Los anticuarios – Pablo de Santis

Destino, 2011.
Escritor argentino, 1963. 

El Buenos Aires de mediados del siglo XX es el marco de esta ingeniosa novela en la que el mito del vampiro se reinventa en la figura de los anticuarios, seres apacibles que en cierta forma se han segregado a sí mismos para evitar conflictos, pero que aun así son objeto de una vil persecución por parte del gobierno y por científicos sin escrúpulos. 

Es mediante este hostigamiento que Santiago Lebrón llega a ellos, su vida había transcurrido en un periódico arreglando viejas máquinas de escribir y después como agente secreto del Ministerio de lo Oculto, encargado de la búsqueda del mentalismo y lo sobrenatural, ya que las altas esferas del gobierno no querían quedarse atrás con respecto a países como Rusia, poseedores de detectives telépatas “ocupados de descubrir a los disidentes políticos”.

Es así como Lebrón llega al mundo de los anticuarios y casi por accidente queda convertido en uno de ellos, en “alguien que no sufre el paso del tiempo ni la enfermedad y que sólo puede morir por violencia”. 

Santiago comienza a vivir con el anticuario Calisser, un librero enfrascado en la constante búsqueda de viejas ediciones que lo hace su discípulo introduciéndolo en el fabuloso mundo de los libros.  Este ambiente pronto le proporciona satisfacciones propias: 
"Descubrí un entretenimiento al que Calisser nunca había dado importancia: la búsqueda de lo que los libros guardaban en su interior. Encontraba un billete fuera de circulación, una fotografía de una boda, flores secas, una carta descolorida, programas de cine, un boleto del tranvía de la desaparecida Compañía del Sur. Me quedaba mirando aquellas huellas de lecturas: marcas de libros leídos en el asiento del tranvía, en el subte, en la cama, en la playa, en un café. Me gustaba mi colección, letras de un mensaje secreto. Guardaba esas reliquias en una vieja lata de té Cross & Blackwell."

Entre el acomodo de  libros y la búsqueda de otros en subastas (el coleccionismo obsesivo y la compra-venta es determinante para ellos), los anticuarios viven su soledad en la penumbra, cuidándose de dañar a otros y procurando ocultar la edad en la que han quedado congelados. Santiago se alimenta como le han enseñado, consumiendo carne casi cruda, nueces, miel, higos y vino, pero en breve llega la sed y el insomnio característicos, además de los sueños que hienden con alguna página olvidada la dulce piel de una mujer porque, en los sueños, “los libros nunca sirven para leer”. 
Santiago entra en contacto con cierta bebida de reflejos de oro, invento invaluable de uno de los anticuarios que contribuye a dar sosiego ante la sed apremiante; una mera copia de la sustancia exigida por la nueva situación, pero suficiente para calmar las ansias. 

El tema del amor es también fundamental en esta novela, el amor es dañino, absorbente y destructor: han sido ya varios los anticuarios dedicados a buscar el famoso Ars Amandi, libro protegido por un conjuro que hace prácticamente imposible su lectura, pero que entre sus páginas albergaría la fórmula, la cura, la posibilidad de amar..
“Calisser me había advertido que el amor llevaba a la muerte, que la sed, acentuada por la pasión, bebía hasta la última gota de vida”. 

El Carmen es otra cualidad de los anticuarios a través de la cual se da una especie de recordatorio de un momento en el pasado que influye sobre los demás. A pesar de esto, en los anticuarios este poder los aísla aún más en ese mundo melancólico y frío, cargado de polvo y vejez en el que se desenvuelven. Santiago detesta pasar el tiempo en esas sombras tenebrosas en lo físico y en lo moral, pero la luz ya no es opción para él. 

En este vampirismo mesurado que evita el exceso en lo posible y que a la vez puede ser profundamente letal, Santiago Lebrón se escabulle ante la condena que enfrenta de por vida, formulando uno de sus deseos más arraigados: 
“Ojalá algún día gozara del verdadero poder de los anticuarios: el de modificar los recuerdos y borrar el pasado”.