La mujer de la arena – Kōbō Abe

Siruela, 2006.
Escritor japonés (1924-1993).
Premio Akutagawa, 1951.

El hombre puede quedar literalmente engullido ante la creación de ciertas sociedades que pretenden esclavizarlo. Tal es el caso de esta historia, en la cual un profesor aficionado a la entomología decide recorrer parte de la costa en busca de nuevos insectos que pudieran darle renombre. Al llegar a una extraña aldea entre las dunas, el paisaje se vuelve de pronto surrealista: las casas de los aldeanos se encuentran en agujeros a unos veinte metros del nivel superior, mientras que en los alrededores se puede apreciar un mar turbio y ventoso: en conjunto, un panorama inquietante. 

Mientras este personaje se encuentra en la perseverante búsqueda de especies raras, alguien advierte su presencia y le pregunta si el motivo de su visita a esos lugares tan apartados es el de una inspección, a lo que él responde que no, identificándose como maestro y solicitando ayuda para pasar la noche. Al quedar conformes con su respuesta, los aldeanos lo acompañan hacia uno de los hoyos en la arena al cual el hombre desciende a través de una escalera colgante. En ese lugar vive, solitaria, una mujer viuda de unos treinta años. 

Y así es como el personaje queda a merced de esta mujer, de los aldeanos y de la arena, una arena invasiva y pegajosa que se impregna en cada centímetro de los cuerpos e incluso de lenguas y gargantas. El hombre le habla a la mujer sobre la cualidad seca y móvil, pero a la vez noble y pura de la arena, pero la mujer insiste en que esta arena es distinta, corrosiva, absorbente, incesante y difícil de controlar porque se acumula pudriendo todo lo existente, ánimo incluido. Cada noche los habitantes de la aldea deben escarbar alrededor de sus casas para que no queden sepultadas y para que otros miembros puedan recoger la arena desde arriba. A cambio reciben agua y alimentos.

En este punto se establece una conexión con el mismo absurdo perturbador que se puede leer en las obras de Kafka o Camus, porque los aldeanos retiran la escalera de cuerda y el hombre de pronto se ve cautivo, forzado a trabajar a la par que la mujer y a soportar las inclemencias de esta arena invasiva que toma por completo el control de las vidas. 

El entorno se vuelve tan irreal y desquiciante que el protagonista no logra reconocerlo como verdadero; el viento y la arena se encargan de sofocar sus gritos y la desesperación da un paso hacia la valoración del momento presente:
“Aun así no estaba completamente seguro, no sabía por qué… Ante las paredes de arena que lo rodeaban como para estrangularlo, volvía el recuerdo miserable de su fracaso al querer treparlas. No cabía otra cosa que dar tumbos, manotazos. Una sensación de impotencia lo paralizaba… Esto era un mundo aparte, carcomido por la arena, en donde no contaban las convenciones cotidianas.”
El silencio de la mujer le resulta casi tan amenazador como la propia arena porque sus constantes y agónicas preguntas casi no generan respuestas, aunque algunas sentencias breves que salen de los labios femeninos son aún más desconsoladoras: el hombre debía comprender que la vida en ese lugar era muy dura para una mujer sola…

Y es así como se da entre ellos una vida de sexo, de noches de trabajo a cambio de los enseres de una mínima subsistencia, de bocas y gargantas colmadas de arena tras las noches en que los cuerpos sudorosos la reciben a raudales. 
Curiosamente, el entomólogo se va insertando en una comunidad acorde con su afición: en una especie de colmena, hormiguero o similar claramente organizado para el bienestar general, donde los de arriba, según la mujer, venden una arena que inexplicablemente tiene que venir de abajo y no de la comodidad de la superficie, y donde otros agujeros cuentan con escaleras todo el tiempo, marcando la diferencia con esos en los que se ha hecho cautivo a un ser proveniente de una organización distinta. 

El yugo cristaliza a través de una sed intensa, infinita y nunca completamente colmada; una sed que domina la narración tanto como la atmósfera claustrofóbica o el diálogo de sordos que intenta sostener con los demás. Esta obra también se caracteriza por descripciones sensoriales de tal magnitud que el lector casi puede sentir sobre sí mismo esa arena que devora apoderándose de los objetos y de la piel mezclada con el sudor, cómplice ingrato; de ese regusto constante y desagradable al respirarla, saborearla y sentirla instalada en cada oquedad del cuerpo. 

Pero esta obra va mucho más allá de percepciones o sensaciones porque de este punto de partida brotan otros aspectos más profundos como puede ser el del hombre llevado al límite a través de una condición absurda e inexplicable, pero no por ello lejana a la realidad que el ser humano ha tenido que enfrentar en determinadas situaciones o periodos enajenantes de la historia. 
Habrá que descubrir si el protagonista es capaz de trascender este círculo vicioso o si la propia organización minará su capacidad física y mental de rebelarse ante la opresión. 

Excelente novela.