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La hoja plegada - William Maxwell

Libros del Asteroide, 2007.
Escritor estadounidense (1908-2000).


 Este libro, enmarcado en los años veinte en los suburbios de Chicago, incursiona en la historia de dos adolescentes que se encuentran unidos por un fuerte lazo emocional.
Lymie Peters es un chico de constitución frágil además de buen estudiante que ha tenido que acostumbrarse a una deficiente comunicación con su padre y a carecer de un verdadero hogar desde la muerte de su madre, mientras que Spud Latham, fuerte, extrovertido, deportista, muy aceptado por otros muchachos y recién llegado a la ciudad, vive con sus padres y hermana, añorando su vida anterior en Wisconsin.

Un suceso en la piscina escolar hace que Spud y Lymie lleguen a convertirse en amigos inseparables, y a partir de este punto la novela entrelaza diversos aspectos de la vida de ambos a través de capítulos que reflejan innumerables detalles acerca de sus vidas. Orgullo, envidias, carencias, recuerdos, incomodidades, afectos y dudas son elementos esenciales para forjar el carácter de dos adolescentes que luchan por adaptarse al medio que les rodea.

Aunque los entornos en un principio se presentan como hostiles, poco a poco los chicos van encontrando espacios favorables, entre los que se encuentra la hermandad improvisada en una casa alquilada, en la que empiezan a fabricar la independencia que obtendrán en un futuro cercano.
Un día Spud invita a Lymie a comer a su casa y éste, tras superar un ligero malestar al experimentar nuevamente el olvidado sabor de hogar, llega a sentirse como un miembro más de la familia, ya que los Latham lo reciben con los brazos abiertos procurando disimular sus conflictos y aparentando más felicidad de la que realmente poseen.

“Así era como vivía la gente, los chicos de su edad no tenían que prepararse el desayuno por las mañanas o lavarse la cara en un lavabo sucio, o irse a dormir por la noche en una cama sin hacer; chicos cuyos padres no bebían más de la cuenta ni hablaban demasiado alto y que no coqueteaban con las camareras.”
El autor conduce la trama principalmente a través de Lymie, en cuyos pensamientos y sensaciones profundiza en gran medida, a diferencia de Spud, a quien presenta desde un punto de vista menos íntimo.
“Para conocer la injusticia del mundo sólo hace falta un poco de experiencia. Para aceptarla sin amargura o envidia se necesita casi la suma de toda la sabiduría humana, cosa que Lymie Peters, a la edad de quince años, no poseía. No pudo evitar darse cuenta de que la balanza de la suerte se había inclinado considerablemente a favor de Spud, y sentirse agraviado por ello. Pero lo que más le reconcomía era que Spud fuese, además, un atleta nato y la encarnación del ideal con el que soñaba despierto a menudo.”
Los años escolares que iban transformando físicamente a los chicos, se mostraban evasivos con Lymie, quien al cumplir diecisiete seguía siendo mal deportista y dueño de la misma evidente fragilidad.
Sally Forbes aparece en escena al lado de otra chica, Hope. Mientras la primera muestra un interés especial por Spud, Hope anhela infructuosamente proporcionar a Lymie el amor que desde su punto de vista tanto requiere.
Cuatro años después Lymie y Spud -quien se convierte en boxeador- ingresan a la universidad en una “pequeña ciudad de Indiana”. Su amistad continúa muy sólida, y al notar que las exigencias monetarias de las hermandades rebasan las posibilidades de ambos, optan por instalarse en un cuarto en casa del anticuario Alfred Dehner, el cual alquilaba las habitaciones del piso superior a una caterva de conflictivos y animosos estudiantes.
En un momento dado empiezan a darse indicios sutiles (como inocentes acercamientos físicos) pero categóricos acerca de un afecto homosexual latente en Lymie. El caso de Spud es distinto porque el amor que Sally despierta en él (y otros comportamientos), lo desvinculan de un afecto que pudiese ir más allá.
En otra ocasión:
“Él y Lymie eran siempre los primeros en subir al dormitorio. Se abrazaban uno al otro en la cama helada, temblando como cachorros hasta que el calor de sus cuerpos empezaba a penetrar a través de la franela de sus pijamas y sus gruesos batines de lana. […] Luego movía el pie derecho hasta que la parte exterior del empeine entraba en contacto con los pulgares desnudos de Spud, y desde ese punto de realidad se deslizaba seguro hacia la oscuridad…” 
Lo más sorprendente es que a los diecinueve años estos chicos actúan con un candor inusual, por lo que supongo que en esa época la ingenuidad adolescente tardaba un poco más en dar paso a la madurez, aunque se aclara que en una hermandad hubieran llamado la atención por estar siempre juntos.
“Lymie metió la mano derecha en el bolsillo del abrigo de Spud, algo que hacía con frecuencia cuando iban caminando juntos. Los dedos de Spud se entrelazaron con los suyos.” 
Lymie piensa en todo lo que pueda beneficiar a Spud y, llegado el momento, contribuye con los cien dólares que éste necesita para ingresar a la hermandad que ha puesto su atención en él, y lo hace a través de un amigo para permanecer en el anonimato.
Pese a todo, la que parecía una amistad indestructible comienza a enfriarse debido a una confusión de celos. Spud inicia una relación con Sally y pronto comienza desconfiar de la cercanía que se ha establecido entre ella y Lymie, mientras que este último intenta manejar su propia desgracia al perder paulatinamente a su amigo.
La propia Sally se da cuenta de lo que sucede, y se dirige a Lymie con estas palabras: “Si te hablo así de Spud es porque sé que sientes por él casi lo mismo que yo.”
Lymie continúa solícito en todo momento, y la amistad se ve sometida a altibajos que lo alteran sobremanera. Intenta explicarle a Spud en repetidas ocasiones que su interés por Sally no es sentimental, pero éste se encuentra tan obnubilado por los celos que la separación entre ambos se hace inminente, por lo que Lymie intenta suicidarse. 
Spoiler:
El final de la novela, al margen de cualquier intención amorosa, denota una firme transición hacia la sensatez y el buen juicio.
“Las manos de Spud, que una vez habían significado tanto para Lymie, que cuando, por casualidad, se posaban por un segundo sobre cualquier parte de su cuerpo hacían que su corazón dejara de palpitar, ahora eran como las manos de cualquier otra persona. Las miró y no sintió ni pena ni alegría.”

Me gustó mucho este libro por la destreza con que el autor narra las variantes afectivas que pueden desprenderse de una convivencia profunda y por el encantador reflejo de situaciones y experiencias cotidianas que se vuelven determinantes para forjar seres que intentan sortear las dificultades que acarrea el camino hacia la plenitud.