El paseo – Robert Walser

Siruela, 1997.
Escritor suizo (1878-1956).

Publicada en 1917, El paseo es una obra que ofrece poco más de lo que el título sugiere. No encontramos en ella una trama estimulante o estampas cotidianas. Abundan, en cambio, las observaciones que el narrador va haciendo desde que una linda mañana decide salir a dar el paseo que lo obliga a abandonar “el cuarto de los escritos o de los espíritus”. 

Sale, pues, con un ánimo “romántico-extravagante” que se refleja a lo largo de la obra. En su cuarto había estado taciturno ante el papel en blanco, lo que evoca la compleja labor del escritor en cuanto a la llamada de la musa inspiradora. El paseo se espera con emoción porque el área de trabajo/escritura da espacio a todo tipo de pensamientos y pesares. Una vez fuera, las sensaciones negativas deben ocultarse a los demás. 

Walser habla de lo que se le va presentando, ideas reales o ficticias en las que se detiene brevemente, sugiriendo que todo paseo da lugar a una variedad de fuentes de inspiración. Sus observaciones a menudo no pasan de unas cuantas líneas, como cuando advierte a ciertos chiquillos en plena libertad: 
“Dejémoslos ir tranquilos y sin freno, pensé; la edad se encargará de asustarlos y frenarlos. Demasiado pronto, por desgracia”. 
Más adelante se detiene algunos segundos a observar a un perro, a ciertas golondrinas… Pronto hace su aparición una singular ironía crítica que nos conduce a un Walser desafiante e irreverente ante el mundo que circunda su paseo: un librero es abordado y despedido con la gracia del conocedor de su oficio porque al buscar el libro “más comprado y más leído, de valor en verdad perdurable”, se suscita una contraposición mordaz porque lo más leído, como bien sabemos, con frecuencia no es precisamente lo más perdurable. 
En el Instituto Bancario se mofan del poeta al considerarlo un ser miserable que requiere de apoyo y donativos para subsistir. El agraviado soporta el vendaval y a continuación arremete contra un nuevo objetivo: el panadero que ha puesto en la entrada de su establecimiento un rótulo dorado, símbolo de “interés, avaricia, mísero y desnudo embrutecimiento del espíritu”. 

El sarcasmo que lo caracteriza lo lleva a criticar a otros defendiendo sus puntos de vista con graciosa compostura, buscando la serenidad en el caos de lo que se ve y de lo que no se alcanza a advertir en un sencillo paseo. 

Después aparece el gigante Tomzack, el cual lo llena de terror en medio de este pintoresco y apacible paisaje rural. La vida era, para este ser, “demasiado escasa, demasiado pequeña, demasiado estrecha”. ¿Álter ego del poeta? 

Sigue adelante y se advierte en él una desfachatez absoluta al enfrentar diversas situaciones que con frecuencia lo ridiculizan por su necesidad y pobreza, hasta que por fin llega con el cobrador de Impuestos de Hacienda y se ve obligado a hablar con amplitud de sí mismo y de su condición de escritor. 
“Como pobre escritor y plumífero u homme de lettres disfruto de unos muy cuestionables ingresos. Naturalmente, en mí no se puede apreciar ni hallar rastro de cualquier acumulación patrimonial […] Me las voy arreglando, como suele decirse. No practico lujo alguno, eso puede usted verlo con tan solo mirarme.”
Pero el funcionario quiere cobrarle impuestos porque siempre lo ve paseando. Precisamente es esta parte la que me resultó más agradable porque Walser sale en defensa de la aparente pasividad de su profesión: 
“Con supremo cariño y atención ha de estudiar y contemplar el que pasea la más pequeña de las cosas vivas, ya sea un niño, un perro, un mosquito, una mariposa […] o tan solo un pobre y desechado trozo de papel de escribir en el que quizá un buen escolar ha escrito sus primeras e inconexas letras. Las cosas más elevadas y las más bajas, las más serias, las más graciosas le son por igual queridas, bellas y valiosas. […]
En una palabra, me gano el pan de cada día pensando, cavilando, hurgando, excavando, meditando, inventando, analizando, investigando y paseando tan a disgusto como el que más.”
Curiosamente, estas palabras me remitieron a una entrevista que acabo de leer en la que Juan José Millás habla del paseo y la inactividad necesaria en los autores porque a él las mejores ideas se le ocurren “leyendo y paseando”. Para Millás hay una parte fundamental en la tarea del escritor que consiste en no hacer nada, para sorpresa de los que consideran que en esta profesión se lee o se escribe sin parar. Muchas veces me he topado con la triste y recurrente idea de que leer es sinónimo de inactividad, un acto inútil por donde se le mire.

Walser utiliza a continuación un tono romántico, casi bucólico, para describir en forma poética un mágico entorno bello y celestial en el que los objetos parecen adquirir tintes espirituales que confluyen en una sola esencia. Todo lo negativo parece diluirse en ello y el paseo alcanza su culminación en esta agradable calidez y esplendor del ambiente, así como del interior del poeta. 

Habla de que puede no tener razón en todo lo que ha dicho, pero reconoce que en ello sólo ha mediado su buena voluntad. En su manera de definir la realidad circundante y de llevar al lector al plano real o imaginario de su paseo, exponiendo lo que le importa en cada momento, nunca deja de presentarse la mirada irónica a la que ya me había referido. 

Las observaciones de Walser enriquecen a quien se interna en ellas; pareciera incluso que se conoce a sí mismo de mejor manera cuando va diseminándolas sin necesidad de usar una estructura en específico. Me quedo con la que hace sobre el quehacer de quien indaga e interioriza para después plasmar y transmitir: la del escritor con su siempre instinto crítico e intereses –básicos o profundos- que lo animan. 

Una lectura distinta que puede gustar mucho (o no).