Viaje a Samoa – Marcel Schwob

Ediciones Folio, 2004.
Escritor francés (1867-1905).


A esta obra la acompañan tres textos breves: La tumba de las aventuras, de Enrique Vila-Matas; Samoa como espectro, de Eduardo Jordá y Vida de Marcel Schwob, de Pierre Champion. 

Estos escritos adelantan buena parte de los sucesos narrados por Schwob pero, sobre todo, informan al lector los motivos que llevaron al autor francés a emprender tan tortuoso viaje: el principal fue la inmensa admiración que sentía por Robert Louis Stevenson, del cual fue traductor y de quien seguiría los pasos incluso hasta su tumba en la lejana Samoa. 

Schwob empieza a escribir las cartas a su esposa Marguerite Moreno (actriz francesa) en  octubre de 1901, a bordo del Ville de la Ciotat.  Él mismo aclara más adelante que dicha correspondencia le serviría de diario de navegación, por lo que se esmera en la profusión de detalles en los que intenta también entretener a la artista que se dispone a iniciar una gira representando Fedra. 

A Schwob lo acompaña su criado Ting, el cual le ocasionará más de un conflicto por la prohibición en varios puertos de que desembarquen chinos. El viaje inicia con incomodidades climáticas pero estas con frecuencia se diluyen en la prosa del escritor ante la belleza del paisaje:
"¿Cómo explicarte el azul intenso de este mar? Es zafiro, pero zafiro vivo; es el color de los ojos de las mujeres que nunca se han visto y que son transparentes, pero insondables, con una especie de pureza a la vez límpida y sólida, alegres, vivos, únicos bajo este cielo azul pálido y blanco de bruma. Y la cresta de este oleaje de zafiro está hecha de polvo de diamantes líquidos, que escapa como un ligero copete de plumas, a través del cual el sol introduce el arco iris." 
Schwob describe sin tapujos su antipatía ante lo insulso de los pasajeros e incluso reproduce algún diálogo chusco o pretencioso que  pone en evidencia la "odiosa calidad" de los mismos. Le molesta la etiqueta obligada de unas cenas a las que acuden solamente unos pocos y el asombro ante el vaivén de la gran embarcación recién estrenada se refuerza por las náuseas y los vómitos que aquejan a la mayoría. 

Las tonalidades de cielos y mares de acuerdo a la posición del disco solar van siendo  animosamente plasmadas por la pluma de Schwob, así como las atmósferas húmedas y soporíferas que tiene que ir tolerando a costa de su salud.  
Al hacer una escala en Djibouti, visita su plaza y advierte el trato injusto que se da a los nativos que se esfuerzan en atenderlo o en venderle algo. El pequeño Alí no deja de abanicarlo ni un instante, siempre con una enorme sonrisa en los labios. Pero los negros son castigados por molestar a los europeos y se ve obligado a interceder por ellos, dejando en claro su forma de pensar: "La bestialidad de la raza blanca tiene un fondo de estupidez y de ferocidad desconocidas"

La vida a bordo le resulta anodina, Schwob vuelve una y otra vez a las descripciones de los retrasos de navegación y los malestares ocasionados por el vaivén del barco. También arremete con cierta frecuencia contra los "imbéciles de a bordo". 

 En Colombo se hospeda en el Gran Hotel Oriental. Desde ahí le cuenta a su adorada esposa la llegada a Ceilán, los bellos matices del mar, de las nubes, el calor colmado de humedad ante el fenómeno del monzón y lo variopinto de sus habitantes:
"Un tumulto de cingaleses, de hindúes, de tamules, de malayos, de musulmanes; los cingaleses con sus largos pelos negros, sus ojos salvajes y su diadema de concha; los hindúes con turbante rojo, blanco o  a rayas; los tamules con una mancha azul en medio de la frente…"
La descripción del mercado ofrece todo el exotismo del lugar: 
El mercado, increíblemente de oriente, con sus montones de cocos frescos, verde-amarillos, o anaranjados, o también oscuros y fibrosos, abiertos, pelados; los aleros cargados de racimos de plátanos azul Prusia o amarillo; sacos de tela marrón repletos de arroz, y las papayas como melones de agua tallados como esmeraldas, y el agua de coco…
Un poco después, en Kandy, realiza una memorable excursión que recordará incluso en cartas venideras (al menos en dos ocasiones retrocede para profundizar en las impresiones sobre algún paraje en particular). Los templos budistas dejan honda huella tras su paso por Ceilán: 
"En todos estos templos las escenas del  infierno budista están representadas mediante frescos pintados sobre los muros exteriores, detrás de las columnitas. Los demonios de mujeres se convierten en horribles monstruos en colores de descomposición verdusca, blandiendo tridentes y vomitando fuego."
El dos de diciembre se dirige a Sidney a bordo del Polynésien; de igual manera describirá el paisaje australiano, haciendo notar la desolación de sus siniestras costas y la majestuosidad del albatros y su vuelo. La impaciencia por llegar al destino final no se hace esperar, pero cuando logra su propósito aparece en las cartas el tema de la salud. El autor se siente  fatigado, con "reumatismo y debilidad en las piernas". Las duras jornadas a través de mar y tierra han cobrado su cuota y la salud de por sí precaria termina por desvanecerse. 

El treinta de diciembre describe a los samoanos como una "raza espléndida", se esfuerza en aprender el idioma y promete a los niños tusi (escribir) una tala (historia), haciendo con esto un guiño al Tusitala ("narrador de historias") Stevenson, cuya tumba no llegará a visitar. "Soy un talk-man, un tulafale, un tusitala, y me piden que les cuente historias hasta la media noche o la una de la madrugada." 

Pese a todo, el diez de enero expresa con vehemencia el deseo de volver, se encuentra extenuado y sin recursos monetarios. Enferma de neumonía, se entera de que el Manapouri está anclado en el puerto y tiene la suerte de contactar al capitán Crawshaw, quien amablemente le facilita el traslado al barco para emprender el  sinuoso regreso a Francia. 

El relato de este accidentado periplo resulta agradable de leer por la hermosa prosa poética que va coloreando diversos horizontes y ambientes. Se ilustra además con precisión la condición tan incómoda hasta de los más eminentes viajeros que deseaban incursionar en el exotismo de tierras lejanas. La fascinación ante la idea de recorrer esos lugares podía quedar eclipsada por la rutina de navegación y las inclemencias del tiempo, aunque en el lector agradecido del presente y del pasado permanezca únicamente el primor de los detalles y la cálida sensación de haber viajado a través de las palabras. 

7 comments:

  1. Muy buen reseña, Andromeda. Los libros de viajes gozan siempre de mi aprecio. Nadie describe un lugar como los viajeros, ellos ven cosas que los lugareños no.

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  2. Por lo que comentas, más que por la profusión de detalles antropológicos o las anécdotas personales del viaje, el libro destaca por su prosa, por la crítica a occidente y por la fascinación a Stevenson que origina el viaje.

    No soy dado a los libros de viajes, pero me ha conquistado tu reseña :)

    Saludos ;)

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  3. Hola, Luigi, en realidad he leído muy pocos libros de viajes pero no hay duda de que pueden llegar a ser apasionantes.
    Gracias, ¡un saludo!

    Gabo, este libro estuvo reposando en la estantería durante mucho tiempo, quizá no le hubiese tocado el turno de no ser por el reto. Ahora me alegra haberlo leído (y tener en mente el de London).
    ¡Saludos! :)

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  4. Presentas libros, que son para mí nuevos, y además, a pesar de que en principio no me interesarían...con esos fragmentos que escoges, entran ganas de leerlos. Me repito mucho. Lo sé. Pero es cierto. En este caso...ese azul que describe el viajante en su carta, transmite mucho.
    Un abrazo grande!!

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  5. No te repites para nada, María, estos libros de viajes son novedosos para mí también. Me encantaría seguir leyéndolos, aunque tengo muchos otros en la pila... :(

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  6. Saludos para el año nuevo, Sra. Andromeda :)

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  7. Lo mismo para usted, querida. :D

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