Mal de piedras – Milena Agus

Siruela, 2008.
Escritora italiana, 1955.

A menudo los lazos que se van formando entre las personas aparecen tan velados que la felicidad se hace difícil de obtener y se cae en la idea de que puede encontrarse en otra parte o en seres engrandecidos por los laberintos de la imaginación. 
“Si no he de conocerte nunca, haz al menos que te extrañe.”
Es la nieta quien toma las riendas de esta pintoresca narración enmarcada en el Cagliari de la Segunda Guerra Mundial. De acuerdo con ella, Abuela se casó en forma tardía en 1943. Y es que tenía un modo de ser tan singular que según su familia se acercaba a la locura. A pesar de ser una mujer bellísima, ahuyentaba a sus pretendientes al escribirles atrevidos poemas de amor, para deshonra y malestar de la rígida bisabuela. 

El abuelo, viudo cuarentón, llegó un día al pueblo y la familia lo acogió porque su hermosa casa de la calle Giuseppe Manno había quedado destruida. Al poco tiempo pidió la mano de Abuela, hecho que hizo que ésta quedase devastada y rogase continuamente al bisabuelo que la eximiera de semejante compromiso. Como nadie la escuchó, decidió tomar cartas en el asunto hablando con el interesado. El arreglo no se hizo esperar porque en realidad él tampoco estaba enamorado, así que ya podía estarse tranquila.  

Se casaron y bajo esta premisa vivieron, cada cual en su esquina, hasta que Abuela decidió ayudarlo haciendo lo que él acostumbraba en la casa de citas para que se ahorrara el dinero y pudiera usarlo en tabaco. Tras este particular convenio, el matrimonio continuó con pasión pero sin amor y con el sufrimiento de Abuela por su mal de piedras, dolencia que no le permitía tener hijos y por la cual los médicos le recetaron un tratamiento de aguas termales. 

En el balneario, Abuela conoció al Veterano, hombre cojo pero muy bello que ejerció en ella una inmediata fascinación y que la ayudó a librarse de su padecimiento. Solo así pudo, a su regreso, concebir por fin al hijo antes negado. 
“A la abuela le gustó ese hombre como jamás le había gustado ninguno de los pretendientes a los que había escrito ardientes poemas y a los que había esperado de miércoles en miércoles. Tuvo entonces la seguridad de no encontrarse en el Más Allá, entre las almas del Purgatorio, porque en el Más Allá no pasaban esas cosas”.
En este contexto y en pocas páginas se cuenta una historia de amor profundo que sacó a Abuela de su ensimismamiento y que la hizo volver vivir y a exponer una sonrisa luminosa. 

La nieta –única voz cantante en este relato- supo de estas cosas gracias a su madre, nuera de Abuela. Es ella también la encargada de contar, en forma mucho más breve y desdibujada, la vida de su abuela materna, Lía, otra escritora de poemas y protagonista de amores desdichados. 

El mal de piedras de Abuela se traduciría, en este sentido, en un mal de amores que solo pudo dar fruto al conocer ella este sentimiento en la figura del Veterano. Su imaginación exacerbada la lleva a crear situaciones que surgen más de la invención que de la realidad, pero que calman y curan la profunda herida ocasionada por el desamor. Abuela logra al menos en esta ocasión saturar el vacío que por tanto tiempo había minado su espíritu anhelante. 

Se trata de una historia algo imprecisa, contada entre los velos de una convivencia con el abuelo que no termina de convencer y otra con el veterano que da un giro inesperado al final. Me quedo con ese deseo de amar inherente al ser humano que debe ser colmado en algún momento de la vida, generando recuerdos o fantasías que funjan como un bálsamo de alegría y esperanza. 

La ambigüedad no reside en la supuesta o real locura de Abuela ni en sus placeres ingenuos, sino en el hecho de no concretar ciertos aspectos en el texto para así dar un pretendido barniz de indeterminación que en realidad todos poseemos en cierta medida. 

Aunque no es una novela insertada en el Realismo mágico, a mí me pareció que el tipo de Abuela podría corresponder al de alguna de las heroínas de los libros de García Márquez, una de esas etéreas féminas bordeadas por la excentricidad de sus misteriosos y fascinantes pensamientos, encerradas siempre en sí mismas sin poder dar un consuelo sanador a las oscilaciones de sus almas.  

Este es el caso de una mujer que busca el amor o cosa principal donde quizá no existe en lugar de reconocerlo en las acciones más significativas del que muy probablemente se encuentra al alcance de la mano.


La repudiada – Éliette Abécassis

Punto de lectura, 2005.
Escritora sefardí francesa, 1969.

Jerusalén, barrio ultra-ortodoxo de Mea Shearim, lugar donde los hasidim se dedican al estudio mientras sus esposas trabajan y cuidan del hogar.
Raquel, la protagonista, es una mujer de 26 años que lleva ya diez de casada con Natán, hombre al que amó desde el primer momento aunque este hecho fuese bastante fortuito en una comunidad como la suya: 
“Aquí, en nuestro país, no nos casamos por amor. Nos casamos gracias al alcahuete. El amor aparece tras años de vida compartida, los hijos y todo lo cotidiano es lo que teje lazos de unión entre las personas. Por eso nunca había visto a mi marido antes de la boda.”
Las costumbres son descritas en todo momento, las mujeres tienen que caminar algunos pasos detrás de sus esposos, no pueden cantar en público ni mostrar el cabello porque ambos se consideran como objeto de seducción para el sexo masculino. El ciclo menstrual es muy significativo porque la mujer se considera como impura, como una vil “apestada”. Sólo el baño ritual la purificará de estos días aciagos que la limitan por completo. 

Es importante aclarar que esta no es una novela que refleje un maltrato cotidiano, los hábitos que demeritan a la mujer obedecen a todo un conjunto de reglas creadas para favorecer a los hombres. Estas leyes son cuestionadas en este caso a través de Noemí, la joven y rebelde hermana de Raquel, quien se ve obligada a renunciar al hombre que ama porque éste ha decidido hacer el servicio militar y con ello apartarse del seno de la comunidad. Noemí habla de las terribles restricciones que tienen que acatar las mujeres al no poder estudiar la Torá y lo injusto que es el hecho de que se considere como muertas a quienes no pueden tener hijos. Se expresa también con desasosiego acerca de las mujeres que tienen acceso a la televisión, a conducir e incluso a reír. 
“El otro día, una de ellas pasó con los brazos al descubierto. Enseguida unos hasidim le tiraron piedras. ¿Crees que es normal vivir como vivimos?”
Y aun así, todo parece transcurrir tranquilamente entre los deberes habituales y el amor profundo entre los esposos, pero la narradora tiene un problema gravísimo: no ha podido concebir un hijo en 10 años y corre el riego de ser repudiada por su marido. Noemí le sugiere una visita al médico, un médico de verdad, pero Raquel no quiere que la vea desnuda un hombre distinto a su esposo.

Mientras tanto el Rav, padre de Natán, tiene ya todo preparado para el divorcio y ha convencido a su hijo porque el único motivo de existir de una mujer es tan específica como infame: 
“Una hija de Israel tiene como único fin en la vida traer a este mundo niños judíos y posibilitar el estudio a su marido. Dios ha creado al hombre para que estudie, mientras que la inteligencia le ha sido dada a la mujer para que participe indirectamente en la vida de la Torá, preparando la comida, limpiando la casa y sobre todo, criando a los hijos.”
Raquel se convierte en una mujer sola, repudiada. Nadie más podría considerar unir su vida a la de ella. Los celos carcomen su espíritu y su vida sólo de pensar en el desprecio de Natán y en la inminente unión de éste con otra mujer. El amor antes prometido se diluye en un abismo de dolor inconcebible. 
Al fin, Raquel se decide a visitar al médico. En esta recta final del relato se desvelan aspectos que por más que pudiesen parecer favorables, la imposibilidad de manifestarlos la hunden aún más en una tristeza infinita. 

Esta pequeña obra de arte encierra en sí misma grandes verdades de dolor y sufrimiento, de abuso concertado por los poseedores de leyes tan absurdas como tajantes. Se lee con el placer de ir avanzando por una prosa que ofrece grandes dosis de poesía y una vehemencia que refleja la singular pero absoluta inmensidad de lo acontecido. Un trozo de una sociedad que alcanza a plasmar la totalidad de un sistema anticuado e indigno. 

Muy, muy recomendable.