la poesía -en forma de haiku- que ha subyugado a un joven japonés llamado Yuko Akita.
Corre el año de 1884, el padre de Yuko es un sacerdote sintoísta que lo ha educado en lo esencial para la vida:
“Le enseñó a su hijo la fuerza del cosmos, la importancia de la fe, el amor a la naturaleza. Le enseñó también el arte de componer haikus.”

A los diecisiete años, el muchacho debe elegir oficio entre las dos opciones que su familia ha considerado como válidas por generaciones: la religión y el ejército.  Sin embargo, declara que quiere ser poeta, a lo que el padre, contrariado, responde: “La poesía no es un oficio. Es un pasatiempo. Un poema es agua que corre. Como este río.”  Para el joven, la poesía lo es todo.

“Una mañana, el ruido de la jarra de agua al estallar hace germinar en la mente una gota de poesía, despierta el alma y transmite su belleza. Es el momento de decir lo indecible. Es el momento de viajar sin moverse. Es el momento de ser poeta.
No adornar nada, No hablar. Mirar y escribir. En pocas palabras. Diecisiete sílabas. Un haiku.”

Un día, el sacerdote le señala la ruta de las nevadas montañas, lugar en el que deberá meditar su decisión. Es ahí donde el joven encuentra la inspiración en la nieve. “La nieve es un poema. Un poema de resplandeciente blancura.”

De esta forma, Yuko comienza a adiestrarse en el tema de la nieve, escribiendo en papel de seda y comentando con el padre las características protectoras que el sutil elemento aporta a la naturaleza, su poder de transformación y la blancura que le confiere una “gran pureza”.

Auspiciado por la magia del número siete, Yuko continúa en la búsqueda de la perfección poética, hasta que su arte llega a oídos de la corte, por lo que un emisario acude a constatar la belleza de sus escritos. Tras leer los pergaminos que adornan las paredes de una habitación, el enviado se pronuncia a favor de la excelencia de los poemas, aunque le parecen demasiado blancos, casi invisibles, por lo que decide enviar al muchacho con el poeta y pintor ciego Soseki para que le enseñe a colorearlos. “Si quieres llegar a ser un maestro, tienes que poseer los dones del artista absoluto.”

Yuko se dirige hacia el sur y en el camino encuentra a una hermosa mujer rubia en un ataúd de hielo, de la cual se enamora al instante y cuya historia ligará después a la del viejo Soseki.

Una vez en los dominios del maestro, el aprendizaje del color se une a la idea del funambulismo como alegoría de la senda perfecta y sin tropiezos que se debe seguir en el arte de la poesía.

“El color no está fuera. Está en tu interior.”
“Yuko, no serás un poeta completo hasta que integres en tu escritura las nociones de pintura, de caligrafía, de música y de danza. Y, sobre todo, hasta que domines el arte del funambulismo.”
“En realidad, lo más difícil es convertirse en un funámbulo de la palabra.”

Escrita con un profundo lirismo, en esta obra confluyen los ideales más elevados de la poesía, aunados a obsesiones por la belleza, el amor y la limpidez necesaria para alcanzar las fervientes aspiraciones creadoras. El joven poeta se esforzará por dar color a los poemas a la par que a su corazón.

Transcribo algunos de los haikus que se recogen en el libro:

Estalla el jarro de agua
(ha helado esta noche)
me despierta
Bashō

Viento invernal
un sacerdote sinto
vaga por el bosque
Issa

El frío es penetrante
beso una flor de ciruelo
en sueños
Sōseki

En la landa nevada
si muero seré
un buda de nieve
Chosui

El siglo de las luces – Alejo Carpentier

Siglo XXI, 2006.    
Escritor cubano (1904 -1980).

Las teorías manejadas en una época marcada por ideas novedosas, independentistas, y respetuosas del ser humano, que llevadas a la práctica distaron mucho de sus elevados propósitos, son contadas en una historia que habla de Francia como el constante referente, pero situada en la isla de Cuba y, principalmente, en las Antillas francesas, donde la esclavitud y los viejos métodos para llevar el orden comienzan a tambalearse.

Una antigua casa de La Habana nos introduce en un ambiente que envuelve desde el principio. Carlos, Sofía y su primo Esteban han perdido al padre que hasta  entonces se había hecho cargo del floreciente negocio, arrojándolos de improviso a una vida anárquica, apenas contemplada por el albacea que cumple hasta el último de sus caprichos, pero cuyos manejos financieros no quedan del todo claros.

El almacén de la familia destaca con sus "calles" abarrotadas de infinidad de productos de todo tipo, desde los aromáticos hasta los malolientes, así como el reflejo de La Habana dentro de ese ambiente tan húmedo y cargado -pero floreciente-, con el salitre adueñándose de las construcciones, con  sus festividades y escenas más pintorescas.

Poco a poco la casa va llenándose de infinidad de artículos enviados en cajas que los muchachos no terminan de abrir. Sofía se vuelca en Esteban (que padece asma), anunciando que no volverá al a la vida religiosa; Carlos permanece adaptándose al nuevo estilo de vida, mientras la figura del padre se establece en retrospectiva no sin cierta discordancia, ya que pese a estar continuamente ausente, mantenía el orden enérgicamente: siempre trabajando mientras la hija permanecía en el convento, mientras Esteban sorteaba en casa su enfermedad, y en tanto que Carlos cumplía órdenes "espartanas", destinadas a forjar un carácter que no implicase ideas novedosas (por eso se había cuidado de enviarlo a estudiar Leyes).

Pronto aparece en escena Víctor Hugues, un francés que inunda la casa con una frescura inusual: saca y ordena el contenido de las cajas contagiando a los chicos el espíritu renovador, les ayuda a atravesar sin mayor novedad un huracán; deduce y aclara las verdaderas y negativas intenciones de don Cosme, el sospechoso albacea, y propicia la curación de Esteban.
Molesto, el albacea lo acusa a su vez de francmasón, cosa que le viene muy mal por los intereses de la época, ya que a la Corona española no le convenía que en sus colonias hubiese gente de ideas liberales. Sin embargo, el espíritu de la Ilustración se manifiesta en cada acción en pro de la libertad y en las conversaciones revolucionarias:
"Es tan evidente que tal o cual privilegio debe ser abolido, que se procede a abolirlo; es tan cierto que tal opresión es odiosa, que se dictan medidas contra ella; está claro que tal personaje es un miserable, que se le condena a muerte por unanimidad, Y, una vez saneado el terreno, se procede a edificar la Ciudad del Futuro."

Víctor se ve forzado a abandonar el lugar y emigra con Esteban a Francia, lugar en el que después de un tiempo se separan y donde este último penetra en el ámbito de las logias, participando en los intentos de los revolucionarios por llevar sus ideas a España, país en que las arraigadas tradiciones no permiten una buena apertura a cambios tan radicales.

Esteban anhela ser partícipe de una corriente que aportaría cambios sustanciales a la historia, pero no termina por involucrarse de lleno. Más adelante pasa un tiempo en España, y es ahí donde una percepción un tanto incierta comienza a concretarse, anunciando a su vez la complejidad de la situación:
"A medida que pasaba el tiempo, advertía Esteban que el alejamiento de París poblaba su espíritu de confusiones, acabando por no entender los procesos de una política en constante mutación, contradictoria, paroxística, devoradora de sí misma, enrevesada en comités..."

Al fin logra reencontrarse con Víctor, ahora ferviente admirador de Robespierre, y consigue la promesa de volver a América (los extranjeros comienzan a ser mal vistos en Francia, se empieza a dar crédito a cualquier acusación, por lo que el panorama europeo aparece un tanto agotado ante los ojos de Esteban). Hugues lo contrata como escribano, y poco después se embarcan entre las ya no tan tajantes ideas en favor de la libertad y los derechos del hombre y la presencia de la guillotina como palpable pero desconcertante estandarte de una revolución en principio ideológica. 

Víctor se encuentra completamente transformado, toma muy en serio su papel y se comporta muy estricto con los tripulantes. Al iniciar el trayecto evitan a los ingleses, pero al llegar a las islas también tienen que enfrentarse continuamente con ellos, aunque Hugues sale triunfante de todos los conflictos (mientras que no todos sus subalternos corren con tanta suerte).

En este punto me llamó la atención la reflexión de Esteban ante la postura ya francamente corrupta de Víctor, quien acata sin dudar el camino tomado por la Revolución, aceptando la religión si ésta lo hace; subordinándose a los principios impuestos en todo momento, mientras él mismo, cuestionando todo eso, se define como un ser mucho más auténtico.  

Sobre esto se encuentra, desde luego, la discordancia del propio movimiento:
"Hojeando los periódicos que el otro había visto ya, Esteban se enteró con estupor de la celebración de la Fiesta del Ser Supremo, y lo que era más desconcertante aún, de la condena del ateísmo como actitud inmoral y, por consiguiente, aristocrática y contrarrevolucionaria. Los ateos, de repente, eran considerados como enemigos de la República."

En la Guadalupe, la guillotina comienza a hacer su trabajo y a pasear por otros pueblos dando el consabido y grotesco espectáculo, amenizado por ese espíritu festivo que ha quedado reflejado en una gran cantidad de obras y documentos históricos.

La incipiente abolición de la esclavitud también resulta incierta, porque los negros liberados son obligados a trabajar de cualquier manera.

Víctor sospecha que en Francia hay cambios, pero ahora prefiere ignorarlos, siempre temeroso de que el comunicado de su destitución se avecine. Esteban se encuentra atrapado por las circunstancias y un tanto desesperado; cree que trabajando como escribano de estos navegantes no llegará a ningún lado, y con razón, ya que Hugues no pretende obedecer las órdenes emitidas por Francia o las novedades como la paz con España, por lo que la supuesta defensa sólo los ha transformado en piratas.

 Más adelante, Esteban encuentra la oportunidad de volver a casa gracias a un salvoconducto aportado por Víctor, quien además de hacerle algún encargo, le aclara: 
“No sé lo que pensarás de mí. Acaso que soy un monstruo. Pero hay épocas, recuérdalo, que no se hacen para hombres tiernos.”
Una vez en La Habana, el muchacho rehúye las responsabilidades del trabajo y deambula por las calles en su intento por reconocer los ambientes. Ha vuelto ilusionado y sin ningún recuerdo amable, aunque pronto comienzan a fluir ciertas remembranzas más amenas; comparte impresiones con Sofía, en las cuales Hugues sale a colación una y otra vez, hasta recapitular:  "Dejemos a Víctor. Fue un mal engendro de una gran revolución." 

Estos jóvenes han madurado y asimilado el espíritu de la época desde perspectivas distintas. Esteban hace un recuento de daños, de muertos y de desgracias ocurridas en beneficio de un movimiento cuyas premisas fueron traicionadas por la debilidad de los hombres que en un principio las defendían animosos, pero que después transformaban sus pareceres en aras de rendimientos más individuales.  

Para Sofía el asunto es más práctico. Su primo es, ante sus ojos, un idealista:
"En suma: que nada grande se hacía en la Tierra sin derramamiento de sangre."

Aunque los fundamentos ulteriores sean similares, la manera de confrontar la realidad se hace muy distinta de acuerdo a la postura de cada quien, y no sólo ideológica, sino presencial, como en el caso de los primos a quienes la información llegó por vías tan diversas como pueden ser las leídas o escuchadas y las sufridas en carne propia. 

En La Habana se vive la incertidumbre ya experimentada en otras islas; se teme una revuelta por parte de los esclavos, por lo que las autoridades se muestran muy estrictas con los agitadores.
Por otro lado, Hugues retoma el poder que había perdido en una de tantas fluctuaciones, su gobierno se califica como "sensato", y un buen día la religión vuelve a implantarse en Francia y sus colonias, al igual que la esclavitud. Los párrafos que describen el restablecido maltrato a los negros son espantosos, pero él, siempre definido por el sendero que tome la marea de sus intereses, no demuestra convicciones firmes en ningún caso:  "Tal parece que yo fuese al autor del Decreto..."
El autor nos habla, al final de la obra, de la historicidad de Víctor Hugues:
“Como Víctor Hugues ha sido ignorado por la historia de la revolución francesa –harto atareada en describir los acontecimientos ocurridos en Europa, […] para desviar su mirada hasta el remoto ámbito del Caribe-, el autor de este libro cree útil hacer algunas aclaraciones …”
“Pero es indudable que su acción hipostática, firme, sincera, heroica, en su primera fase; desalentada, contradictoria, logrera y hasta cínica en la segunda-, nos ofrece la imagen de un personaje extraordinario que establece, en su propio comportamiento, una dramática dicotomía.”

Largo sería el camino del pensar y el hacer para lograr la verdadera liberación, cosa que Alejo Carpentier procura demostrar en todo momento. Los desatinos de la Revolución Francesa como movimiento emancipador se reflejan crudamente en sus colonias americanas, mientras los puntos de vista de Sofía y Esteban convergen en un anhelo de libertad que llega a convertirlos en simbólicos arquetipos.

Las descripciones del entorno son, de principio a fin, espectaculares, con un estilo lineal pero tan abigarrado que me atrapaba de tal forma que no podía leer por mucho tiempo sin detenerme a descansar un poco ante esa profusión de imágenes imponentes, expresadas con un lenguaje que no se lee todos los días. Esta novela es excepcional. 

La pequeña pasión – Pilar Pedraza

Tusquets, 1990.
Escritora española, 1951.

Pilar Pedraza es una escritora muy peculiar, cuyo estilo tan nutrido se enriquece mediante introspecciones oscuras, delirantes y hasta perversas. La parte bestial del hombre asoma en estas páginas a través de sus más bajos instintos, aderezados por aspectos sensoriales entre los que destacan aromas y situaciones que más bien despiertan inquietudes salvajes que humanas.

La protagonista habla de los principales seres que complementan su vida (incluyendo a su gata), con los cuales se relaciona de diversas maneras, aunque lo que me parece más relevante es que son aprovechados para volcar fantasmas interiores y ansiedades diversas en cada recodo de un relato magníficamente construido, cuyo lenguaje poético es admirable y cuya tensión narrativa se sostiene en todo momento.

Gabriel es el marido infiel que pretende salir de la rutina sin afectar su relación de pareja, aunque ésta termina por diluirse gracias a la arrolladora personalidad de una mujer que decide que él no la merece; Partenio es el homosexual que fuera su profesor y que se ve condenado a una muerte lenta y colmada de visiones, mientras que el escultor se define como el amigo suicida que se corta las venas y sobrevive milagrosamente -mete a su gato al horno antes de dar el paso fatal- experimentando una transformación sugerente, ya que empieza por beber su propia sangre.

La casa heredada de los abuelos se convierte en una especie de refugio para ella (tétrico, pero totalmente acorde con su esencia), en el cual le resulta sencillo acceder a otro plano, descubrir secretos insospechados de sus parientes, encontrar reliquias y presencias espectrales, además de disfrutar con una decoración muy particular.

“En la casa de mi abuela servía de bañera un sarcófago romano encontrado en el subsuelo del jardín. […] Una vez le hablé de él a mi amigo el escultor, y me dijo que le parecía un lugar idóneo para cortarse las venas…”

“Aquella casa era mi santuario, sus fetiches me pertenecían.”

En este mundo alucinante y viciado, en el que a veces ni la misma mujer logra distinguir la realidad, se descubre a sí misma como una criatura tenebrosa, inmersa en placeres extravagantes como las lombrices que su gata va dejando por doquier o la contemplación del insecto disecado que forma parte fundamental de sus días.
“Con frecuencia acababa sucumbiendo a tiernos caprichos de mi cuerpo, como embriagarme con el aroma de mis muslos en mis días de sangre.”

Por otra parte, mientras escribe un artículo sobre cierto papa renacentista, su mente es invadida por un entretenido raudal de representaciones del pontífice en pleno proceso de descomposición… Esta curiosidad malsana la envuelve constantemente a través del insomnio, las pesadillas y el contacto con lo tangible.

Otros aspectos -reforzados siempre por una gran profusión de bellísimas imágenes, por más que sean macabras- van complementando un ambiente que no llegó a parecerme lúgubre, pero sí bastante siniestro, y todo esto sin dejar de lado jamás el conflicto interno, lo cotidiano, lo que alegra, lo que duele; el verdadero interés por las cosas… Esta mujer logra mostrar al lector el cariz más sensible de su vida: el de un ser que tiene problemas con su pareja y que sufre por ello.“El amor es una fusión, una manifestación noble de la vida.”

La novela se encuentra salpicada de reminiscencias clásicas, ditirámbicas, en un conjunto recargado pero fascinante. Esta temática no es precisamente lo que busco en un libro, pero debo decir que en este caso su tratamiento es soberbio.
Pilar Pedraza ha sido todo un descubrimiento para mí e indudablemente seguiré leyéndola (buena parte de su obra ha sido publicada por Valdemar).